¿Qué está pasando en las costas de Chile y por qué debe preocuparte?

Imagen de una expedición de Greenpeace a Chiloé (Chile) a primeros de mayo de 2016. © Fotografía: Greenpeace/Alejandro Olivares.

Imagen de la expedición de Greenpeace a Chiloé (Chile) a primeros de mayo de 2016. © Fotografía: Greenpeace/Alejandro Olivares.

Desde Chile, el periodista leonés Alfonso F. Reca resume en este reportaje lo que está sucediendo en las costas del segundo país productor de salmón en el mundo, y más concretamente en la zona de Chiloé (archipiélago donde se produce más del 80% del marisco chileno y que concentra también a la mayor parte de la industria salmonera del país). 

El reportaje alerta sobre la contaminación y la libre expansión de tóxicos por un mar que, según testigos de la zona, se encuentra literalmente “muerto”. La catástrofe ambiental ha provocado la paralización total de la industria pesquera en el sur de Chile, y la declaración de zona catastrófica ha derivado en un estallido social de gran magnitud.

Por ALFONSO F. RECA

Santiago de Chile.— Chile es un país largo y estrecho. Cuenta con cerca de 7.000 kilómetros de costa al Pacífico a los que hay que sumar más de 15.000 lagunas repartidas por su compleja orografía. A simple vista, estas bondades naturales deberían bastar para hacer del país una potencia mundial en lo que a pesca se refiere. Y lo es. Chile exportó el año pasado (2015) productos del mar por un valor de 5.092 millones de dólares, según datos oficiales, lo que sitúa a esta industria como el segundo motor económico de la república solo por detrás del cobre.

Si usted se fija en las etiquetas de muchos de los productos marinos que compra en el supermercado podrá comprobar que tienen su origen en Chile, especialmente mariscos en conserva como almejas. También mucho del salmón que se consume en Europa llega de estas costas. De hecho, Chile es el segundo productor mundial de este pescado y solo es superado por Noruega. Todo un hito si se tiene en cuenta que se trata de una especie introducida por la mano humana en el ecosistema chileno hace menos de 50 años. De esta manera, salmón y mariscos son los principales productos marinos de la marca Chile en el mundo con los que abastece a más de 70 países, liderando mercados como Japón, Estados Unidos, Brasil, Rusia y la Unión Europea, según datos de la Asociación de la Industria del Salmón de Chile (SalmónChile).

Sin embargo, lo que a tenor de los números debería constituir un espectacular caso de éxito de la ultraliberal economía chilena, se ha convertido más bien en todo un problema de dimensiones desconocidas y que, como todo lo que sucede en el mar, afecta a todo el planeta. La polémica por la agresiva (y prácticamente no regulada) actividad pesquera no es nueva. Diversas voces autorizadas llevan años advirtiendo del peligro en dos sentidos. Por un lado, la industrialización de las zonas pesqueras, especialmente en el sur del país, llevada a cabo por empresas extranjeras no ha servido para mejorar los niveles de vida de los trabajadores, sus familias y sus entornos tal y como se prometió. Salarios de miseria y precaridad laboral se han convertido en sinónimos de esta teóricamente boyante industria. Además, tanto la proliferación de las piscinas para el cultivo del salmón a lo largo de las costas chilenas como el frenético uso de químicos y antibióticos en la cría de la especie han matado (literalmente) la práctica totalidad de los fondos marinos donde se han instalado las piscifactorías y esparcido por el océano sustancias perjudiciales para la salud.

Pero el descalabro de esta industria va más allá y tiene un fuerte impacto a nivel social. Ante el auge de la industria salmonera, Chile ha necesitado incrementar drásticamente su producción de harinas de pescado con que alimentar a los salmones durante su engorde. Estas harinas se obtienen procesando todo tipo de pescados. La necesidad de alimento para las piscinas ha llegado a tal nivel que la práctica totalidad de la pesca tradicional que siguen llevando a cabo pescadores independientes no se destina a la mesa, sino a la piscina, dándose la paradoja de que en un país como Chile el pescado prácticamente ha desaparecido de la dieta de los habitantes, incluidos los de las zonas costeras. De hecho el consumo de pescado en Chile se sitúa, según datos de la Encuesta Nacional de Salud elaborada periódicamente por el Gobierno, en 7 kilos por habitante al año, muy lejos de los 30 de España o los 22 de sus vecinos peruanos, y a años luz de países como Japón (50). Como consecuencia, la población de una de las zonas pesqueras más importantes del mundo tiene problemas para alimentarse.

