Lucius Valerius, augur tartamudo e «inspector del vuelo de las aves»

Detalle del mosaico del Oso y los Pájaros en la Domus de la Plaza Romana de Astorga.
Detalle del mosaico del Oso y los Pájaros en la Domus de la Plaza Romana de Astorga.

Rescatamos un curioso artículo sobre Lucio Valerio —el adivino tartamudo de Astorga del siglo II (e “inspector del vuelo de las aves”, como figura en su lápida, conservada en la ergástula de Asturica Augusta)— escrito hace algún tiempo por la investigadora y filóloga leonesa.

 Por CARMEN PALOMO GARCÍA 

 “Dos augures no pueden cruzarse en una calle y mirarse a los ojos sin echarse a reír”
Catón el Viejo

Hay algo de inconcebible en el hecho silencioso de que nuestros objetos nos sobrevivan, como si se resarcieran así de la aparente fragilidad e inconsistencia que suelen mostrar mientras nos acompañan en vida. Los más extraños son aquellos que quedan suspensos en un aire enrarecido cuando desaparecen sus dueños: las cosas perdidas, habitantes del limbo de la inutilidad forzosa y del desamparo; las huérfanas por no heredables, como las gafas o la ropa interior de un fallecido; y los objetos parlantes, como las fotos viejas o las cartas de gente desconocida. Parlantes son también las lápidas, siempre enigmáticas y reservadas, condenadas a una paradójica tautología que expresa el olvido y el no olvido en la muerte, signos encriptados sobre piedra duradera y lanzados al futuro como quien lanza una piedra al mar.

La lápida de Lucio Valerio conservada en la ergástula de Asturica Augusta llamó nuestra atención hace años, cuando un amigo nos advirtió que en ella se hablaba de un “inspector del vuelo de las aves”. Después de las primeras pesquisas, acudimos a ver la lápida, en la que sigue presente el leve rastro de las aves que vigilaba su destinatario. A unos metros de la ergástula, se conserva en su emplazamiento original el mosaico de una domus que representa pájaros picoteando racimos de uvas: pájaros supervivientes también en piedra convertida en arte, contemporáneos aproximados de los de Lucio Valerio, nuestro augur del siglo II.

Lápida de Lucio Valerio, en la ergástula de Astorga.
Lápida de Lucio Valerio, en la ergástula de Astorga.

Bajo una delicada roseta, en la lápida se lee:

L · VALERIVS · L · L ·

AVCTVS ·

AVIVM · INSPEX ·

BLAESVS · A ·

L · VI · S · T · T · L ·

FELICIO · FRAT

Esto es: Lucius Valerius Lucii libertus / Auctus / avium inspex / blaesus annorum / LVI Sit tibi terra levis / Felicio Frater.

La traducción que ofrecen los expertos es:

Lucio Valerio Aucto, liberto de Lucio
inspector de aves tartamudo
de 56 años, séate la tierra leve
[Su] hermano Felicio

No está claro, sin embargo, nos comentan, que “Aucto” deba figurar como un cognomen (un “apellido”), pues raro sería que a un simple esclavo, tartamudo para más señas, se le apodara “engrandecido”, que es el significado del término (los libertos heredaban el nomen de su amo). Pero más llamativo resulta esa designación del oficio de Lucio Valerio: “avium inspex”.

Tal y como señaló Emil Hübner, no hay en toda la historia de la epigrafía y de la literatura romana otra aparición de tal expresión: “avium inspex”. Conocemos lo designado, la figura del augur que predecía el futuro a partir del vuelo, del canto o del apetito de las aves. Recibía el nombre de auspex y se valía de un largo cayado curvado en un extremo de forma natural, con el que dividía el cielo en cuatro partes, cuatro páginas en las que las aves escribían una partitura sólo legible para el augur.

La cita que encabeza estas líneas resume con fortuna la ambigua consideración del mundo romano ante lo divino, una visión fluctuante entre la más rendida superstición superpoblada de dioses cotidianos y el pragmático escepticismo de unos pocos. Recuérdese que la casta sacerdotal romana, y dentro de entre ella el colegio de los augures, poseyó durante siglos un papel fundamental en la vida civil del imperio. Y quién sabe si escepticismo y superchería no se daban a veces la mano en la misma persona o en la misma circunstancia. La más conocida anécdota de augures data de la primera guerra púnica. Publio Claudio Pulcro, general al mando de la flota romana en el 250 a. d. C., tras varias batallas desastrosas, dispuso un nuevo ataque y consultó con su augur, a bordo del barco, el apetito de los pollos sagrados: desalentados como las mismas tropas o simplemente mareados, los pollos rehusaron la comida. Publio Claudio Pulcro, en un ataque de rabia que le hizo olvidar la apostura de su cognomen (el “elegante”), arrojó los pollos al mar al grito de “ut biberent, quando esse nollent” (“¡pues si no quieren comer, que beban!”). Ante tamaño sacrilegio, los soldados debieron de perder el último aliento de esperanza y, con él, perdieron también la batalla de Drépano. Si Claudio Pulcro se hubiera hecho leer el vuelo de las aves ese día, quizá habría visto su juicio por traición en Roma y su propio suicidio.

Alejados de los altos augures funcionariales, de familia patricia, debieron de proliferar los agoreros privados, que tendrían más o menos fama, más o menos fortuna en su arriesgado oficio (el futuro siempre alcanza y delata al augur). De Lucio Valerio sabemos que alcanzó una edad respetable y además se ganó su libertad, quizá con su trabajo, a pesar de su defecto, el tartamudeo (“blaesus” se traduce como “balbuciente”). No era, a todas luces, un simple charlatán que encandilara a la concurrencia con retóricas baratas. ¿Cómo iba a hacerlo con la lengua trabada? Por un golpe del azar, su lápida descansa hoy al lado de la de un anónimo gramático romano (el futuro siempre nos sorprende). Algo tendría Lucio Valerio cuando los pájaros lo bendecían.

Ya hace rato que estamos fabulando. Puestos a imaginar, ¿no es “avium inspex blaesus” una exquisita metáfora para hablar de poetas? A Borges le habría gustado pasar sus dedos ciegos sobre la lápida de Lucio Valerio. En 1946, Borges fue defenestrado de su cargo de bibliotecario para ser nombrado, con crueldad inquisitorial, inspector de aves… de corral, en los mercados argentinos, como represalia política por su abierta oposición al peronismo. Quizá al cabo de los años y de las cegueras, olvidados todos los avatares históricos (Cartago, Roma, Asturica Augusta, Argentina…), si Borges se hubiera cruzado con Lucio Valerio, tampoco habría podido evitar una sonrisa.

1 Comment

  1. No es lo mismo, en efecto, un augur que un agorero. De augures tartamudos (que es un título muy bueno) estamos rodeados. Pero, al resultar sus promesas paradójica e infaliblemente falsas, no nos sonreímos ni unos ni otros. Un beso para cualquiera de tus heterónimos, Ana.

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