“Mi caja”

Fotografía: Óscar García Bárcena.

Un nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, escritora nacida en Valderas (León) y afincada en Madrid, dentro de su sección “Trazos de sombra”, sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. Ilustrado con una fotografía de Óscar García Bárcena.

MI CAJA

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Al niño no le gustaban las clases en las que la profesora pintaba unos signos en la pizarra que significaban cosas que no entendía.

Ni le gustaba el tiempo de espera entre clase y clase cuando todos sus compañeros se ponían a hablar, pues esas voces se agolpaban en su cabeza sin poder diferenciar si era Pascual el que hablaba o era Rosa la que hablaba o era Li, un niño un poco diferente que en lugar de ojos tenía dos rayas oblicuas, el que hablaba.

Tampoco le gustaba jugar en el recreo con otros niños a cosas tan incomprensibles como pillarse unos a otros o perseguir una pelota o simular ser quienes no eran.

Ni el parque donde su madre le dejaba unas horas hasta que volvía de cuidar a esa señora que todos los días se estaba muriendo un poco pero que nunca se moría del todo, pese a la bola de colores que recién pintada resplandecía en el redondel de arena, o los toboganes azules, o el columpio gris donde los otros niños se mecían en un traqueteo incesante, tris tras tris tras, que a él solo le causaba aturdimiento.

Y es que en realidad al niño no le gustaba el mundo ruidoso y confuso que le rodeaba.

Por eso cuando vio tumbada entre la sebe aquella enorme caja vacía le pareció un gran hallazgo. Le costó ponerla en pie pues cada vez que lo intentaba se caía, pero al final, a fuerza de insistir, lo consiguió, comprobando ilusionado, también triunfal, que le doblaba en altura. Como no podía entrar en ella, sacó de su mochila unas tijeras de papel y con bastante esfuerzo le hizo una puerta. Una vez dentro le abrió dos ventanitas. Y se fue a buscar objetos con los que decorar su casa. Encontró medio ladrillo roto, algunas piedras, varios trozos de cristal tallado. Con el ladrillo colocado en el centro de la estancia construyó una tele silenciosa en la que solo vería imágenes mudas, con las piedras marcó el territorio de su cama y los cristales le sirvieron de adorno. También pintó en una de las esquinas de la caja, bien quietecito y marrón, a su gato, distinto al de verdad, pues el que tenía de verdad maullaba. Luego se quedó acurrucado. Y se hubiera quedado así toda la vida si su madre no le hubiera gritado: “Daniel, ¿Dónde estás?”. Si su madre no hubiera insistido: “Vamos, Daniel, contesta de una vez”. Si su madre no hubiera levantado de súbito la caja y le hubiera descubierto.

—¿No pensabas contestar o qué?

—Me quedo aquí. Me quiero quedar aquí.

—¿Cómo aquí? Vamos enseguida a casa, es tarde. No tengo tiempo que perder.

La madre tiró de él tan fuerte que solo le dio a tiempo a musitar:

—Mañana vuelvo.

Y cogido de la mano abandonó la caja. Pero cenó pensando en ella. Y se metió en la bañera con los dos patitos amarillos e inútiles pensando en ella. Y a pesar de que era un niño que casi nunca soñaba, esa noche soñó que a su caja le pintaba una escalera para descender a un sótano secreto donde nunca pudieran encontrarle. Y todo el tiempo que pasó hasta la hora de volver al parque, no pudo pensar el niño en otra cosa que no fuera en la caja de sus sueños. Por eso cuando llegó y no la encontró escondida entre la sebe, pegó un grito tan grande que se oyó a varios kilómetros a la redonda. Un grito que fue como quien grita una revolución, y un poco ese efecto tuvo, pues les obligó a los otros, a ésa que decía que era su madre —pero a ver qué madre te separa de tu caja—, y a la tutora y a la mujer nueva de los pelos todos revueltos que a partir de ahora iba a ser su psicóloga, a tratar de entender que la caja era su mundo y que todo lo demás le traía sin cuidado.

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  1. La imaginación es el mejor juguete y con nada haces un mundo diferente.

  2. Serafín Vilar de Mouros

    La caja era su mundo y todo lo demás le tiene sin cuidado.
    Escribir y crear es lo de Sol. Dejar que vuele y sueñe.
    Nos lo cuenta, nos hace pensar…
    Muy bien, amiga

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