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Agonía del mar

Diversos estudios vienen alertando de esta situación hace años. Ya en 2005 se estrenó el documental ‘Ovas de Oro’ de Manuel González y Anahi Johnsen, donde se daba cuenta con testimonios de expertos internacionales y trabajadores de la caótica y preocupante situación del sector pesquero chileno de entonces y se advertía de las peligrosas consecuencias a futuro si no se tomaban medias.

Quizá la voz más crítica durante todo este tiempo en que los sucesivos gobiernos chilenos han preferido mirar hacia otro lado o, directamente, situarse del lado de las grandes corporaciones extractoras, ha sido la de la Fundación Pumalin, que lideraba el recientemente fallecido ecologista norteamericano Douglas Tomkins. En 2012 esta organización hizo público un informe en el que nuevamente se pronosticaba un colapso medioambiental, que incluso se bautizó como “la agonía 2.0 del mar”.

En el documento se explica que esta “agonía” vendría causada por un fenómeno llamado “eutrofización”, es decir, que la expansión y aumento de la densidad de los centros de engordas de salmones (de 25 a 30 kilos de salmón por metro cúbico de agua), provoca “el colapso de los ecosistemas por la excesiva carga de nutrientes generados por la salmonicultura intensiva tanto en lagos como en fiordos”, según apuntó el experto de Fundación Pumalin, el biólogo marino Héctor Kol, en declaraciones recogidas por digital chileno El Desconcierto. Así, el excesivo ingreso de materia orgánica (en este caso carbono) en las zonas de producción salmonera provoca, según este investigador que “la vida sea imposible ante los bajos niveles de oxígeno por columna de agua o sedimento”. Y no hace falta ser un superdotado para comprender que donde no se dan las condiciones para que haya vida, no hay vida.

Pues bien, todas estas documentadas advertencias, a las que se han ido sumando muchas otras provenientes de otras organizaciones sindicales y ecologistas en los últimos años, han comenzado a hacerse realidad.

Desde hace varios meses en la costa chilena están sucediendo fenómenos dramáticos. A finales de 2015 saltaron las primeras alarmas ante un hecho insólito: más de 330 ballenas muertas fueron halladas muertas en la Patagonia, en el sur del país, desde junio. Según los científicos que viajaron a la zona, “se trata del varamiento de cetáceos más grande que jamás se haya registrado”, tal y como informó la BBC. Las autoridades aseguraron que todo apuntaba a una “marea roja” como la causante de la masacre.

Pero eso fue solo el principio. El pasado mes de abril, los mariscadores de Chiloé (archipiélago donde se produce más del 80% del marisco chileno y que concentra también a la mayor parte de la industria salmonera del país) amanecían con una terrible imagen nada usual: las playas estaban cubiertas por un manto de machas (bivalvo parecido a la almeja) muertas. La Armada de Chile calculó que había más de 5 kilómetros de costa cubiertos de marisco muerto.

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¿Marea roja?

La escena se repetía no muy lejos de allí pero con sardinas. Millones de ejemplares muertos de esta especie, más de 10.000 toneladas según informó la prensa chilena, invadieron de la noche a la mañana la desembocadura del río Queule y la caleta del pueblo pesquero del mismo nombre, provocando una emergencia sanitaria en la zona. Las primeras hipótesis oficiales acusaban en ambos casos a la “marea roja” como el detonante.

¿Qué es una marea roja? Tal y como explica el Laboratorio de Toxinas Marinas de la Universidad de Chile, se trata de un “fenómeno natural provocado por el incremento numérico de alguna o algunas microalgas en el agua, las que al ser el alimento de organismos marinos, como los moluscos bivalvos, pueden provocar daños en la salud de las personas que los consumen, además de pérdidas económicas para la acuicultura y la actividad extractiva”. Como es lógico, cuando se detecta una marea roja se prohíbe la pesca y la extracción de mariscos en la zona, al igual que ocurre en las costas gallegas en determinadas ocasiones.

