No es país para artistas

Imagen del espectáculo "Che si può fare", de Teatro Dran.

Imagen del espectáculo “Che si può fare”, de Teatro Dran.

Por RUTH RIVERA

Estamos delimitados por categorías. Son ellas las que nos nombran. Las que deciden qué podemos hacer y cómo. No hay nada más arbitrario que la definición estática de un proceso creativo. Pero el mercado manda. Y, para ajustarnos a él, nos insertamos en una categoría que nos preexiste: hacemos teatro, teatro-danza, danza, circo, música, artes plásticas, performance… (con las subcategorías correspondientes y con un cuarto trastero en el que metemos aquello que no podemos etiquetar claramente: “espectáculo multidisciplinar”). Todo ello se ha establecido para simplificar la comprensión -y también la “venta”-. Es lógico. Y sucede en cualquier ámbito de la vida: es preciso nombrar el mundo para abarcarlo.

Sin embargo, la mayoría de las veces ese proceso de esencialización comunicativa se vuelve demasiado rígido. Y entonces comenzamos a trabajar para encajar en las categorías, en lugar de jugar con ellas, de modificarlas, de crearlas, de hacerlas explotar. Asumimos una concepción reproductiva del arte. Una repetición de fórmulas.

Norman Fairclough afirma que cuanto más restrictivo es un sistema socio-político, más invariables son sus prácticas culturales. Y en eso estamos. Pero cabría preguntarse por qué sucede así.

Para ello se puede poner atención en múltiples factores: el modelo educativo, la legislación, los mecanismos y criterios de difusión y exhibición de la cultura, las condiciones socio-económicas de los trabajadores culturales y de los espectadores, la gestión de las infraestructuras, los procesos receptivos, el imaginario consolidado, etc. Uno de los aspectos que más limitan las prácticas culturales es la legislación, así como el interés institucional, en este caso, por las artes escénicas.

Y una ligera mirada a las políticas institucionales autonómicas responde de forma rotunda a la pregunta: no existe ningún interés por modificar un ápice las categorías establecidas. La política cultural de la Comunidad se orienta a consolidar lo existente (quizá sería mejor decir a contribuir levemente a que no muera).

Por poner un ejemplo, propongo una breve visita a las ayudas a compañías de artes escénicas de 2015 de la Fundación Siglo –Junta de Castilla y León– (para otro día queda una reflexión sobre el flamante e inútil I Plan de Industrias Culturales y Creativas, que en el propio nombre lleva la trampa). En ellas, se ofrecen ayudas para tres categorías: producción de nuevos espectáculos, gira y estructura empresarial. Me centro en la producción, aunque me pregunto qué compañía puede aguantar 7 años –requisito para optar a la ayuda- manteniendo infraestructuras (por eso la mayoría somos fantasmas: no tenemos local, ni oficina, ni furgoneta…) y quiénes son los afortunados cuya gira merezca ese nombre (tener 3 o 4 funciones al año no debería llamarse gira).

Antes de leerlo pienso: quizá en esta ocasión contemplen el riesgo, o los procesos de investigación profesionales que tiendan a romper los límites entre disciplinas (que no “multidisciplinares”), o aquellos que trabajen con la libertad de la búsqueda como horizonte, o incluso que apuesten por creadores emergentes –por eso de trazar un puente entre lo formativo y lo profesional para paliar la emigración forzosa–… Así que me dispongo a buscar cuáles son los aspectos que puntúan.

En el caso de las ayudas a producción se valora: por un lado, contratar mucha gente, haber tenido muchas actuaciones y algún otro factor al que corresponde una puntuación ridícula (todo ello suma un total de 60 puntos) y, por otro, el interés artístico del proyecto” , en el que se especifica: “Se valorarán los siguientes criterios: la contribución del proyecto a la innovación en el ámbito de las artes escénicas; su repercusión en la creación de nuevos públicos; así como la especial incidencia que puedan tener para realzar la Conmemoración del V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa”. Todo ello, 40 puntos.

Sin entrar en lo subjetivo de dichos criterios -en especial, el de “innovación” y la condición más que cuestionable que impone “la Santa”-, esos 40 puntos, que son la única oportunidad de una compañía joven o nueva o que plantee propuestas llamadas “de riesgo” (“que no son para mi público”, según la frase recurrente de algunos programadores), son solo una parte. Para entrar en la valoración del comité de selección hay que superar los 60 puntos totales.

Nuevamente se comprueba que el apoyo a proyectos y creadores que trabajen con fines diferentes a la “producción + gira” es inexistente. No hay ningún apartado específico para proyectos de investigación escénica profesional, por ejemplo. O para compañías emergentes (que constaba hace unos años, pero fue suprimido misteriosamente). Sencillamente, eso no existe. Y si algo no se nombra, termina desapareciendo. ¿Y aún nos preguntamos por qué aquí no tenemos a ningún Thomas Ostermeier, a ninguna Arianne Mnouchkine o a ningún Win Vandekeybus? Todos ellos fueron apoyados para realizar proyectos de investigación escénica.

Por supuesto, la configuración de las ayudas es solo un granito de arena más en el desierto cultural de esta comunidad. No es la única raíz que explica la situación actual. Y una “categoría específica”, aislada en la convocatoria, tampoco solucionaría totalmente el problema.

El tímido intento de espacios como el LAVA con sus residencias artísticas podría haber sido un inicio de un camino en otro sentido. Pero se ha quedado en la cesión gratuita de salas durante un tiempo determinado. No ha habido voluntad por parte del Ayuntamiento de Valladolid (pese a los intentos de su coordinador artístico), no ha existido conexión con otros centros de creación o investigación más allá de alguna experiencia puntual…

Es un ejemplo más, en el plano local, del nulo interés político por los procesos que se salgan del “producir + vender” en un mercado de etiquetas preestablecidas… Es triste comprobar que no hay otra finalidad. Posiblemente quien lea estas palabras piense: ¿qué sentido tiene la investigación escénica en Castilla y León? O ¿hay lugar para nuevos creadores? Al igual que en el caso del I Plan de Industrias Culturales y Creativas, en la pregunta está la trampa. Si no somos capaces de imaginarlo, nunca seremos capaces de construirlo.

Así pues, los que sobrevivan serán aquellos que se ajusten a las categorías y criterios establecidos, incluso a su pesar (aunque ni siquiera esto es una garantía). Los demás, mientras las cosas no cambien, pásense a la ilegalidad, preparen la maleta o busquen un trabajo decente si creen en los milagros. O traten de cambiar las cosas porque, tal como lo hemos heredado… este no es país para artistas.

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*Ruth Rivera es codirectora de Teatro Dran.

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