Querido diario (63)

© Ilustración: Avelino Fierro.
© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor continúa escribiendo su diario mientras contempla las flores, ya mustias, recogidas en el parque el día anterior, y se pregunta si todos los asuntos que aquí aborda “se morirán un poco, quedarán encerrados en su almario, se desdibujarán” al escribirlos…

Por AVELINO FIERRO

Aquí estoy otra vez, frente a la puñetera realidad. Tratando de nombrar el mundo sin saber muy bien cómo empezar. Paso el cedazo de la memoria por los días idos y no sé si las horas que vayan filtrándose y depositándose en estas cuartillas interesarán a alguien.

Quienes estamos refugiados en la caverna nos conformamos con meras apariencias, pequeñas manifestaciones particulares de la belleza, con una tarde como la de ahora, con esta luz algo fría del atardecer, el ailanto meciéndose y una pequeña procesión de nubes hechas jirones, desmañadas y tristes, como recogiéndose pronto tras un día intenso de bregar con el viento, la lluvia y otros caprichos de estos días inestables. Hace viento, un viento menos cálido que el que corría hace unos instantes por las páginas del libro que estoy leyendo (“Es como si el verano se oscureciera cuando sopla el viento del este y cambia el color de las fragatas y del agua en las dársenas. Tiemblan los toldos, y la bruma se estanca en los bares y las tabaquerías y los almacenes donde venden mermeladas inglesas y en los despachos de militares y comerciantes malteses y genoveses y en la oficina judicial donde se celebra la boda. Hay anaqueles vacíos y techos altos en el juzgado, parece todo muy transitorio, como en una mudanza, en disolución, como si ya hubiera pasado este día…”). Esta luz desmayada del atardecer, este viento turbio de la ficción, me narcotizan y aquietan. Pero también me provocan cierta inquietud, un bullebulle que me predispone a veces a esta tarea de detener el tiempo, haciendo su radiografía, que no otra cosa es el escribir.

Escribir… No dejo de sentir al hacerlo un cierto grado de pudor, y casi de avilantez. Quizá por eso he ido dejando pendiente esta tarea varios días, con todo un poco suspendido en el aire. En esta habitación que ya está a oscuras flotan recuerdos y frases con alas. En este pequeño espacio, con una ventana alta que mira a tejados y lomas lejanas, se concentran mis luces, mis noches, el aroma del tiempo, tus ojos.

Aquí está el dibujo de este vaso con flores; flores que ya se pudrieron. Me había levantado cuando estaba solo en casa, pero noté que alguien me ayudaba a entrar de una forma menos agria en la mañana, hacía de intermediario sin palabras, de elegante edecán con el nuevo día. Eran ellas, flores caídas en el parque, recogidas la noche antes por M. y que se desparramaban como una cabellera blanca y algo amarilla y tenue, como un enjambre indescifrable cuando acerqué a ellas mis ojos miopes para escudriñarlas mejor. Lucían como un ascua blanca en la mesa de la cocina. Lo de menos –y no sé si estaba– era su olor. Musitaban. Era como si estuvieran nombrando esa primera hora, dictando palabras de ánimo para encarar el hastío. En su modestia, en su actitud, me recordaban lo que dijo el poeta: “Nunca se debería escribir ni una sola frase que no se pudiera susurrar al oído de un agonizante”. Y aquellas palabras, de otro escritor francés, sobre una mata de pálidas, débiles y casi insulsas violetas: “Ce jour-là, en ce février-là, pas si lointain et tout de même perdu comme tous les autres jours de sa vie qu’on ne ressaisira jamais, un bref instant, elles m’auront désencombré la vue”. (Aquel día, en aquel febrero, no tan lejano y sin embargo perdido como todos los demás días de la vida que nunca reconquistaremos, durante un breve instante, ellas me despejaron la vista).

