Querido diario (66)

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

Escribe Blanchot que el diario es el ancla que raspa contra el fondo de lo cotidiano. Y escribe el autor: “Puedo estar días, semanas, sin escribir una sola línea. Pero echo mano ahora de esos pequeños diamantes que encuentro en el dobladillo del pantalón viejo –lleno de remiendos– de los veranos, cuando lo devuelvo con cuidado, siguiendo el rito casero de las estaciones, al armario”.

Por AVELINO FIERRO

Llevo tantos días sin venir a estos cuadernos, que el sentimiento es de extrañeza. Hay como una lejanía de todo, de haber vivido, de haber escrito. He estado esperando a que la luz del exterior sea más tenue, y a que esta música que ahora escucho, y que suele servirme de compañía, me traiga de nuevo al rincón del sentir, que es como decir a cierta disposición de ánimo, a un estado de incertidumbre, o de alerta, a la escritura. Sí, ahora que el último sol viene filtrado por una gasa de las nubes del este y unos pájaros alocados ultiman sus quehaceres, recuerdo. Sin esa luz exangüe que amortigua los contornos del mundo y entrecierra la mirada del espíritu, que te hace fruncir el ceño y te lleva al recogimiento, no sería capaz de escribir ni una sola línea, de someter a escrutinio los días ya idos. De ir tanteando entre memoria y olvido; algo parecido a pasar el trasmallo del corazón por las aguas turbias del río de la vida. Quizá por eso escribe Blanchot que el diario es el ancla que raspa contra el fondo de lo cotidiano.

Recuerdo haber anotado un día de finales de agosto, mientras esperaba en el coche a que fluyera el coágulo de un atasco, una música, “Palladio”, para orquesta de cuerdas. Dijeron que había sido utilizada en el anuncio de una casa de joyas sudafricana, cuyo lema era “Un diamante es para siempre”. Aquella melodía ingenua, el reflejo del sol en los chorros de unos aspersores al lado del río, aquella luz eclesiástica, aquel punto muerto de la mañana camino del trabajo, habían compuesto la escena, un bodegón que yo anotaba.

Se ve que vuelve ahora, zumbón él, como queriendo ayudarme. No sé si fue un instante de enorme simpleza, o sublime. Ni si yo soy un simple o un hábil pescador de momentos que producen un chasquido en el espíritu. Algo hubo, si no, no llevaría escritas ya más de cinco líneas sobre ello. Lo que no produjo un restallazo en el alma sino otras cosas, fue lo que vino después.

Llegó a la zona en moto un guardia municipal y empezó a pitar. Parecía oír mi música aunque los cristales estaban subidos. O llevaba él sintonizada la misma emisora en ese pinganillo que llevan a veces en la oreja para oír las órdenes de la Central. Eso debía de ser, porque los chiflidos iban acompasadísimos con la música. E igual sucedió con una especie de baile nervioso que emprendió como un saltimbanqui a lo largo de la fila de coches. Con lo que el resultado fue el contrario del que buscaba: los conductores se quedaban absortos, incapaces de ponerse en marcha ante el espectáculo de nuestra majorette. Si hubiéramos sabido el nombre y apellido de aquel poli urbano le habríamos buscado gustosamente un ripio parecido al de ese político catalán bailarín (“Iceta lo peta”). He conducido y paseado con la antena puesta y la música bien alta como reclamo, pero no he vuelto a ver a nuestro hombre, con lo que puede que no fuera un funcionario y sí un admirador de Village People ensayándose para conseguir un vídeo viral en Youtube.

Vamos a dejar los instrumentos de viento y la danza, porque decíamos que estoy triste y estéril, me estoy comportando un tanto ligeramente, y de lo que uno pensaba escribir era de las noches de verano, de sus olores de tierra mojada y corrompida, de músicas serias y enfurruñadas. Y, para ello, anoto aquí unos versos leídos recientemente y que describen bien este ánimo en chamusquina: “Va a acabar el verano. ¿Acabará / también la luz hundida en la memoria / sin dejar una huella, una palabra, / un signo de su paso tan cerca de las sombras?”.

Es lo que ahora veo si miro por la ventana: el pequeño ailanto de la jardinera se tambalea levemente; la lengua de luz de las lomas ya no está, ya no acaricia el horizonte. Esto es bien simple, lo sé. Pero hacer de notario de la realidad puede que ayude a rellenar los puntos muertos de la inspiración. Se coge aire, esperando a que pase el atasco, que la circulación fluya de nuevo.

Y funciona. Vienen ahora a mí otros momentos; no quiero que se vayan. Y, además, hay que cumplir la consigna de Blanchot, tan salutífera: “El interés del diario reside en su insignificancia. Esa es su inclinación, su ley. Escribir cada día, con la garantía de ese día y para recordarlo, es una manera cómoda de escapar tanto al silencio como a lo que hay de extremo en la palabra. Cada día nos dice algo. Cada día anotado es un día preservado. Doble operación ventajosa. Así se vive dos veces. Así nos protegemos del olvido y de la desesperación de no tener nada que decir”.

No soy un alumno obediente, a menudo me hago acreedor al castigo, a estar de rodillas contra la pared; puedo estar días, semanas, sin escribir una sola línea. Pero echo mano ahora de esos pequeños diamantes que encuentro en el dobladillo del pantalón viejo –lleno de remiendos– de los veranos, cuando lo devuelvo con cuidado, siguiendo el rito casero de las estaciones, al armario.