Todos los males del mar chileno parecen razonablemente explicados por esta “marea roja”, sin embargo, en las últimas semanas se han producido diversos acontecimientos que han sembrado de dudas esta versión oficial. De entrada, junto con las machas muertas han aparecido muchas otras especies en las playas, desde lobos de mar a gaviotas, que en principio no deberían haberse visto afectados por la marea roja.

Alberto Naín, presidente del sindicato de pescadores indígenas de Chanquín (Chiloé), mostró ya entonces su extrañeza por este fenómeno, según recogió la prensa local chilota: “Llevamos casi un mes por la presencia de la marea roja, haciendo monitoreo, las toxinas han estado sumamente elevadas y ahora aparece esto, tampoco descartamos nada”.

¿Y qué es ese nada? Ante el aumento de la presión social, el Gobierno de Nueva Mayoría presidido por socialista Michelle Bachelet se ha visto obligado a reconocer que el pasado 14 de marzo la Armada de Chile autorizó a una decena de empresas salmoneras de la zona (la práctica totalidad de las consideradas ‘grandes’) a verter en el océano, a 75 millas naúticas (138 kilómetros) de Chiloé, hasta 9.000 toneladas de salmones muertos y en descomposición. Según expusieron las empresas se trataba de especímenes fallecidos en las piscinas de cría a causa de la marea roja.

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Investigación de Greenpeace

Muchos han visto en este vertido el origen de la elevadísima mortandad de la zona desechando la teoría de la marea roja o multiplicando sus efectos iniciales. Greenpeace ha enviado a la zona a varios equipos de trabajo y reclama a Chile acceso a toda la información sobre el vertido para poder realizar una investigación independiente sobre lo sucedido, mientras tanto, cada vez son más las voces que encuentran sombras en la versión oficial que, no obstante, ha sido confirmada por el Colegio de Biólogos Marinos de Chile, que ha asegurado además, que la marea roja se debe al “calentamiento global”.

Pero esta versión está lejos de ser aceptada por la comunidad científica. En un artículo publicado en la web de la Radio de la Universidad de Chile se recopilan diversas opiniones de expertos en la materia como el ya mencionado investigador, Héctor Kol, quien critica que los miembros del Colegio de Biólogos Marinos pertenecen a la misma industria y por lo tanto “cuidan sus intereses”. Además explica que “el detonante del problema fueron las descargas orgánicas y de nitrógeno en el agua que se generan por las operaciones de engorda de salmones que se realizan en el mar interior de Chiloé de manera permanente y por las capacidades de carga del sistema”. El biólogo marino también acusa a las empresas salmoneras de aportar “información manipulada a los servicios públicos” y a las autoridades de falta de control sobre la industria.

No es el único con esta visión. Para Liesbeth van den Meer, de la Fundación Oceana, “el uso de antibióticos en Chile es 500 veces mayor del que se usa en Noruega. En siete años hemos aumentado nuestra producción en 400 mil toneladas, el crecimiento ha sido exponencial y no hemos tenido ninguna respuesta para poder disminuir el uso de antibióticos en la salmonicultura”.

“Lo más relevante no es quién provocó la marea roja, sino que hay un problema medioambiental mucho mayor en las costas del Chiloé que es provocado por la industria intensiva del salmón que ha contaminado el área por más de 25 años y cuyas consecuencias se vienen sintiendo desde hace tiempo”, explicó a su vez Alex Muñoz, director para Latinoamérica de Pristine Seas National Geographic.

Pero quizá sean las palabras de Hugo Rubilar, un buzo que trabaja en Chiloé desde hace años la que mejor resume el sentir general: “Aquí le han echado la culpa a la marea roja y la verdad no es así, porque nosotros tenemos marea roja allá en la región, desde el año 1994 más o menos y nunca ha muerto tanto pescado. Ni tampoco gaviotas y aquí está muriendo todo, creo que hay gato encerrado”.

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Estallido social

De esta manera, mientras organizaciones de todo el mundo ponen el grito en el cielo por el comportamiento de las empresas salmoneras y la permisividad del Gobierno con ello, la paralización total de la industria pesquera en el sur de Chile y la declaración de zona catastrófica, han derivado en un estallido social de gran magnitud que ha generado una crisis humana y política en todo el país.