También recuerdo un paseo con Cristina hasta la zona de los campos donde están las facultades. Un día ventoso, de luces brillantes, o filtradas cuando las nubes viajeras se interponían ante el sol. Íbamos a grabar un programa en la radio universitaria. Entramos en un cuartito acolchado, una especie de pecera insonora; y yo no sabía muy bien lo que decía porque el rumor de la vida había desaparecido al ponerme los cascos. Era como estar desconectado de todo, sin los pies en el suelo. Y ¿cómo iba a poder hablar así del día a día, de la realidad y las miserias de los jóvenes?, pues ese era el asunto que allí nos tenía reunidos. A mí me llegaba el eco de mis palabras, como faltas de aplomo y a la vez irreales, distorsionadas, como pronunciadas por un oráculo mentiroso.

Esa sensación de estar ausente cesó esa misma noche, cuando algunos amigos nos reunimos a cenar. Aquella enorme cazuela de sopa de truchas sí era una “realidad” (la realidad, la única palabra –decía Nabokov– que no quiere decir nada si no va entrecomillada), como lo eran los libros sobre la crónica del crimen en la ciudad que Javier Tomé nos iba firmando. Leí el arranque de algún capítulo, y pude comprobar cómo una prosa precisa puede trasladarte a los días, al tiempo casi siempre desabrido de un escenario concreto: “La vida plácida que se disfrutaba en León bajo la dictadura de Primo de Rivera, aquel general borrachín que prometía “paz, orden, moralidad y progreso”, se veía sacudida esporádicamente por explosiones de violencia e irracionalidad como las acontecidas a finales del mes de febrero de 1928. Nada hacía presagiar la extraordinaria cadena de sucesos que, superpuestos entre sí, dieron la impresión a los ciudadanos de encontrarse a dos pasos del Apocalipsis. Mientras el Ayuntamiento aprobaba el proyecto de instalación de un “quiosco de necesidad” en la plaza de San Marcelo, con el objetivo de aliviar las surgencias fisiológicas de los viandantes, el Cine Azul anunciaba a bombo y platillo el inminente estreno de Rey de Reyes, publicitada como el acontecimiento del siglo y la mejor película de todos los tiempos.

Ajeno a estas novedades cinematográficas se hallaba el herrero Teófilo Rodríguez, domiciliado en Campo de Santibáñez, aunque tuviera su puesto de trabajo en la capital, en la clínica veterinaria de Ángel Santos…”.

Ahí nos ha dejado tras preludiar esa historia, a la que ha dado el título de “Intrigas de campanario”. Ya somos un observador más, nos ha situado en el centro de los hechos. Vamos a vivir –permitidme el oxímoron– una ilusión real, como si ante nuestros ojos se fuera a proyectar un documental con viejas imágenes en blanco y negro.

Después, como el viento de la tarde había desaparecido, en la terraza, bajo el toldo, se oyeron hermosas y casi heroicas historias de pescadores.

Y el 28 de mayo –tengo a la vista el programa– tocaba Giampaolo di Rosa en la catedral. Antes estuve paseando por las callejuelas del barrio de San Mamés y de Puerta Castillo, pasé por la heladería de Daniele, pude ver a los vencejos alocados tejer estelas de aire alrededor de la espadaña de Santa Marina… Oí el concierto sentado en uno de los bancos de la nave lateral frente al rosetón norte. A veces parecían entrelazarse los colores de las notas musicales con la armonía de los destellos de las vidrieras. Por el exterior, de vez en cuando, pasaba rauda la sombra de una paloma. Serían casi las diez cuando Giampaolo finalizaba su “Improvisación” y la luz decayó. Y el templo, como un gran barco que zozobra, se fue hundiendo en la oscuridad de un denso azul ultramar.

Visité luego a Yago en su bar; Sira y una amiga hablaban cerca de nosotros en la terraza. Ya era tarde cuando volví a pasar junto a la catedral y pude ver que las luces habían descendido hasta el suelo de la plaza, con las torres reflejándose en los charcos dejados por el riego. Agitándose estaban con el viento leve de ese anochecer. Cuando enfilé la calle de las monjas el silencio era completo, casi irreal. Y en el cielo, ni una sola estrella.

