“De colores”

© Fotografía: Óscar García Bárcena. Imagen tomada en el Páramo leonés. (Dedicatoria: “El amor es más fuerte que la muerte. A Don Óscar García Prieto. Un hombre bueno”).

Un nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, escritora nacida en Valderas (León) y afincada en Madrid, dentro de su sección “Trazos de sombra”, sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. Ilustrado con una fotografía de Óscar García Bárcena.

DE COLORES

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Hasta donde le llega la memoria el hombre inestable siempre recuerda haber visto la vida en colores.

Había días que al levantarse veía el mundo del color de los membrillos maduros y los campos agostados, otros del color del océano, otros del color del verde prado o de la flor de la caléndula o del rojo amable de los cerezos que a medida que avanzaba la tarde iba adquiriendo el matiz más intenso del fuego… En ocasiones se mezclaban todos los colores en su cabeza y veía el mundo del color iridiscente de los tiovivos que al girar llevan consigo un griterío de chavales.

Cuando eso ocurría lo mismo escalaba sietemiles que recorría los cinco continentes, que montaba empresas de pirotecnia de las que era el rey de las tracas, que era promotor de vías muertas y puentes colgantes, que se saltaba todos los semáforos de la ciudad sin dejar ni uno, que en un alarde de creación artística llenaba las paredes de su casa de cafeteras y caracolas, que inventaba neologismos en los que discurría nuevas formas de saludarse (ouk era una, y offiof era otra y chupchpsxzc otra) y de saludar a las nubes. Esos días vivía intensa, deliberada, vertiginosa, exponencialmente, como si todo lo que su imaginación podía llegar a pensar fuera posible, como si al mismo tiempo pudiera vivir muchas vidas, y así era habida cuenta de que en los momentos que duraba la euforia el hombre inestable se sentía tan omnipotente como un dios.

Otras veces, en cambio, al levantarse veía el día gris, ceniciento, apagado, como envuelto en una intensa bruma. Eran los momentos bajos en los que los grandes proyectos que se había montado se le hacían impracticables, pero no solo los grandes proyectos, sino cualquier cosa nimia como cruzar la esquina o sortear un charco. Lo único que quería entonces era hundirse en la espesura de la niebla, fundirse en su opacidad. Y es que mientras le duraba la tristeza el hombre inestable se sentía tan insignificante como la nada. Por eso se tomó un quintal de pastillas capaz de matar a un caballo y escribió un wasap de despedida a una antigua amiga, pero justo ésta alertó a los servicios de emergencia que acudieron en su ayuda y le salvaron. Pasó un tiempo en la UVI antes de ser trasladado al frenopático.

Y le hubiera gustado acabar ahí, mansamente entre tubos. Eso fue lo que dijo el día que llegó a aquel lugar de locos, como él lo definió. Y también dijo que se sentía como un funambulista en el aire, caminando por la cuerda floja con unas gafas diabólicas. Pero poco a poco la medicina, la terapia, y relacionarse con otra gente a la que le pasaban cosas parecidas o muy distintas, todas de la cabeza, le ayudaron conocerse un poco más y a quererse un poco más y a entender que la alegría exacerbada era tan peligrosa como la tristeza y hasta a discernir, nada más abrir los ojos por la mañana, si el color con el que miraba el mundo era real o figurado. Cuando por fin fue capaz de ver la realidad real, sin excesos ni defectos, y deseó volver a la vida que ahora solo miraba a través de una reja, le dieron el alta. Al despedirse agradecido prometió volver de visita.

Pero esto último no lo pudo hacer porque justo cuando el hombre inestable salió a la calle dispuesto a estrenar su nuevo equilibrio interno un tiesto le cayó encima.

Quiero pensar, la imaginación al fin y al cabo es libre, que lo último que vio antes de cerrar los ojos para siempre fue una flor amarilla, una primavera. Luego ya no vio ni pudo recordar más. Y es que la vida y sus imponderables a veces nos dejan ciegos.

 

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