“Nocturno para un libro muy leído”. Un relato de José Luis Alonso

© Cuadros de Juan Rafael.

© Cuadro de Juan Rafael.

El profesor leonés José Luis Alonso nos envía un relato correspondiente a una serie de tres nocturnos, todos ellos dedicados a amigos que lo han pasado mal, como homenaje a ellos. Este que publicamos es un anticipo de su próximo libro.

NOCTURNO PARA UN LIBRO MUY LEÍDO

En recuerdo de A. Nicolás

Por JOSÉ LUIS ALONSO

Tú eres mi refugio. Cada hoja escrita por un maestro de las historias y de los sentimientos es un espejo. Es MI espejo. En el libro LA leo. En ese libro que no le iba a gustar a nadie ME leo. En este libro, que se agita entre mis manos, como un pez sediento, LEO y VEO mi imagen especular contra los renglones explorados y contra las páginas que me esperan ansiosas de mi propia ansiedad. Me refugio detrás de los marasmos y de las culpas. Aquí están todas, con el reflejo de las vidas retratadas una y cien veces en las páginas doradas por un tiempo inmisericorde.

Juan Eslava, me ganas con tu sinceridad y tus dudas. Recuerdo que me atrajiste a tu verbo porque me cazaste huyendo de otras voces incontestables, en medio de una tormenta de dolores, miradas, vasos llenos y vacíos y de maldades y maledicencias antiguas, de mucho saber por haber aprendido en años y años de detracciones sin secuelas.

Por eso tú eres mi espejo límpido, mi libro de lecturas inagotables que me transportan a ese mundo soñado lejos de esta marabunta que me revienta las sienes. Y en esa corriente agotadora y final estás tú para dejarme acariciar esas páginas blancas, acribilladas de puntos negros que abren la esperanza.

Mi esperanza se basa en ti; gravita en tus renglones, en tus capítulos enardecidos por la pasión de los impenitentes, de los impíos, de los irredentos, de los expulsados de la tierra y de los compañeros del viaje a las tinieblas. Mi anhelo se basa en tus personajes insospechados que me abrazan con la compasión de quienes saben que sólo ellos me pueden comprender.

Y me veo en aquel interlocutor que dijo, sin palabras, pero que yo traduje muy bien entendiendo su ánimo y disposición para el apego: “Yo siempre he jugado pero hoy más porque me apuesto la vida, me ofrezco a mí mismo y sabiéndolo yo con muy cierta verdad y también todos los demás”. Ese jugador, que al igual que yo, no se miente y no miente porque todos saben que juega y lo que se juega en cada envite.

Gracias a ti, que al final sí has gustado a mucha gente, no me entiendo tan solo. Tú eres la voz de mi soledad y el espíritu de mi exangüe bienandanza. En ti ME LEO: ahí estaba yo, esperando que me encontraras. Tú me elegiste a mí; yo sólo estaba ahí llorando cuando la caricia de tus hojas me fue empapando las lágrimas; muchas de ellas ahogadas hoy, ayer y mañana. Y en ese ahogo me vi a mí mismo sofocándome y entonces fue cuando te abrí y te me brindaste entero, sin pedir nada más que no quemara tus hojas en la hoguera de las vanidades. Yo sabía muy bien que nunca arderías porque la vanidad había huido mucho antes que yo por esos caminos de los castros anteriores a los libros.

Por eso, contigo bajo el brazo y con mis sueños, y con la compañía de todos esos que me precedieron, me iba al caleyo[1], a reencontrarme conmigo y con las sombras de mi voz silenciada. Otros brazos que nunca han estrechado tus líneas y tus párrafos tuvieron la obligación de detenerme y de presumir de ello. Yo sabía muy bien dónde iba y qué buscaba.

