Querido diario (71)

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor busca algo parecido a la sal de frutas contra los excesos de la poesía ñoña o contra la mala prosa de los críticos… Y al final recurre a uno de sus haikus, escritos a la caída de la tarde.

Por AVELINO FIERRO

No sé si la nieve puede pensarse como yo lo hago ahora. Con los ojos semicerrados, leves. Porque así, sin esfuerzo, vendrán desde el valle profundo del tiempo las nieves de la infancia, la luz amarillenta de una farola en el barrio de las afueras y los copos revoloteando alrededor, como falenas con galbana. Y es otra la imagen que yo espero, la de la nieve en la montaña, entre el pinar y el hayedo.

Pienso en nuestros amigos que allá se han ido. Y nosotros en la ciudad, sin un pedazo de ese mantel blanco que llevarnos a los ojos. Desde la terraza miro hacia el norte y adivino, tras esos pequeños neveros que desde aquí ya diviso tendidos como ropa sucia en las peñas más cercanas, ese inmenso y lejano blancor que acalla el murmullo de las aves y las bestias, del aire, del agua. ¿No habéis sentido, sumidos en él, esa vibración del silencio, como un estertor de la naturaleza? ¿Y que la tierra y el cielo se unen sin horizonte, como algo místico, hierogámico? Únicamente, a veces, un temblor sonoro, o el vaivén de una rama vencida entre el crepitar del deshielo.

En la ciudad, el paisaje enmarcado en la ventana es el de siempre. Las casas de enfrente y las antenas, como aves zancudas sobre la laguna seca de los tejados, están un poco más tristes al saber de mi añoranza, en este día, por los montes. Miro entonces este pequeño rincón de mi mundo, y a quienes lo habitan y les digo “hermanas hojas, ladrillos, pájaros del parque, agua de la fuente”, “mi espacio sereno de contemplación”, “modelos de mis torpes bosquejos”. Y también les afeo un poco su egoísmo a mis callados amigos con pequeños gestos tras el cristal hasta que puedo notar cómo se sonrojan, un poco avergonzados.

No íbamos a impregnarnos, pues, de la luz ni del aire ni a sentir el cansancio purificador de las largas caminatas por la montaña, ni a llegar a ese momento de torpeza en que te conviertes casi en un autómata, desaparece el pensamiento y pasas a ser algo más con todo lo que flota a tu alrededor, colores, árboles, nubes y piedras. Como enraizado, clavado al suelo.

Ni íbamos a emular al caminante romántico, al wanderer, que encuentra también en el camino respiración y ritmo para su prosa o sus poemas.

Estábamos otra vez en la ciudad, en la rutina, abocados a los casi seguros callejeos de flâneur, en los que, no obstante, surgen a veces sorpresas del azar o de la noche.

Y de la mano de ese azar vino la poesía. Este amanecer de invierno trajo hasta mi mesa unos versos mínimos que dejé anotados antes de salir a la calle y visitar al librero. Allí entró una chica preguntando por libros de poesía. Le habían recomendado a un autor desconocido para mí; su nombre parecía hindú. Estaba pensando yo en que era un nombre bonito, ligero, que sería al poema lo que al caminar es uno de esos marchadores tibetanos, un lung-gom-pa, que lo hace sin fatigarse, en un estado de éxtasis. Pero el librero me sacó de mi ensoñación cuando oí que le decía: “Yo no te habría recomendado nunca ese autor. Esa es una poesía ñoña”.

Miré a la muchacha. Era grande y con pelos algo disparatados: si el flequillo era punki, la cola era afro y las patillas, mod. Y la vi un poco indefensa, como esos venados que veíamos atrapados en la nieve en nuestra última excursión de invierno a la montaña. Sí, como ellos, mugía un poquito y pedía algo de alimento espiritual. No sabía a qué atenerse. Los libros que mencionaba iban cada uno por su lado, como los pelos de su cabeza. Creo que de repente sentimos pena por ella y nos pusimos manos a la obra, no como buitres ante la presa indefensa, sino como nobles varones, lectores viejos, desplegando a su alrededor una danza giróvaga y rítmica mientras le acercábamos algún libro de la estantería.

De verdad que nos comportamos como auténticos sirénidos ante cuyos cantos cualquiera hubiera enloquecido. Íbamos desgranando nombres de autores, escuelas, generaciones y, a veces, algunos versos. Ya estaba la joven casi en trance, cuando interrumpió el sortilegio el ruido de la puerta y la voz, poco agradable, metálica, de otro cliente habitual. Ella pronunció el nombre de un poeta suicida, exigió su libro y se fue. Quizá tenía prisa, quizá la estaban esperando para ir de excursión a la montaña. Pero su espíritu quería aferrarse a algo y bien estuvo que acudiera a la poesía como servicio de urgencias.

