Crónicas de Pobladura (I)

© Fotografía: Agustín Berrueta.

© Fotografía: Agustín Berrueta.

Decimocuarta entrega del narrador y profesor universitario leonés, quien colabora en TAM TAM PRESS con una singular sección quincenal de pequeños relatos cuyo título, “Lenta es la luz del amanecer”, quiere ser todo un homenaje al fallecido escritor Antonio Pereira. En cada ocasión, los relatos aparecen ilustrados por el fotógrafo leonés AGUSTÍN BERRUETA.

→ Crónicas de Pobladura (I)

Por FRANCISCO FLECHA

La milagrosa curación de Basilio

Basilio, el mudo de Pobladura, rompió a hablar sorpresivamente a los 40, el día en que, por primera vez alguien, un forastero que pasó frente a él, le preguntó, simplemente, cuál era el camino de La Nava.

Cuentas claras

Don Arsenio,  boticario en Pobladura desde hacía treinta años y alcalde cumplidor y puntilloso, llevaba las cuentas del común con el mismo cuidado y pormenor  que acostumbraba en la botica y, en cuaderno dispuesto para el caso, anotaba cada gasto realizado.

Al repasar hoy aquellas cuentas, llama la atención un apunte que refleja tanto la meticulosidad, como se ha dicho, como un cierto desánimo ante la ineficacia burocrática de la Administración Provincial:

“A León, para no hacer nada, cuatro duros”.

Las cosas en su sitio

No había nadie en Pobladura que se perdiera la misa, la procesión o la subasta del gocho el día de san Antón.

Aquello era mucho más que una cuestión de religión. Hasta Carancha, el de la fragua, venía ese día a cumplir con el santo y la limosna, aunque bien es verdad que no pasaba de los portales de la iglesia, que tengo para mí que el fuego de la fragua y los golpes de la maza le habían ido, poco a poco, enlobeciendo.

Don Ramiro, un cura grandón, montañés y trabucaire, natural de Portilla de la Reina, se alegraba (como no podía ser de otra manera) de aquella explosión de fervorosa devoción.

Pero el resto del año rumiaba en silencio el disgusto que le causaba ver la iglesia casi desierta los domingos y hasta en las grandes fiestas de la Pascua.

Se veía venir. Y así fue. Reventó con santa furia en el sermón del Corpus Cristi ante la escasa concurrencia:

—Si yo no digo que san Antón no sea un santo milagrero que merezca toda vuestra devoción; pero también os digo que, al lado de Dios, san Antón es una mierda.

— — —

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