Querido diario (61)

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

Un viaje a Alemania. Música de Beethoven. Pintura en los viejos museos de Dresde. Pensar lo alemán. Wagner, Nietzsche, Durero, Jan van Goyen…  ¿De qué se alimenta la vida? La respuesta la tiene Libertad: de aire y flores.

Por AVELINO FIERRO

Es 24 de abril y acabamos de asistir a la interpretación de la Quinta Sinfonía de Beethoven en la Stadthalle Bayreuth. En la primera parte todo había sido como de andar por casa: la Sinfonía 33 de Mozart y un Concierto para órgano y orquesta de Haydn, que el organista interpretó en uno de esos muebles que a mí me recordaba al viejo aparador de la casa del pueblo. Pero, tras el descanso, la orquesta engordó con una sección de viento, algunos violines y contrabajos, y todo hacía presagiar algo de más fuste. Como así resultó: músicos alemanes tocando la Quinta en Bayreuth es algo perfectamente serio.

Yo estiraba el cuello para abarcar el escenario de vez en cuando, porque desde nuestras localidades veíamos la mitad de la melena del director y la mitad de sus huestes. Los contrabajos quedaban al otro extremo, en la cara oculta, y a mí me gusta ver sus gestos y recordar a mi hijo, que anda en esas lides. Pero miraba más hacia el público, tratando de descubrir en los más ancianos si había algún tipo de actitud, gesto o respuesta peculiar. Estaba empeñado en ello. La noche anterior me había quedado dormido en el sofá del hotel viendo la película “El hundimiento”, y ahora escudriñaba en la escucha indicios de ese “dolor del anhelo infinito” que sólo puede vislumbrarse, como sugiere Hoffmann, a través de la Quinta Sinfonía.

Empecé a mirar a los que parecían mayores de ochenta –calculando que habrían sido niños en la guerra y habrían escuchado la música de la muerte: el tableteo de las ametralladoras y los tutti de las explosiones–, pero no advertí nada especial. Al final, mi mirada se posó en una mujer rubia, joven, elegante, con un gesto de atractivo desdén. Además, estaba frente a mí y no tenía uno que andar girando el cuello como un búho cualquiera. Allí descansé, impregnándome. Al anhelo de infinito (Sehnsucht des Unendlichen) le afloraba un atisbo (Ahnung) muy para la ocasión, de marcado color local.

Para Wagner, la Quinta Sinfonía no es la mejor de las de Beethoven, pero sí consigue con ella “sacar su navío del océano del anhelo infinito y llevarlo al puerto de la realización”.

Todo rezuma aquí wagnerismo. Vamos andando por calles sombrías hasta el Festspielhaus. Nos habría gustado ver el “foso místico”, o sentarnos en cualquiera de sus butacas desde las que hay perfecta visibilidad del escenario. Volvimos entre sombras y jardines, sumidos en graves ensoñaciones sobre la agria e infinita melodía del mundo, para tomar las últimas cervezas en un animado local en la Frankenstrasse donde nos atendió una hermosísima tabernera.

Llegaba uno, pues, al final del día, casi a la par que Nietzsche cuando, en el verano de 1876, escribía: “Si ordeno las cosas según el grado de placer que procuran, en lo más alto está la improvisación musical durante un buen número de horas, después escuchar algunas cosas de Wagner y Beethoven, después tener buenas ocurrencias paseando antes del mediodía, después la voluptuosidad…”. Nietzsche es muy crítico con Wagner, porque su éxito se debe también –escribe– a su sensualidad, a una sagrada niebla conceptual de ideal, de catolicismo de tres al cuarto que es un arte de seducción más. “Me pongo guantes cuando leo la partitura de Tristán… La wagneromanía que se extiende cada vez más es una epidemia suave de sensualidad, que ‘no se conoce’; contra la música wagneriana considero que esa prudencia es prescriptiva”, escribía en octubre de 1888.

Estábamos casi al final del viaje: Habíamos salido días antes de Múnich para luego visitar Dresde y Praga. En la capital bávara fuimos de nuevo a ver los Dureros de la Alte Pinakothek. En 1988 un canalla había atacado con ácido –era reincidente: ya en la antigua Alemania oriental había perpetrado acciones similares contra obras de Rembrandt, Rubens y Klee– algunos de ellos. Los daños se consideraron entonces irreparables.

No contaban con la contumacia ni la exquisitez profesional del conservador jefe, nuestro amigo Konrad Laudenbacher, que pasó catorce años escudriñando, acariciando, respirando quedo junto a esas tablas –haciéndoles el boca a boca y transfundiendo gotas de pintura, savia nueva– para devolverlas a la vida. Konrad, ya jubilado, vive desde hace años en Madrid. Nadie, o muy pocos, saben que tendrían que guardar silencio y bajar la vista a su paso.

