“La verdadera historia del hombre que tocaba las esculturas”

Los escultores Castorina y Amancio posan junto a la Maternidad, recién terminada, en Astorga. © Fotografía: Amando Casado.

Los escultores Castorina y Amancio posan junto a la Maternidad, recién terminada, en Astorga. © Fotografía: Amando Casado.

La autora de este relato nació en 1967 en Valderas (León) y reside en Madrid —donde trabaja en el servicio de Psiquiatría del hospital Gregorio Marañón—. En su blog Sol a la tinaja cuenta que le gustan “los puentes semihundidos en los que los personajes conversan acerca de la vida, lo más bello, lo más doloroso, lo único”.

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Nadie sabe a ciencia cierta en qué momento el hombre llegó a la ciudad, unos dicen que si en primavera, otros que si en el mes de octubre, con la caída de la hoja. Tampoco cómo se llamaba, ni de dónde venía, ni qué pensaba o qué palabras utilizaba, pues nunca habló con nadie.

Todos coinciden, eso sí, en que tenía aspecto de mendigo.

Un día alguien le vio sentado frente a la escultura de la diosa Gea, construida con piedra caliza traída de lugares lejanos. Dicen que la miraba fijamente, con una intensidad y un brillo inusuales, y que estuvo así un día entero, desde por la mañana hasta que se hizo noche cerrada. Días más tarde le vieron acercarse a la escultura y tocarla, primero la rabadilla, luego la nuca, luego los ojos y las mejillas y los pechos, hasta acabar en el nacimiento del pubis, como si la imagen guardara en su interior un imán. Pocos días después, con un paño humedecido en una fuente cercana, vieron cómo la aseaba y le ponía florecillas que contenían los colores del arco iris entre el hueco de sus piernas levemente separadas. Hay quien afirma que la besó.

El hombre se convirtió en centro de las murmuraciones de los habitantes de la ciudad,Está loco, es un pirado, es un obseso, un pervertido, ¿no habéis visto como la toca?”, dijeron los supuestamente más cuerdos. “Eso es que la ama”, opinaron los poetas, y siguieron debatiendo y debatiendo “Yo creo que es peligroso, pues yo apostaría mi reputación a que no lo es, a mí me da pena, nada, nada, por la pena entra la peste”.

Un día le vieron correr enloquecido tras una banda de grafiteros que intentaba atentar contra la imagen de la diosa y aprovecharon este incidente para hacer un escrito muy bien redactado que elevaron al máximo dirigente local, y éste, tras recibirlo, al juez, que ordenó su ingreso inmediato en un frenopático.

El hombre fue recluido en un sitio gris y húmedo y decadente del Norte donde un reputado experto en melancolías le preguntó cosas del tipo “De dónde vienes, a dónde vas, qué es lo que te mueve a provocar el desbarajuste en el que te has metido”, pero el hombre, sin dejar de mirar un punto infinito de la pared gris, sumido en su habitual mutismo, no contestó a ninguna de las preguntas. Dice el experto en melancolías, y así lo hizo constar en su informe, que en sus cuarenta años de profesión nunca había visto una mirada más gris y melancólica y mimetizada con el entorno, y también señala que solo se animaba un poco al contemplar en el patio el chorro de agua de la fuente con forma de sirena. Aún así, para descartar cualquier otra patología de tipo orgánico y afinar en el diagnóstico, el experto en melancolías le pidió una serie de pruebas que, contra todo pronóstico, pues el hombre parecía cada vez más desmejorado y caquéctico y huido de sí mismo, indicaron que estaba en perfecto estado de salud física. Y como el caso era un caso mediático y el experto en melancolías debía evitar que un desenlace fatal pusiera en entredicho el buen nombre de la institución, tras elaborar un informe de veintitrés folios, le soltó.

El hombre, como no podía ser de otra manera, volvió a la plaza donde estaba la diosa y, para dolor de la comunidad que veía con muy malos ojos cuanto pasaba, siguió haciendo las mismas cosas que antes del encierro: mirándola desde por la mañana a la noche, tocándola con las yemas de los dedos, aseándola con un paño humedecido en la fuente cercana, protegiéndola de la banda de vándalos y grafiteros que asolaban la ciudad, adornándola con florecillas que nadie sabía de donde sacaba, susurrándole palabras al oído que a pesar de las disputas que se traían unos y otros, (“amor”, decían los poetas que decía, “y quiero beberte”, decían las mujeres castas que decía y al decirlo se tapaban la boca con los dedos y las palabras salían muy bajito y como a hurtadillas), nadie, y eso está constatado, oyó jamás. Hay también quien afirma que la besó. Hasta que una madrugada de dieciséis bajo cero y niebla pelona, le encontraron desnudo al lado de la diosa y a ésta abrigada con sus atuendos de mendigo. Cuando llegó el experto en salud certificó que el hombre sin filiación murió de muerte y de frío, lo puso en muchos papeles, y también puso muchas firmas y estampó muchos sellos.

Días más tarde los operarios municipales encontraron una notita en el bolso del abrigo. “Te amo tanto”, decía la nota, “que solo deseo que nos fundamos”. La enseñaron a su jefe y éste a la máxima autoridad local, que en connivencia con el concejal de cultura y dado que estaban en período electoral, decidieron que tenían que hacer algo grande y mediático, algo que llamara la atención… Algo como mandar esculpir a los pies de la diosa y con la misma piedra caliza traída de lejanas tierras, la figura del hombre. “Los amantes”, llamaron ahora a la doble escultura. Y el día que la inauguraron, con mucho bombo y platillo, fuegos de artificio y hasta algunas notas de prensa, a todos les pareció una bella representación del más puro y sublime de los sentimientos. Los poetas recitaron hermosos endecasílabos, las mujeres aplaudieron con fervor y los hombres miraron a las mujeres. El caso es que Gea y el hombre que un día llegó a la ciudad ahora están fundidos para siempre, tan fundidos que hay quien dice que algunas noches de luna creciente se les oye suspirar con suspiros que se quedan prendidos varios días en el aire. Pero eso no se ha podido constatar.

No sé. Personalmente yo creo que hoy ya nadie muere de amor, que se muere de edad, de una enfermedad, de un accidente, pero también creo que de vez en cuando puede haber alguien así, alguien poco común que vaga de ciudad en ciudad y un día, prendado de alguna de las bellezas que la contienen, alcanza al fin su destino.

Aunque esto, ¿cómo asegurarlo?

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