Recuerdo aquel mediodía luminoso –al atardecer se presentaba en la librería Alejandría el libro de Víctor Botas– en el interior de la catedral sombría y radiante, con Marta, Manilla y Puri, Cristian y su chica, y Martín, recitando a la salida, gracias a su pulcra memoria, a Jorge Guillén: “Queda curvo el firmamento / Compacto azul, sobre el día. Reposa, / Central sin querer, la rosa. / A un Sol en cénit sujeta. / Y tanto se da el presente / Que el pie caminante siente / La integridad del planeta”.

Recuerdo los cuadros de Miguel Galano, en su estudio de Oviedo. Vegetaciones negras y noches transparentes, el fulgor del agua y las palmeras de las Indias lejanas. Salimos apresurados al llegarnos la noticia del pasmo de mi padre. Las horas en el hospital, ojos entrecerrados y gemidos en la habitación contigua. El camino de vuelta hacia el pueblo en la madrugada, pasado el sobresalto, con la noche repleta de brillos como luciérnagas (digo luciérnagas y digo verano y los versos de Justo Navarro: “¿Te acuerdas de las últimas luciérnagas? Latía / su fulgor movedizo sobre la fronda ilesa. / Ahora que, caprichoso, el verano se enfría / y un aire de inclinada caligrafía inglesa / hace vibrar los cables y se instala en los setos, / las he visto otra vez…”). En la carretera solitaria entre barbechos y monte bajo: una liebre asustada, el búho que gira sus ojos y emprende el vuelo, miles de polillas volando hacia la luz de los faros, nevando, como nievan también en primavera las flores blancas de los almendros.

Recuerdo la última excursión del verano, con Julio, y Mar, y cómo en La Red, mientras buscábamos en el cementerio las tumbas de los tres hermanos muertos a la misma edad, se hicieron las tinieblas y la lluvia y un viento frío que querían acabar con la maldición o el misterio, purificar aquella tierra. Un bramido llegaba, un coro de voces graves, las hojas de los árboles del bosque emitían un lamento casi humano.

Hubo otras músicas en el verano que termina (el concierto de Javi y sus amigos en la vieja casa de la Plaza de las Tiendas, aquella Bohème con Alberto, El Lago de los Cisnes en el Liceo), casi todas más hipotensas que la del sonido del bosque -porque no olvido a los “diyeis” de la escollera-, músicas que llevan al corazón a una baja temperatura, que suele ir a dar en melancolía.

Esas músicas y esos momentos “en modo menor” son los que nutren a menudo mi escritura. Ahí encuentro yo los diamantes semienterrados entre el polvo de la senda ténebre de la creación. Ese íntimo germen “oscuro, pero poderoso” del que hablase Schiller. Ese camino hacia la luz he intentado describirlo en el prólogo que redacté ayer para el primer libro de poemas de Mar M., la chica rubia de la habitación de al lado. Texto que tiene sus diminutas gemas brillando con luz propia: la mitad de un verso de Blas de Otero, una referencia a Larkin, dos palabras de Gil de Biedma.

Y es que uno, como empollón que ha sido siempre, se sabe, claro, la teoría. Pero anda uno a menudo desharrapado, buscando complementos para su desnudez en el fondo de armario: una chistera de la que sacar, hecho texto o poema –que lo mismo da– esa “música anterior al concepto” de la que habló Mallarmé, objetivarla como obra de arte. Vamos a dejarlo así; continuar sería tanto como volver a la impotencia y a la murria, al abatimiento. Vamos con ese prólogo. Esto es todo, amigos.

Noche, otra vez la noche. Tiritando a tu lado, con un mirlo bajo la piel. Cortinas de lágrimas, dices, se ciernen sobre tu insomnio. Cierra los ojos hacia el pasado aunque no pueda volver. Acúnate. La noche tocando el corazón. Soplando en el corazón, en las hojas muertas. En el cuerpo de fuego, en el cansado placer. Cuántas veces te han surcado las palabras, las sublimes y su búsqueda oscura. La parquedad de las cosas. Las fiebres del querer, como un aleteo en los párpados. O las naves del subjuntivo, deseos o dudas. Te lastra las manos, como en aquellos versos ingleses, un anochecer. Giran astros, recuerdos, sílabas, nubes tóxicas. El viento, las espigas recuperadas de la niñez. La noche. Cae el alma, música y ángeles abstractos, frases sobre el papel.”

  1. Naty

    Me ha encantado.

  2. Roberto Díez

    ahora te leo en Facebook. Abrazo fuerte

  3. El rincón del sentir y la puta memoria (lo he mirado por encima y sale tres veces). No es tu caso, Avelino, pero andáis las almas sensibles con una copa de menos.

  4. Marta Prieto Sarro

    Precioso. Como siempre

  5. Chema Castañón

    Espléndido, Avelino, rabiosamente melancólico.

  6. José Luis Avello

    Gracias por despertarnos. Frecuentemente comienzo a necesitar alguien que me rescate de entre las sombras. Hoy lo has conseguido. Gracias por esos fragmentos de tu vida que compartes con nosotros.

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