También vimos mucha pintura en Dresde. Roberto Bayón había insistido en ello: “Hay en Dresde viejos museos, de esos con cuadros colgados en tres filas, una sorpresa constante, una delicia”.

Vimos, la primera noche, morir el sol filtrado a través de la cúpula de la vieja fábrica de tabaco oriental, y cisnes moteando los reflejos del agua en la orilla sur del Elba. Eran las mismas luces de los pequeños cuadros de los museos, de los Museen Staatliche Kunstsammlungen Dresden. Los cuadros de los Brouwer, Metsu, Van Ostade, Terborch, Hooch, Paulus Potter, Jan Steen… Pintan la luz de Holanda, la luz oscura de los canales y el rojo apagado de las fachadas de ladrillo; el vaho que sube hasta las nubes y las llena de temblores de policromía. Y las blusas amarillas de las rameras. También el sol sobre los pastos, los terneros junto a la cerca; o el mar calmo de Willem van de Velde. Y los artesanos, tabernas y casas de burgueses. Un buen rato estuvimos contemplando el brillo de oro de aquel puchero de cobre, o el hierro candente en la fragua. Compré la postal que reproduce el cuadro de Jan van Goyen, “Winter am Fluse”, porque, situado como estaba sobre una alta puerta, no podían apreciarse los detalles: el cielo helado, el invernal río de cristal, un trineo con caballos y los patinadores deslizándose…

Y todo lo demás, en estos días alemanes, estuvo impregnado del ambiente que crea su carácter, una nube de smog, esa fuerza analizadora y a la vez confusa por querer desentrañarlo todo, ese ánimo de precisión que te lleva al descorazonamiento. Hasta los parques repletos de gente en estos días de sol, el ruido preciso del motor de un Porsche, las jarras de cerveza –como la que en la mesa del Museumsstüberl usaba aquel abuelete con cierto parecido al de la película “Cabaret”… y que también lamentaba los gestos, el griterío y las palabras de los jóvenes exaltados de la mesa de al lado– tenían esa pátina.

Esas grandes alas abatidas que parecen no haberse desplegado nunca, como en el grabado “Melancolía” de Durero, son una metáfora del espíritu de este pueblo. Quizá ni la música, a la que se aferran porque es lo único que se resiste a su buril de orfebres, a su gubia de artesanos, pueda ya salvarlos.

Pienso ahora en lo escrito, ahora que contemplo el caer de la luz de la tarde, una tonalidad rugosa, poco diáfana, más no diría que exasperante. Y suenan los últimos compases de la Symphonie Nr. 5c-moll Op. 67, en la versión de la Deutsche Grammophon de 1975, con Carlos Kleiber y la Wiener Philarmoniker. Es posible que el esfuerzo de escudriñar, de pensar lo alemán, me haya puesto excesivamente trascendente. Puede que todo sea más sencillo: quizá todo se reduzca a que no nos hemos quitado todavía de encima ese viento suave del oeste, el “föhn”, que causa la enfermedad de Föhnkrankheit, que llena a los muniqueses de migrañas y psicosis, algo así como su andancio local.

Ello, sumado el cansancio y al fin del viaje, a la vuelta al griterío, a la ordinariez, a los periódicos dando noticia de la desfachatez, la grosería, la vulgaridad y la corrupción… El espíritu, como esa luz que ahora digo, se llena de arrugas; deja de ser un mantel de lino oreado y se torna bayeta de agua sucia, adiposa, mugrienta, pringosa, mucilaginosa…

No quiero acabar así el recuerdo de esos días generosos. La vida se alimenta de…

Me dice Libertad –que ha venido a ayudarme al ver que dejo de escribir y miro distraído por la ventana– que la vida se alimenta de aire y flores.

Vuelvo a mirar la postal con el cuadrito de Jan van Goyen. Pasan los días sigilosos, dejando muescas y arabescos en nuestro corazón. Como esas finas cuchillas de los patinadores sobre el curso helado del río.

  1. José Luis Conty

    ¿Desaparecerán las muescas en el corazón cuando el hielo del río desaparezca?

  2. Fermin Gallego

    Un placer como siempre leerte. Y ese espíritu alemán que impregna estas páginas me viene como anillo al dedo, porque en mi horizonte cercano planea una posible visita a Múnich, ciudad que tengo interés en conocer.
    Un cordial saludo manchego.

  3. El viento Föhn (pronunciado ‘fon’ con o larga) va, como todos los sustantivos en alemán, con mayúscula. Fön sin hache (pronunciado igual) viene a significar y se usa, por motivos evidentes, como ‘secador de pelo’.

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