El vértigo y Javier Krahe

Javier Krahe.

Javier Krahe.

“Por encima de todo él se veía a sí mismo como alguien que escribía canciones (que no es lo mismo que escribir poemas) y las interpretaba en público para ganarse las habichuelas”.

Por MARIO BENSO
últimoCero

“Los finales no se pueden prever. Simplemente suceden”. Así se expresaba Javier Krahe, y así, en esa suerte de coherencia radical que siempre acompañó a su condición, se nos ha ido. Hace un par de meses su fiel escudero de mil y una justas musicales, Javier López de Guereña, nos adelantaba su decisión de dejar temporalmente los escenarios y tomarse una temporada de descanso. En junio la banda dió los últimos bolos y, como todos los años, Krahe puso rumbo a sus queridas tierras de Cádiz, a Zahara, donde le esperaban sus aires marinos, sus anocheceres mágicos y un puñado de buenos amigos en cuya compañía disfrutaba, y ellos con la suya. Sólo que de este viaje ya no iba a regresar a sus cuarteles de invierno en la Calle del Pez en Madrid.

Recuerdo muy vivamente una de nuestras últimas charlas, como siempre con buenas dosis de nocturnidad y gozosa alevosía, que coincidió con las tres mágicas jornadas que vivimos en el Café España, de Valladolid, –donde actuó en innumerables ocasiones, siempre con enorme éxito– durante la grabación de uno de sus discos en directo. Nos complacía hablar de los simples placeres de la vida doméstica, los hábitos noctámbulos y otras cuestiones de gran enjundia filosófica; pero lo que no sé es cómo demontres llegamos a hincarle el diente al farragoso asunto del envejecimiento y la fastidiosa muerte. Utilizó entonces una comparación que siempre me ha parecido muy acertada: la del vértigo ante esa oscura cita futura e inevitable. Vértigo que, me permito añadir, nos hace agarrarnos a lo que está más próximo para seguir adelante. He pensado mucho en aquellas palabras, y en otras muchas que escuché de él, porque de Krahe, como de todos los tipos realmente excepcionales, se aprendía incluso de los silencios, propios de alguien que tenía el buen hábito de callar antes de soltar una sandez.

No voy a glosar de nuevo aquí su enorme talento artístico: de todos es bien conocido. Siempre he pensado que Javier Krahe ha sido un verdadero lujo para este país, una especie de rara avis en un paisaje poblado de faunas de todo tipo y condición. La solemnidad y lo pomposo le provocaban tanta alergia como las gramíneas en primavera, y me consta que expresiones que habitualmente dirigíamos con toda la admiración y cariño del mundo hacia él, como “maestro”, “genio” o incluso “poeta” no le hacían particularmente feliz, ya que por encima de todo él se veía a sí mismo como alguien que escribía canciones (que no es lo mismo que escribir poemas) y las interpretaba en público para ganarse las habichuelas. Nada más lejos del narcisismo trascendente y casi enfermizo que a veces uno se encuentra en este mundo de las artes. Pero no puedo resistirme a dejar claro que Krahe hizo siempre lo que gustaba hacer y alcanzó la fama y el reconocimiento colectivo sin plegarse a los cantos de sirena del star system, sin aparecer casi en los medios, sin conceder pomposas entrevistas promocionales ni bailarle el candomblé a nadie. Ni le apetecía ni lo necesitaba: allá donde fuera, le recibía una marea de seguidores que no se perdían ni un sólo instante de sus conciertos, verdaderos homenajes al talento, la socarronería y el humor con mayúsculas. No le hacía ascos a los teatros o salas de postín, pero era en la cercanía de los cafés concierto –aquellos que frecuentaba con infalible puntualidad año tras año– donde se encontraba más en su salsa, cara a cara con la gente. Y como bien señala Wyoming, era el tipo serio más divertido del mundo.

De alguna manera, el fin de trayecto de Javier Krahe se ha parecido algo al final de muchas sus actuaciones: tras elevar su vaso y brindar con el público, ponía rumbo con paso firme al fondo de la barra, donde ya se llevaba a los labios un sorbito cuando aún atronaban los aplausos incendiarios. Y allí, como si no hubiera pasado nada, departía con parroquianos de toda suerte y condición sobre lo que surgiera en buena conversación. Y no se crean que lo hacía por quitarle hierro al asunto: es que, sencillamente, ése era el asunto.

¡Salud!

Un Comentario

  1. Caguenlamar Javier, ahora si que nos hemos quedado como un gilipollas, madre. HASTA SIEMPRE

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