En vena

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Por IGNACIO FERNÁNDEZ HERRERO

No sabían los componentes del grupo Topo, allá por 1979, que iban a ser unos adelantados a su tiempo. Así lo parece, desde luego, al escuchar ahora una de sus canciones más conocidas: “…Vivir en Vallecas es todo un problema en 1996. / Sobrevivimos a base de drogas que nos da el Ministerio del Bienestar…”. Casi cuarenta años después de aquella grabación y veinte respecto a su profecía, una Vallecas global se alumbra en verdad y sus problemas sociales y humanos enseñarán pronto a los gobiernos que nada hay como una buena dosis oficial de droga, la que sea, para combatir los males de una sociedad enferma. Será entonces cuando se admita la necesidad de un ministerio que gestione el monopolio de su adecuada y terapéutica distribución.

Mientras tanto, asistimos al prólogo de ese proceso irremediable. Su expresión suave son los discursos de gobernantes activos o jubilados en tal sentido, desde José Mujica hasta Felipe González, que arrojan la piedra y esconden la mano cuando proponen la legalización de algunas sustancias prohibidas. A su lado, hay otra manifestación mucho más dura en forma de 200.000 personas muertas por sobredosis en Estados Unidos en el año 2013, el doble de las cifras habidas diez años antes. De manera que el denominador común entre lo soft y lo hard no es otro que el que anunciaban los chicos de Topo.

La clave de todo es que nada es ya como en los tiempos de aquella canción. Por el contrario, la heroína es hoy cosa de blancos de clase media, jóvenes de entre 15 y 25 años y profesionales entre 30 y 45 años. Un paisaje muy alejado de los barrios marginales y de los excluidos de cualquier tipo. Son los institutos y las universidades norteamericanas los nuevos nichos del consumo, estimulado además, cuentan, por prescripciones médicas previas que generalizan fácilmente el consumo de medicinas con contenidos opiáceos. Y es precisamente de esa comunión entre dolor y medicina de donde nacerá la inquietud de todos los ministerios del bienestar para acabar haciéndose cargo de la carga. No será de la necesidad de combatir el negocio de la droga ni la delincuencia correspondiente, no será tampoco porque alguien comprenda que es preferible la legalización antes que el desmán absoluto, no será del discurso de los prohombres de donde surja esta nueva estrategia. Todo lo contrario. Procederá por un lado del imperio del dolor y del tratamiento prescrito por sus sagrados hechiceros. Y procederá por otro de la inexcusable atención que los estados habrán de prestar a los nuevos consumidores para que sigan siendo productivos.

Prohibiciones del tabaco y botellones consentidos, fiestas lisérgicas y productos biosaludables, inciensos y orujos conviven en una mezcolanza sin aparente control durante este tránsito hacia el adviento. Algarabía y depresión, índices de suicidio y ferias de abril por doquier, sudor y frío se entretejen en un estallido de confusión previo al orden reglamentado del porvenir. Llegados seremos por esos andurriales hasta el estuario amorfo de la inconciencia para aceptar alegres el remedio que vendrá. Y en ese preciso instante, por fortuna, no dejará de existir alguien que bucee en el viejo cancionero para encontrar una canción que nos explique ese presente. Se topará con Topo, tal vez, y sonará repetidamente el estribillo de aquel cantable profético: “La televisión funciona siempre, / nos proyecta un mundo irreal, / nos hace olvidar la verdad de las calles. / Bendita televisión, / santa televisión, / querida televisión…”

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