El pueblo chilota ha tomado las calles y en las principales ciudades (Santiago, Concepción, Valparaíso o Valdivia) se suceden las muestras de solidaridad y las protestas. El Gobierno ha tratado de salvar la situación prometiendo un bono de 100.000 pesos a los afectados y una canasta de productos de primera necesidad, medida que ha sido tildada de “humillante”. Un malestar que no ha contribuido a disipar ni el hecho de que la presidenta Bachelet no considerara necesario anular o posponer la gira por varios países europeos que lleva a cabo estos días, ni que el Senado haya tenido que suspender una sesión especial sobre el conflicto ante la exigua presencia de diputados, ya que de un total de 120 parlamentarios solo estaban presentes 24.

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El diputado de Izquierda Autónoma, Gabriel Boric, ha sido la voz más crítica con la actuación y la permisividad del Ejecutivo con las grandes empresas. El político magallánico aseguró que hay “un problema profundo en Chiloé y en Chile, que no se reduce a la marea roja. Tenemos un sistema que impulsa el crecimiento económico a cualquier costo y el Estado ha promovido actividades extractivistas para el beneficio de unos pocos. La naturaleza que era de todos quedó en manos de unos pocos”. Chile está considerado el país más neoliberal del mundo después de que los conocidos como ‘Chicago Boys’ implantaran esta doctrina económica durante la dictadura de Augusto Pinochet.

Sea como fuere, lo preocupante no solo para los chilenos sino para todos los habitantes del planeta, es el estado de contaminación de una de las zonas más importantes del mundo en cuanto a recursos pesqueros y la expansión de estos tóxicos libremente por el mar. Un mar que testigos de la zona aseguran que está literalmente “muerto”. Además, este conflicto ha puesto de manifiesto el brutal uso de químicos y antibióticos durante la cría del pescado que más tarde se procesa y vende a más de 70 países para el consumo humano.

Aunque eso sí, este apocalipsis marino generó ganancias por valor de más de 5.000 millones de dólares el año pasado a un puñado de empresas extranjeras que lejos de generar riqueza en el país han contribuido a la destrucción de uno de sus bienes más preciados ante el silencio cómplice de las autoridades. Quizá sea ese y no otro el gato encerrado.

 

  1. Jorge Ibañez

    GRACIAS LONGUEIRA

  2. Alfredo Villarroel Estrada

    Muy buena la recopilación en este reportaje del colega León. Reuniò en un artículo las informaciones y opiniones de algunos actores, sin embargo, eché de menos un principio fundamental que se aprende en las Escuelas de Periodismo: poner las dos caras. Aquí faltó que hablara el gobierno chileno. Y los representantes de las empresas extranjeras productoras del salmón. Y otro aspecto no abordado, pero no menos importante, el impacto negativo para el turismo en la Región de Los Lagos.

  3. La función del periodista es contar lo que pasa. Y una cosa es lo que pasa, lo que ocurre, lo que sucede en el mundo real, y otra lo que opinan los gobiernos, chilenos o no, y las empresas, extranjeras o no, sobre lo que pasa en el mundo. Como aforismó Hegel: “Cada cual quiere y cree ser mejor que este mundo (real) que es el suyo. Quien es mejor a lo sumo expresa mejor que otros este mundo suyo”. Pero lo que hay es lo que hay.

  4. Alfredo Villarroel Estrada

    Cuando un profesional reportero periodista plantea una denuncia en la que se formulan cargos y entrega completa recopilación de antecedentes, como lo hace el colega León, no puede dejar de preguntar a los otros dos actores imputados, como son los empresarios salmoneros y las autoridades del Gobierno. Principio periodístico básico. Estás últimas, justamente son las encargadas de regular y controlar que no se cometan tales acciones, que pueden desembocar en un desastre medioambiental y social, como se afirma ha ocurrido. Lo demás señora Eloísa Otero, es filosofía o simple juego de palabras.

  5. Por lo que parece, señor Villarroel, ni gobierno ni empresarios se han encargado demasiado de regular y controlar el asunto, puesto que se les ha ido de las manos de tal forma que ha desembocado en un desastre medioambiental y social. Y eso es precisamente lo que refleja el reportaje: el desastre y el por qué se ha llegado a eso.

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