El poder de una pelota de malabar o de una nariz de payaso

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¿Existen artículos tan elementales como una pelota de malabar o la nariz de payaso para dejar desnudos de argumentos a las mentes de quienes, supuestamente, detentan el poder? Seguramente no. Solo esa persistencia en impedir que el ser humano sea más libre, piense por sí mismo y anhele la transformación social justifican esa maliciosa interpretación de considerar como peligrosa a una nariz roja de payaso. ¿Hasta cuándo?

Por MAGDALENA ALEJO CALZADA

Transformar a una persona, a una sociedad o comunidad se hace desde dentro, poco a poco, con paciencia en el tiempo y en la mayoría de los casos el resultado es por sorpresa. Hay un click momentáneo en la cabeza, en el corazón, en el estómago, o en alguna víscera del cuerpo desconocida que se mueve para transformar un estímulo recibido. Esto es lo que sucede con el arte y se puede reflejar en un elemento como la pelota de malabar u otro objeto esférico: la nariz de payaso.

Es, en este hecho de mostrar un elemento circense, lo que provoca esta transformación imparable. Ocurre en sitios diversos: desde un aeropuerto hasta la entrada en un centro penitenciario donde, en ambos espacios y por motivos de seguridad, se desconfía de todo lo que pasa por allí. La sorpresa ante estos elementos es indescriptible. La incertidumbre que provoca la pelota de malabar y la nariz de payaso es digna de estudio. No se sabe qué hacer. En principio, el funcionario de turno no quiere dejarla pasar por desconocida y por tanto peligrosa, pero hay una pequeña reacción de vergüenza ante este pensamiento y un retroceso ante la posible reticencia al paso de control que se proyecta en una pregunta:

—¿Qué es esto? Una obviedad, claro está. Saben lo que es y para qué sirve…

—Son herramientas de trasformación social, sería la respuesta ideal. Utilizadas de manera óptima generan ilusiones, sueños y risas cuya reacción cerebral es subir la autoestima y hacer reconocerse al individuo que lo siente, despertar el pensamiento de luchar por crecer y generar un espacio donde ser alguien, con sus derechos, voluntades libres y felicidad.

Vamos, un arma de destrucción de esclavos morales, éticos y pensantes. ¡Terrorismo cultural…!

Cuando estos elementos llegan a una comunidad donde tampoco se ha visto nunca, las formas, el color, la magia e ilusión de su movimiento hacen aflorar una sonrisa en la cara de quien los contempla. En las comunidades más aisladas, en ocasiones, los adultos tienen algún recelo ante el hecho, pero es la infancia del lugar la que se muestra abierta ante esta novedad y transforma rápidamente la desconfianza de la familia adulta en acercamiento a la propuesta artística que ha llegado a sus casas.

Eso sí, siempre desde el respeto, algo muy importante ya que sin él no podemos pretender nada. Cada persona tiene su tiempo de respuesta, de duda y de click instantáneo.

En ningún lugar de los que he visitado con estos elementos he encontrado un gran rechazo hasta el punto de no poder trabajar, mostrar el espectáculo, compartir un rato de risas y sonrisas. Solo cuando hay un concepto cultural distinto, en las comunidades andinas, en algunas al menos, la nariz de payaso recuerda a un borracho y hay que despojar primero ese primer significado para darle otro uso. Quitando ese extremo cultural que es momentáneo, en cualquier caso, siempre la acogida ha sido espectacular.

La transformación viene con la perduración en el tiempo de las cosas, una vez que se abre brecha, que el click está hecho, la persona está agarrada a la sorpresa del elemento y la continuidad es fundamental para poder revalorizar al ser humano que lo va a ir ejerciendo.

Que el arte es una herramienta de transformación social está más que demostrado y, desde pequeñas manifestaciones en barrios y comunidades aisladas hasta urbes gigantes despojadas de humanidad, cualquier manifestación artística introduce un cambio en la persona que hasta ella se acerca. La plástica, la danza y el movimiento, la poesía, los audiovisuales, la música, el circo y el teatro, las nuevas tecnologías aplicadas al arte y demás expresiones artísticas sirven para indagar en lo profundo del ser humano.

No debemos olvidar que cuando se le despoja a la persona de todo, lo que queda es su Cultura, su forma interior de estar y de entender la vida por medio del arte, sus cantos y bailes, dibujos y cuentos. Cuando la civilización se quiere extinguir rebrota con la expresión artística. Es a ella a la que debemos acudir para hacer renacer a la persona, para hacerla más humana.

Valores como lo colectivo, el trabajo en equipo, la autoestima y su refuerzo, potenciar virtudes y habilidades, la escucha y empatía, sentirse parte de algo, todo esto se consigue con el arte. Una persona reforzada es una persona capaz de superarse y salvar obstáculos porque tiene y desea futuro.

Si tenemos en nuestras manos una pelota de malabar o una nariz de payaso poseemos el cambio. Detentamos el poder de realizar cualquier sueño y hacerlo realidad. Vayamos a por ello, entonces.

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*Magdalena Alejo Calzada es actriz y periodista.

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