Fotografías

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Por LUIS GRAU LOBO

De tanto hacerlas, da la impresión de que hemos olvidado en qué consisten, que las carga el diablo, que es preferible ver las cosas a creer que las apresamos a través de una pantalla para luego retocarlas, porque la realidad no está a la altura de lo que esperamos de ella. Cuando eran costosas, y trabajoso llevar el equipo, al menos respetábamos los códigos del medio. Ya no, ahora hay otros. Y nos encontramos por doquier en esa postura entre risible y ceremonial, una especie de clérigos en medio de una liturgia, en un alzamiento que, en lugar de cáliz, usa el nuevo ídolo, el móvil. Y proliferamos: en las salas de los museos, torciendo el cuello para aparecer con la obra que nos gusta y aire de forzada complacencia, en monumentos populares o exóticos que descubrimos cual mediterráneo, al filo de barrancos y en la orilla de playas cuyo primer plano son unas rodillas desnudas o una bebida refrescante. Nos tomamos instantáneas borrachos, travestidos, graciosos o acrobáticos, solos o en manada, olvidando que los recuerdos deben filtrarse para resultar soportables y convertirse en mitificaciones de un pasado que nunca existió y para cuya edulcoración tales pruebas son contraproducentes. Ya no podremos decir que lo pasamos bien, pues esa falsa sonrisa o ese rostro congestionado lo desmentirán.

Nos aseguramos de que estuvimos en un lugar porque obtenemos una fotografía, un documento, la prueba testifical de esa ocasión pasajera. Y sin embargo no es así. Entregamos a las imágenes la cualidad probatoria de una vida que no vivimos sino para documentarla y exhibirla, pues no otra es nuestra intención que obtener esa imagen, especular y falsa, como todas. De tanto hacerlas, me da la impresión de que hemos olvidado que capturan nuestra  alma, como creían los indios navajo, y no hacen con ella sino acartonarla, virarla al sepia mientras los colores de la foto continúan luciendo en una biografía que no es la nuestra, aunque la aventemos a los cuatro vientos.

(Publicado en La Nueva Crónica de León, el 7/8/2016)

Un Comentario

  1. ARA

    Vivimos en una época de bulimia fotográfica

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