Olenka y la golondrina rubia

© Obra del pintor Manuel Sierra.
© Obra del pintor Manuel Sierra.

Olenka y la golondrina rubia

Por CARMEN BUSMAYOR

  Para Polina

Entre la gente de Abadía con su vida mesurada y monótona se hallaba Olenka, mimada por el destino.

Olenka había crecido del mismo modo que el cerezo del jardín, rápido, fuerte y fecundo. De lo último dan cuenta sus doce vástagos. De Pequeña ocupaba un lugar privilegiado en la escuela. Mientras las demás niñas debían llevar una silla de casa si no querían permanecer de pie, ella contaba con un confortable asiento próximo a la maestra. Tampoco se le exigía como a sus compañeras llevar leña y carbón para atizar la estufa en el invierno. Olenka era diferente en todo, hasta en el rostro fresco y transparente en medio de aquel cielo amarillo y mugriento. Por eso despertaba indistintamente la envidia y admiración del vecindario. Sus padres, adinerados hasta el máximo, le cumplían todos sus caprichos, incluso los más costosos, como fue hacerle una boda que duró veinte días seguidos, a la que asistieron dos mil invitados, y adquirir para ella la mansión de Ajmátova, la más lujosa y, en consecuencia, la más cara del contorno. El único disgusto que tuvo en su vida, al menos que se sepa, sucedió siendo ésta niña. Resulta que un mal día unas lágrimas se dejaron caer por sus relucientes ojos. Entonces su padre, muy preocupado, le preguntó por qué lloraba y ella le respondió que deseaba una golondrina rubia. Considerando él la imposibilidad de la petición encomendó a Vladimirs, uno de sus treinta y cinco criados, el más joven, rescatado de la villa de al lado, huérfano y pobre, que capturase una y la pintase de amarillo.

Cuando Olenka tuvo el pajarillo en sus manos fue muy feliz, tanto que diariamente lo peinaba y le daba de comer en sus manos. Pero en una ocasión, observando que estaba muy sucio, se le ocurrió lavarlo y el pájaro destiñó. Ella, presa de rabia, lo estrelló contra el tapial del jardín. Fue éste su mayor problema, por lo menos, como queda dicho, el único conocido, pues ni siquiera de anciana le alcanzaron los habituales achaques seniles. Es más, su vida concluyó de una forma poco común, sin apenas sufrimiento: se cayó de la torre de su lujosa mansión muriendo instantáneamente. Al respecto nadie osó comentar nada, sin embargo, el pájaro oscuro del suicidio todavía aletea sobre la mente de los habitantes de Abadía.

1 Comment

Deja un comentario con tu nombre

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .