Querido diario (75)

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

“Yo quería haber escrito estas páginas del diario sobre cómo una vez también fui joven, y de los libros y las músicas de aquella época. Para eso tenía algunas anotaciones. Y, sin embargo, lo estoy haciendo sobre un día cualquiera, un día en el que la realidad se empequeñece y no se revela el sentido de nada”.

Por AVELINO FIERRO

Hoy, a mediodía, he vuelto a casa con algunos libros. Me había sentido tan agobiado en la oficina, que decidí alargar bastante el rato del café. Era la primera mañana de sol y eso también tuvo que influir: el ventanal del despacho había dejado de ser una inmensa página gris con gotas de lluvia zarandeadas por el viento. No he sentido nunca esa sensación que me haga añorar el sol y el sur, que parece tan propia de la gente de mi edad y también de otros más jóvenes. Pero puede que esté ahí, hurgando sin yo saberlo. Esos países cálidos de los que hablaba Rimbaud.

El río ya no bajaba rabión ni enturbiado; una pareja de palistas, como una libélula gigante, con un baile lento dejaba una estela en el agua. Cruzando el puente me sentía como un niño chico que hace novillos en el cole. Sonreía. Recordé lo que me contó Enrique, hace ya mucho tiempo, en el hotelito del campo de golf de Puigcerdá, señalándome por la ventana al dentista que abandonaba su consulta repleta y se iba a jugar unos hoyos, dejando una vez más a la enfermera con la boca abierta dando explicaciones a los clientes y nuevas citas para endodoncias, empastes, brackets y sonrisas profidén. Yo dejaba en el despacho expedientes, también resignados y absortos.

Decidí llegar hasta el mercado a ver frutas y verduras, bragas y medias, a oír regatear a vendedores boquirrotos y zarracatines anunciando la mejor mercancía, y el flamenco del puesto de la mujer del Santi. Unos peregrinos alemanes habían apoyado sus bicis en los arcos de La Pañería y escudriñaban la carta de tostas y dulces para acompañar el café.

Metí la nariz en algunos locales para volver a la infancia, y también en el aire alto, como un mamífero cazador de la sabana: olor a estera, a tapial mojado y a ceniza, a ropa tendida, a miga de pan, a tiempo detenido y a melancolía. Subí hasta la catedral, cerrando a tramos los ojos para oír mejor ese cuchicheo que yo quería imaginar casi medieval, de mercaderes y menestrales, de cielo azul que no cambia, de geranios humildes y palomas. Un friso de casi amor que hace que se mantenga sin quebrarse desde hace siglos el corazón de los hombres.

Fueron esos unos minutos de sosiego blancoazulado.

Entré en la librería a preguntar si La Galerna había llegado. Mientras el librero charlaba con un comercial fui hasta la estantería de poesía, que es como la sección de lencería de los grandes almacenes: intensidad y filigrana, o como los rasgos de la poesía china: concentración y sugerencia. En aquel momento pensé que estaría bien iniciar una campaña de recogida de firmas para pedirle al próximo presidente del gobierno que hiciera lo que la emperatriz Wu Chao: imponer la poesía como requisito para los exámenes a cargos públicos.

Compré un librito en el que unas palabras avanzan sobre el papel poroso hacia un poema de amor. Hay también en él abanicos de agua e inviernos, bares y mujeres de tristeza, el mar. Es de un poeta más joven que yo. Siempre pensé que no era así. (Alguna vez fui el más joven de todos los grupos y el último en todas las fiestas). El tiempo ha pasado como un vendaval, o de puntillas, o bramando como la galerna, o con los pies descalzos, parpadeando, perezosamente, palpitando, semidormido…

Tomé café en el “Mucha Miga”, ese bar que parece traído de un bulevar parisino. Entré en el Museo y vi el retrato de Juan Carlos a la manera del Tyman Oosdorp de Frans Hals. Pasé por “Alejandría” y habían llegado más virutas del taller de D’Ors. Ojeé otro libro, que compré al leer una frase: “Pero cuando levantaba los ojos de la página que garabateaba con el boli y que se había vuelto porosa y amarilla como una llama de sodio en aquel anochecer de octubre…”. Nunca compro de esa manera, sé bien lo que quiero; el calor, sin duda. Me quedaban dos euros. Ya no tenía dinero para el bisturí, así que los eché al bote de Bandín y su colega, que unas calles más allá tocaban en aquel momento por bulerías.

