“Atrincherada”

Fotografía: Óscar García Bárcena.

Fotografía: Óscar García Bárcena.

Con este nuevo relato Sol Gomez Arteaga, la escritora nacida en Valderas (León) y afincada en Madrid inicia una nueva sección, “Trazos de sombra”, sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente, ilustrado por el fotógrafo Óscar García Bárcena.

ATRINCHERADA

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

La perseguían, en el semáforo los vio, tres hombres con gabardinas negras. Tenía que escabullirse como fuera, por eso cruzó en rojo desoyendo los gritos del conductor que la llamo loca, que le dijo “mire por dónde anda porque cualquier día la atropellan, es usted un peligro público”. Tras alcanzar la otra acera echó a correr calle abajo. De vez en cuando volvía la vista atrás y los veía corriendo tras ella, entonces ella corría más deprisa, despavorida, chocándose con los viandantes. De pronto sintió que una mano la sujetaba el antebrazo, se fijó en el hombre alto, corpulento, ya entrado en años que tenía ante sí. El hombre le preguntó qué le pasaba, y ella, casi sin resuello, dijo: Me siguen, me persiguen. “¿Pero quién la sigue, mujer?” “Los del grupo Milenium, quieren quitarme de encima pues tengo algo que ellos buscan”. Aprovechando que el hombre miraba en la dirección de donde venía, “yo no veo a nadie”, se desasió de un tirón. “Pero oiga, espere”, grito el hombre. “Déjeme en paz, métase en sus cosas” y siguió corriendo.

Llegó a su casa casi sin respirar, abrió la puerta dejando las llaves puestas por dentro y, jadeando todavía, se dirigió a su cuarto. Tras quitarse la ropa sacó del último cajón del armario el traje de neopreno, se lo embutió encima, retiró la colcha y las sábanas de la cama, y poniendo el colchón en pie lo arrastró hacia el fondo del pasillo. Hizo lo mismo con la cómoda que colocó delante del colchón. Luego cogió en brazos el televisor y lo acomodó encima. Iba a protegerse tras este doble parapeto cuando de pronto se acordó y fue a la cocina. Del cajón de la mesa extrajo el cuchillo jamonero, el machete, cuatro tenedores; de la caja de herramientas que había en la despensa sacó el martillo, los alicates. Volvió a su escondrijo y esperó. Allí estuvo no se sabe las horas, atrincherada, acuclillada, expectante, en silencio. Allí estuvo hasta que se hizo la noche cerrada y, casi sin darse cuenta, la venció el sueño. Ya en pleno día la despertaron unos golpes en la puerta. “Beatriz, abre, sabemos que estás ahí”, gritó una voz masculina. Ella no contestó. Tras unos minutos de silencio volvió a oír la misma voz que decía: “Va a ser peor si entramos por la fuerza”. Pero ella no les iba a poner las cosas fáciles, que entraran si se atrevían, se defendería con uñas y dientes pero por nada del mundo les iba a revelar su secreto, ése que solo ella sabía. Agazapada, los ojos cerrados, las manos tapando los oídos, el rictus tenso, rodeada de los cuchillos y de esas otras herramientas, la encontraron veinte minutos después de que el cerrajero lograra forzar la puerta con el taladro, que para ella tuvo el mismo efecto que si le taladraran el cráneo por dentro. Cuando abrió los ojos los vio, dos hombres vestidos de blanco que había enviado Milos, un falso policía y esa mujer, secuaz sin duda también de Milos, que estaba justo detrás abrazando la carpeta azul cobalto. Es la jueza de la Comisión Judicial, le dijo el hombre disfrazado de poli, pero ja, a ella se la iban a dar, mentira todo. “Vámonos al hospital”. No ofreció resistencia pues los hombres de blanco, con sus técnicas persuasivas y sibilinas, eran peor, mucho peor, lo sabía bien, que los hombres vestidos de negro, al final te enredaban con sus buenas palabras para acabar jodiéndote la vida.

Así que se dejó conducir a la ambulancia e intentó parecer tranquila, era mejor parecer tranquila, pero no le pasó por alto que todos los ojos estaban puestos en ella, y es que tanto la vecina del quinto, asomada por la ventana, como la pareja de chinos del local de la esquina, como el joven de la indumentaria heavy que simulaba pasear a su perro pero que no era heavy ni el perro suyo, formaban parte de la trama encargada de su detención y secuestro. La devolvieron a la planta, y tras tomarle la tensión, hacerle quitar el traje de neopreno para ponerse una ropa que tenía en la taquilla muy similar a la suya, pero que no era suya, le condujeron al despacho del Doctor Millet García, secuaz también del Milos, no en vano Millet y Milos comienzan igual, que la esperaba sentado tras la mesa.

El Dr. Millet García le hace ahora una sola pregunta, el doctor Millet, Beatriz lo conoce bien, es siempre directo, la pregunta es de quién cree que huía con el traje de neopreno puesto. Ella contesta que es que tenía frío, y que por eso se lo puso, para protegerse del frío. No le va a confesar que el traje de neopreno la hace invulnerable, de alguna forma invisible, a los hombres de Milos. “Ya”, dice el doctor imperturbable, “nos temíamos que desde hace días no tomaba la medicación oral, no obstante decidí confiar y darle permiso de salida. Pero en vista de la que ha montado, se la vamos a poner pinchada. Enfermera…”.

Beatriz entonces estalla, da manotazos, patadas, tira la mesa, golpea la puerta, las paredes mientras muchas manos sujetan su cuerpo. Solo cuando en su nalga derecha un fuerte dolor, como una picadura de serpiente, seguido del líquido venenoso entrando en ella, grita: Noooooo, no me quitareis el chip que salvará a la humanidad de la enfermedad y el hambre. Nooooooooooooooooooooooooooo.

 

  1. Carmen

    Simplemente. Genial!!

  2. MIGUEL

    Algunas veces nos confudimos entre lo real y lo imaginario.Es la vida en estado puro.

  3. Carlos

    La realidad es una ficción aumentada

  4. Serafín Vilar de Mouros

    Tremendo como todas, todas, las mentes.

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