Buscaba el recuerdo de las princesas de cuentos bellos que se sentían abandonadas por su príncipe, más ocupado en otros lugares alejados del reino. Buscaba a la buena señora de la casa del bosque, esa que acoge a los solitarios porque ella está muy sola en su vida de siglos y de ogros amedrantados por criaturas bondadosas. Buscaba la mirada de los genios del bosque, esos que pudieran ofrecerme el objeto mágico de mi salvación: un anillo o una lámpara maravillosa o simplemente una varita, aunque fuera de esa encina que adorna el poniente castreño. Buscaba a los padres de ese Pulgarcito perdido sabiendo que también sus lágrimas resonaban en todos los negrillos del monte y que los árboles, en sus conversaciones nocturnas, cuando se iban de fiesta a cantar a la luna, lo comentaban con desazón y un aire de penumbra. Buscaba, con la ayuda impenetrable de tus líneas primorosas, el reflejo de ese otro Dante más atormentado aún en su visita a los infiernos, en su tránsito hacia el Paraíso. Tú me ayudas a encontrar un diminuto paraíso en esta infernal algarabía y puedo sentirme un nuevo Dante, más feliz con su Virgilio al lado. Mis acompañantes en esta visita al averno han cesado de reír porque ellos nunca se dejaron apresar por las palabras de tu lenguaje universal.

Me gustas porque en ti saboreo las risas y los llantos, la alegría y la pena; porque en ti veo, con una claridad milagrosa, que la vida era realmente ese río que va a dar al mar y que unas veces bajaba sereno y rico en aguas de riego y peces brillantes y otras se empeñaba en cosechar para aquel mar que le esperaba todos los placeres y los sabores de la vida. Y en el mar, se perdían sin más provecho que el olvido y la esperanza de que volvieran a nacer más arriba, con la ayuda de las manos generosas que todo lo dan y TODO lo sudan.

He llegado a amarte, libro imperecedero, porque en ti se cumple la inmortalidad; la palabra que perdura y hoy me alimenta y que mañana seguirá nutriendo a otras almas abrumadas.

No hay bruma en tus páginas; está toda afuera, en estas calles polvorientas y chillonas. Por eso me retiro contigo al caleyo o al calor de mis ancestros. Ellos son también mi libro y mi capítulo está en ellos. Lo leen y lo repasan y lo cuentan y lo vuelven a contar a aquellos que saben escuchar con el alma.

Y me gustas, libro amado, leído y escrito, manchado con mis torpes manos de escritor tardío, de escribidor de penas y de anhelos, de cuentacuentos verdaderos; me gustas porque ME hablas cuando te leo y por ello soy capaz de escribirte yo, con la impericia del novato pero con las ansias del poeta forastero en un mundo nuevo. He dejado la cortesía de lado, no me importa, y me he refugiado doblemente en tus hojas, sin pedirte permiso ni licencia. He salpicado tus páginas blancas con mis lágrimas antes de ponerme a decirte yo también mis cosas. Y TE he tenido que contar un cuento, de esos que la gente no quiere oír porque no hay final feliz. Ha sido un cuento desgarrado y solemne, un cuento real de las cosas que uno siente cuando ya nadie quiere oírlo, un cuento para mí, como Sinhué, sólo para mí porque comprendí que si en tus páginas me envolviste con todo tu amor generoso, en ellas mismas no te negarías a aceptar mi entrega y mi desilusión.

El halago de tus hojas impresas de aventura y desventura se volvió galanteo en mis manos y sentí que podía invadir tus silencios con mis afanes y gritos, con mis sospechas y mis temores fundados de desamor.

¡Cuánta ternura encontré en tus generosas páginas inmaculadas! Páginas que se dejaron horadar por mi pluma temblorosa, que a duras penas y trazando una cronología desordenada y confusa, se dispusieron abiertas a abrigar miedos y penas, confesiones y alegrías y, sobre todo, anhelantes por comprobar que mi mano supiera trasladar hasta ellas el caudal que me brotaba. ¡Cuánta esplendidez en tus hojas que supieron amparar todo ese manantial desembocado por la necesidad de contar mi historia, desde mi agitación sincera!

Y, a pesar de todo, ¡cuánto me alegro de haber sabido esconderme entre tus párrafos y de haber sido capaz de atesorar tus voces! Este libro muy leído, eterno libro de los tiempos ya perpetuos, este compañero de ensoñaciones y, por algunos momentos, de juegos, me dio la vida que otros no supieron poner ante mis ojos, me dio el ánimo que otros me negaron y me dio la luz que me había desaparecido.

Tú eres mi espejo y mi refugio en la lectura, y ahora ya, una vez reescrito, formas parte de MI entendimiento.

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NOTAS:
[1] Calle central de los castros prerromanos.

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