De vuelta a la oficina llegaba la megafonía de la estación anunciando la venta anticipada de billetes. Bajo mis ventanas, la policía había montado el control de vehículos de los miércoles, y en la acera de enfrente, dos adolescentes se comían a empellones. Pasó el tiempo; eran casi las cuatro y salí hacia casa. Cuando llegué y abrí la puerta no había nadie, pero sentí un murmullo. Eran las flores que Mar ha dejado por las estancias: arlequines, escilas, calas y margaritas. Cuidan la casa y cuidan de nosotros y de que no haya cambios bruscos en la luz en estos días en que la vida parece correr más ligera, pasar como un soplo.

Yo quería haber escrito estas páginas del diario sobre cómo una vez también fui joven, y de los libros y las músicas de aquella época. Para eso tenía algunas anotaciones. Y, sin embargo, lo estoy haciendo sobre un día cualquiera, un día en el que la realidad se empequeñece y no se revela el sentido de nada.

Qué tedio absurdo, qué debilidad sin remedio; no corre ni una brisa de sentimiento. Qué pereza de escribir en este momento de cielo mudo. Quizá todo lo adormece el primer calor que deja la vida suspendida entre el hoy y el mañana.

Pongo música, esa balada de Wolf Alice, y tomo el libro de Pessoa que está sobre la mesa y en el que ayer subrayé algunas frases: “¡Corre ligera, vida que no se siente, riachuelo en silencio móvil bajo árboles olvidados! ¡Corre dulce, alma que no se conoce, murmullo que no se ve más allá de grandes ramas caídas! ¡Corre inútil, corre sin razón, conciencia que no lo es de nada, brillo vago en la lejanía, entre claros de hojas, que no se sabe de dónde viene ni adónde va! ¡Corre y déjame olvidar!”.

Hay días en que el aire parece estar bajo un entoldado de tristeza y hasta la soledad vive sin mí.

 

  1. tino rivero

    Menos mal que no has escrito “sobre cómo una vez también fuiste joven, y de los libros y las músicas de aquella época”, así, has podido dejar ahí, junto al diario, esta reluciente esfera en la que nos vemos reflejados/deformados, cuando acercamos la nariz. Gracias.

  2. Asunción Arzola

    ¡Qué bonito, Ave! Gracias

  3. Anónimo

    Hoy te ha podido la poesía. He disfrutado mucho. Un abrazo. Goretti

  4. María G. Corchete

    Esta vez te ha podido la poesía. He disfrutado mucho con la lectura. Un abrazo

  5. Fermin

    Una deliciosa prosa poética con la que has vestido de fiesta un día de diario, con la que nos haces recorrer la nostalgia que sombrea nuestros años como un paseo melancólico respirando el aroma de nuestra existencia.

  6. Isabel Llagaria

    Una verdadera delicia este paseo poético , algo nostálgico pero siempre entrañable
    Isabel Llagaria

  7. Anónimo

    siempre te leo por la mañana, temprano, antes de empezar con la monotonia de la NOJ, me resulta revitalizante, nostálgico ???? no sé Un beso Ave
    isabel

  8. José Luis Avello Álvarez

    Creo que algo has escrito de cuando eras joven. Seguro. En nuestro pensamiento algo sobrevive de aquellos tiempos. No todo lo hemos apartado. De la misma forma que un -o varios- hábil, veloz y avispado espermatozoide ha viajado para entregarse a una nueva vida, así nuestros pensamientos y vivencias se desplazan, transformándose tanto que hoy no las reconocemos. Y esa es la actualidad de tu juventud, la que ya no pertenece, la verdadera.

  9. Lorenzo

    Querido Avelino: mil gracias por el envío de tu “Ciudad de sombra”. He empezado a leerlo y me parece una verdadera delicia, al igual que esta última entrada de tu diario que también me mandas impresa. ¡Qué suerte que, de manera azarosa, pudiera conocerte el otro día en el Retiro! Abrazos para ti (y también para Cecilia y Julio, claro).

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