Hubo otros momentos, y lecturas… A mi lado, mientras voy escribiendo tengo algunos libros que luego devolveré a sus lugares. F., sobre Gabriel Ferrater, que me recomendó Gabriel Q., de donde procede esa imagen del viento agitando los toldos (Ferrater, que no aparece citado ni una sola vez en el libro de Carmen Riera sobre la Escuela de Barcelona, Partidarios de la felicidad); un libro de Pasolini, al que han puesto el título de uno de los artículos incluidos en el mismo, Demasiada libertad sexual os convertirá en terroristas –en el último número de la revista de literatura Quimera, se cuenta que José Agustín Goytisolo invitó a Pasolini a dar una charla a Barcelona y ésta tuvo finalmente lugar en la sala de disección del Hospital Clínico porque no les dejaron otro espacio–; el de Javier y el de Philippe Jaccottet. También el folio con la escaleta del programa de radio de Cristina, Órbita Magenta y el programa del concierto de Giampaolo. Todos dejarán de estar cerca de mí salvo el dibujo de las flores que servirá para ilustrar esta nueva entrega del Diario.

Y no sé si, al escribirlos, todos estos asuntos se morirán un poco, quedarán encerrados en su almario, se desdibujarán. Si seguirán flotando, como hasta ahora venían haciendo, cerniéndose como elanios por la habitación. No sé si perderé para siempre esas pequeñas frases o recuerdos que hasta ahora aleteaban a mi alrededor al fijarlos en el papel como mariposas clavadas con alfileres en sus cajas de cristal. Esquirlas que fueron del tiempo, de la realidad, que ya no estarán conmigo, que ya no me susurrarán al oído ninguna historia más.

5 Comments

  1. Que sí, seguimos aquí.
    Tal vez ese sea el cometido del diario, de cualquier diario: desembarazarte /se de realidad. Y alumbrarnos, realizando, a quienes leemos.
    Un abrazo.

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  2. Pues como de costumbre puntual a tu cita diarial. Es increíble cuánto sabes decir y qué rotundamente cuando pareces no querer dar ni los buenos días. Me encantaron las palabras almario y ailanto… aunque creí que est árbol estaba prohibido por estas latitudes. Un abrazo.
    Félix

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  3. Me da la impresión que esta vez, lo que realmente te apetecía era escribir, arrancar sin saber donde te conducirían esas palabras que necesitaban salir de tu interior para trasladarse a esa página en blanco del alma. Y así, párrafo a párrafo has seguido haciendo prosa poética, dejando balancearse las palabras al ritmo de tu pensamiento. Y aunque de pronto has decidido volver a la vida y contar, tan bien como siempre, esos sucesos cotidianos por los que has ido transitando en tus últimos días, has aprovechado tu último párrafo y nos las has trasladado, para como dices dejar de estar contigo, pero porque las has susurrado, no a tu oido, sino a nuestro ojo lector.
    Un abrazo

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  4. Graciñas, Avelino, por mandarme tu diario, en un momento que ha sido como mágico, tras regresar yo de vacaciones azules en Galicia, y pasar un día en León, como acostumbro, para acortar el viaje en tren a Vitoria, de casi 12 horas, y de sobrevivir a los casi 40 ºC que encontré en tu ciudad. Quisiera haber ido a conocer “El cuervo”, bar que mencionas tanto en tu libro, pero las circunstancias no lo permitieron esta vez. Pensaba en ti y la pátina que tu obra ha dejado en mi experiencia de la ciudad de León, ahora más literaria. Este capítulo de tu diario ha refrescado esta experiencia de calor excesivo y ha sido como un bosque de robles, como un abrazo protector sobre las experiencias cotidianas en lugares que nunca son el mismo, y que aunque las olvidemos un poco por otras nuevas, nos hacen y nos construyen, nos enseñan el sentido de la vida por la vía sensual, con una contundencia inapelable. En tus palabras vive tu alma peregrina y lo que se siente leyendote da muchas ganas de conocerte aún más. Graciñas, Avelino.

    Carolina Larrosa

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