La carta incompleta

© Fotografía: Memoria Química.
© Fotografía: Memoria Química.

Por JOSÉ PAJARES IGLESIAS

y en los días que vinieron después, poco a poco languideció mi apetito, y tan sólo las sombras del fondo de la estancia más recóndita de mi casa apaciguaban la falta de tu abrazo, lóbrega como el más oscuro y frío de los pozos. La luz del invierno en Lisboa mitiga de algún modo, al menos en todo aquello que a mi mirada concierne, ese vacío, siendo ésta de un cariz opuesto a aquella que nos bañó en los felices días. La mortandad del sol que se derrama en mi rostro, más que fruto del normal devenir de las estaciones, parece un caprichoso castigo del buen Dios, y me hace añorar los momentos en que frondas, bestias y luz cegadora y cálida eran nuestro afán gozoso de cada día. Aquellos amaneceres en que nos sorprendíamos brotando en el abrazo amigo con la Creación toda por testigo acompañarán mis jornadas hasta la postrera, como fiel y áspero recordatorio de lo que la vida me regaló y arrebató. Aquel no hacer que duró años fue tan fructífero como la más alta empresa que hombre alguno pueda levantar, pues la contemplación y el disfrute de que hicimos gala enaltecían todo aquello que Dios puso en las ánimas de aquellos que se dicen semejantes para solazarse en el compartido gozo..

Sorprendido, reanudé tras mi llegada mis quehaceres, hallando más fortuna de la que esperaba, que era ninguna. Florecieron dinero y posición en mi larga ausencia, y lo acepté como regalo de la Providencia por las penurias pasadas, aunque cada legua que me separaba de tu piel amada doblaba esas penurias o las multiplicaba por ciento, y no había puerto o ensenada en que mi ánima crepuscular no iniciase una oración de búsqueda íntima y callada, resonando sin aspaviento alguno en toda la cúpula celeste. Ningún hijo del buen Dios escuchó de mí gemido alguno en aquellos obligados reposos a los que la navegación nos urgía, bien sea por avituallarnos o por dar a la marinería solaz y una noche de vigilia y ron.

No fue un cálido retorno al hogar lo que ese barco hizo conmigo en los meses en que hendía bravos oleajes, hallaba calmas interminables o me obligaba a estrelladas noches de inmovilidad diabólica, esas que en otro tiempo bendije a tu lado mientras alimentabas el fuego en la playa y me dabas de comer todo aquel fruto que mi boca desconocía.

Fue acaso sentir el gélido hedor de la muerte cada milla añadida a la fatal cuenta. El regocijo de otros rodeaba mi persona, pero lo más hondo de mi corazón palidecía con cada envite de la mar, y la salitre confundía mi rostro o acaso mi llanto reservado era el que latía bajo los fríos golpes de agua procurándome una máscara perfecta para evitar explicación alguna. ¿Quién hubiese creído a esta pobre bestia rescatada si la hubiesen visto entonar una balada atormentada pidiendo ser devuelta a los infiernos?

Ahora, aquí, entre ricos tapices y nobles y antiguas maderas, sólo rememoro la desnudez que un día miré y que sintió palpitar mi desnudez. Allí quedaron enterrados todos mis tesoros. Allí fue una vez mi vida. Con aquella brisa que llegaba del mar batiendo mi cabello y sabe Dios que mis alas. Allí te nombré. Te nombré aquel mágico día de mediados de Febrero en que te rescaté. Y te llamé Viernes. Ahora sé que fui yo el rescatado, y que jamás debí naufragar de aquella isla.

© José Pajares Iglesias 2015

 

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