A media tarde también, una luz mortecina pero con algo que la hacía transparente, tamizó las paredes de mi habitación. Escribí cuatro haikus, mal medidos, un tanto inflados. En realidad era un encargo que tenía aplazado, pero llegaron en ese momento, con esas luces a mi lado, en mi lugar de siempre. Porque aquí, en esta habitación, a veces también cruje el mundo y hay un silbido del agua que recorre las cañerías, y un respirar áspero del vecino de la casa de enfrente y el cabeceo del idiota que fuma constantemente fuera del bar, y los libros que me rodean un poco dormidos. Sí, todo es cuestión de estar vigilante, atento, porque un poeta es “un piel roja agachado sobre el suelo, escuchando el latido de la tierra, el latido del mundo”, como leo hoy en el libro de un escritor mallorquín que también me lleva a recordar la música y la poesía de la Barcelona que él describe y que yo conocí en aquel mismo verano, el verano de mis dieciocho años.

Seguí tentando la suerte leyendo poemas aquí y allá, de varios libros. Nadie vendrá a salvarnos, El otro sueño, Los dones del otoño… Ordené varios ejemplares de un pequeño catálogo sobre la exposición que se dedicó a Gil de Biedma en el Centro Santa Mónica en septiembre del año pasado. Aparté algunos pensando en regalarlos a quienes fueran merecedores de ellos. No encontraba demasiados justos que pudieran salvarse. Aquel día en Barcelona, el calor húmedo, la voz del poeta, eran recuerdos que no quería que nadie mancillase.

Todo iba sobre ruedas cuando comencé a hojear un par de libritos, textos de crítica comprados ese mismo día aprovechando que la librería La Central, en el Raval, había diseñado un altarcito con publicaciones sobre el autor de Las personas del Verbo. Leí el siguiente párrafo: “Pero en un plan dominantemente intelectualista desde el cual la aproximación a la no restringida egología de la completez humana del arte sólo estaría compensada por una presunta absolutización de su inevitable unilateralidad del espíritu”, y sentí ardor en el estómago, como si mi caminata de casi todo el día por la senda de la poesía acabase de pronto al borde de un precipicio. Los pelos de mi cabeza se dispararon en varias direcciones, como si tuviera el mismo peluquero de nuestra joven ansiosa, necesitada del sonido y sentido del poema.

De nuevo pensé en nuestros amigos, que a esas horas estarían pasando por una sensación similar. Porque para esa noche estaba preparada una cena con los valdeonenses. Empanada y cabrito eran los platos sabidos, pero se esperaba a amigos asturianos y aquello se adornaría como poco con quesos azules, bizcochos y casadielles. Ya sé que el gurú de la naturaleza, el autor de Walden, escribe: “Creo que cualquier hombre que se proponga seriamente conservar sus facultades superiores o poéticas en las mejores condiciones, se inclinará por abstenerse de tomar alimento animal o demasiado alimento de ninguna clase”.

Pero para todo hay solución. En los casos graves de hartazgo se pueden llegar a contratar esos nuevos tratamientos corporales de última generación, los lipobarridos. Contra los excesos de la poesía ñoña o la mala prosa de los críticos, busqué algo parecido a la sal de frutas. Recurrí a uno de esos poemillas escritos a la caída de la tarde: “Entre dos luces, / el arroyo del tiempo. / La vida a medias”. Era el remedio que tenía más a mano en la farmacia de guardia de los versos.

  1. Anónimo

    Qué bien, Ave. Si no fuera porque cualquiera lo notaría, a veces me gustaría “cortar” tus párrafos y “pegarlo” a lo que estoy escribiendo
    Besines

  2. Anónimo

    Enhorabuena, Ave. Me ha llamado la atención tu cita al Walden de Thoreau. Fui en tiempos un enamorado de dicho Walden y del de Skinner 2 “Walden Dos”, escrito un siglo después. Ojalá pudieran leerlo justo en este momento nuestros políticos, a ver qué acuerdos de gobierno tomaban. Por cierto, uno de tus “diarios” en torno a la obra de Skinner sería algo fuera de serie.
    Un saludo.
    F

  3. Jorge Fernández Caldevilla

    Aunque pase tiempo sin vernos, sigo tu diario por los enlaces que siempre me envías al correo de la Fiscalía y cuando tengo un momento tranquilo y aunque no sea el lugar más apropiado, aprovecho para disfrutar de su lectura.
    Un abrazo y enhorabuena por tu nuevo libro.
    Jorge Fernández Caldevilla

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