Aniversarios y vejaciones

Cancamusa 13. Diciembre 2015. © Fotografías: José Ramón Vega.

Cancamusa 13. Diciembre 2015. © Fotografías: José Ramón Vega.

El fotógrafo José Ramón Vega y el poeta Víctor M. Díez continúan con su original sección creativa para TAM TAM PRESS. Se titula “CANCAMUSA” y tiene periodicidad mensual. Cancamusa es un término utilizado, con frecuencia, en el mundo de la magia y que viene a significar: dicho o hecho con que se pretende desorientar a alguien para que no advierta el engaño de que va a ser objeto. El mecanismo de la sección consiste en la propuesta, por parte de Vega, de tres de sus fotos, en principio, inconexas entre sí, sobre las que Víctor M. Díez debe escribir, improvisar, armonizar un texto que cree un trampantojo poético. Nada por aquí, nada por allá. Sin trampa ni cartón. ¿Dónde está la bolita?

Aquí va la décimo tercera entrega:

Aniversarios y vejaciones

Fotografías: JOSÉ RAMÓN VEGA
Texto: VÍCTOR M. DÍEZ

CANCAMUSA (Diciembre 2015)

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

Hola, me llamo Edelmira de la Sota Mirantes. Sí, yo fui médico de muchos de vosotros y vosotras, que ahora os creéis artistas y eso. Sé que hacéis cosas raras, como esto que llamais Cancamusa. ¡Vaya nombre! Os he estado observando. Un año llevo aquí sentada, leyendo las cosas que se os ocurre escribir y fotografiar. La mayoría me resultan un poco raras, extrañas. En fin, vosotros sabréis, hijos. Pero creo que vuestras madres y familias lo verán como una pérdida de tiempo. Deben estar preocupadas. ¿Para qué sirve todo eso? Mirad, chavalines, en este año que vosotros habéis tirado por la borda, a mí me ha dado tiempo a tejer este increíble modelo mostaza de pura lana. Muy calentito. Y ¿qué os parece mi carro? Frenos, los mejores neumáticos, cuatro ruedas giratorias, con portabultos, con posibilidad de sentarse si no hay un banco como este. Cada mañana me calo la pamela y las gafas de sol, y ¡hala!, a hacer kilómetros por Eras. Sí, ya sé que tengo algo de aspecto de misionera exploradora, pero miraos vosotros, vaya pareja de pazguatos con pretensiones. Vaya añito que lleváis. Haced una oposición o algo y cortaos el pelo. Bueno, el poeta no hace falta.

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

Una carretera al sur, el promontorio. Guijarros, botellas, retamas rodeando la pequeña venta abandonada. Una carretera hacia el sur, al atardecer. Allí aparcaron el milqui y pasaron la noche sin techumbre. Una fogata que hacía salir humo por ´la cabeza del árabe´, como lo llamaba ella. Él perdía mucha sangre y apenas se mantenía consciente. Cuando llegaron los del manco, rayaba el alba y se oyó aquella música de Medina Azahara: ´abre la puerta niña/ y dale paso al amor/ se marchan todos los sueños/ que pena da despertar…´. Nos estaban esperando, nos estaban esperando, acertó a decir. Nino y el rubio cayeron primero. Shhh, no hables, le dijo ella. Desde el Dodge Dart vio la cara del beduino. Vio como quemaban el otro carro. Llegó a decir sonriendo: Conozco a ese, es el Jerife Alí, noble del clan de los Haris. Tendió la mano a la muchacha y le susurró: dile a Lawrence que ya no tomaremos Aqaba.

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

Centro de protección de las Bellas Artes y de utilidad pública. La cultura, el arte. El dentro/fuera de lo visible es tan confuso. Cuando era muchacho pasaba muchas tardes en el café del Círculo. Allí escuché leer poemas a mi admirado Claudio Rodríguez. Y en el bar, reírse: cualquiera pide aquí una de gambas. Sí, es lo que tiene lo finolis. Madrid decimonónico. Pero en aquel tiempo de mis veinte años, a finales de los ochenta del siglo XX, todo era posible allí. Picasso o Valle aparecían de repente, vestidos de marinero y de mexicano.

Ahora ya no es así, se lo aseguro. Ahora huele a pijo listo y a divine gauche revenida. A tres policías privados en la puerta. A camareta de saldo, a currantes que no cobran, a alquiler para bodas, a mayordomo que le sube al pope un carrito con su té y su kiwi, a su despacho. Los artistas son espectros (los muertos están más vivos que los vivos). Huele demasiado a hijodeputa sin ventilar, en los salones y en las terrazas trancadas. Los verdaderos artistas son allí lo que algunos que yo me sé se sacan de entre los dientes. Perdonen el asco y que escupa esta bella foto. Les compensaré con una historia.

Allí estuvo también Erik Satie en el año 90. Yo me llamo Erik Satie como todo el mundo, nos dijo al entrar. Era muy fino. Allí se interpretaba su misteriosa pieza Vexations (vejaciones), que llegó a durar más de dieciocho horas, ininterrumpidas. Los pianistas se relevaban como los conductores de autobuses. Y nosotros salíamos a beber y a fumar cada tanto, pero volvíamos. Él, que había sido pianista en el Chat Noir y en L’aubage du clou, nos decía, sonriente: Mi médico me ha recomendado fumar. A sus consejos añade: Fume, amigo mío, si no, otro fumará en su lugar. La pieza, un motivo que se debía repetir 840 veces, movía a la hilaridad por su duración e irreverencia. Y al silencio recogido por su corporeidad vanguardista.

Erik, que ya nos tenía acostumbrados a su cachondo proceder y a sus títulos devastadores, como Tres piezas en forma de pera, Embriones disecados, Cosas vistas a derecha e izquierda (sin gafas), Sonatina burocrática o Verdaderos preludios blandos (para un perro), nos confesó que le gustaba resucitar a cada nueva representación de su extraña obra. Y eso desde que John Cage y Lewis Lloyd se decidieran a estrenarla por primera vez en la ciudad de Nueva York, en 1963. Cage, según nos contó, fijó el precio de la entrada en cinco dólares y mandó instalar un reloj en el vestíbulo del teatro. Cada asistente se registraba con el reloj tanto al entrar como al salir del concierto y recibía un reembolso de un centavo por cada veinte minutos de asistencia. Según Lloyd: De esta manera la gente entenderá que cuanto más arte consuma, menos le debería costar.

Satie, en aquel lugar que ahora apesta, pero antes no, nos dijo al despedirse, irónico: No sé por qué el dinero no tendrá olor, él que puede tenerlo todo. Pues ya lo tiene, amigo.

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