Palabras de José Manuel de la Huerga al recibir el Premio de la Crítica de Castilla y León

De izquierda a derecha, Ana Redondo (concejala de Cultura de Valladolid), José Manuel de la Huerga, Mar Sancho (directora de Políticas Culturales de la Junta) y Gonzalo Santonja (del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua). Foto: Domi Carbajo.

Reproducimos el discurso pronunciado por el escritor leonés José Manuel de la Huerga (Audanzas del Valle, León, 1967) al recoger el Premio de la Crítica de Castilla y León, que ha recibido por su novela ‘Pasos en la piedra’, editada el año pasado por el sello palentino ‘Menoscuarto.’ El autor premiado leyó estas palabras de agradecimiento el pasado sábado 6 de mayo de 2017, en el Teatro Zorrilla, en el marco de la Feria del Libro de Valladolid.

Por JOSÉ MANUEL DE LA HUERGA

Queridas amigas, queridos amigos:

En el principio de los veranos de Audanzas estaban las palabras de mi abuela Viges:

―Anda, galán, marcha a la huerta y dile a tu tía Asunción que estamos en sin patatas. Van a llegar los tus tíos a comer y todo manga por hombro, bah-báh… Y ten cuidado, no andes entre los sucos y vuelvas hecho un zupio, como ayer del reguero. Marcha cuitao…, qué amorosa está esta muda, ¡como las rosas!…,

iba enhebrando palabras mientras doblaba la ropa blanca puesta en el verde, tras los lavaderos comunales, frente a la casa.

De aquella Ítaca hasta hoy han transcurrido 40 años. Y siguiendo los consejos de Kavafis he procurado que el camino desandado fuera largo, rico en aventuras y conocimiento.

“Pero alguna vez ha tenido que haber un paraíso” se quejaba José Jiménez Lozano en uno de sus ensayos mirando como un niño ―o como un ángel― aterrado hacia atrás. Si hay una patria para el hombre, esa es la infancia, de donde hemos sido expulsados. El que escribe es un privilegiado, sin embargo. Si calla y atiende a las voces familiares, ese racimo de palabras inscritas en su alma regresa de aquel edén irrecuperable. Sí, yo también engroso la lista de los que piensan que escribir es hablar con nuestros muertos.

La casa familiar de Audanzas del Valle, en El Páramo leonés, es La casa del poema. Era la casa de mis abuelos Benicio y Eduviges y sus ocho hijos, una casa que siempre estaba abierta. En ella aprendí la hospitalidad, donde recibir con amor incondicional a quienes no importaba cómo llegaban, ni sobre todo por qué llegaban sin haberse anunciado. Puede que por eso aparecieran así, sin previo aviso, los personajes de mis primeros cuentos situados en un imaginario El Páramo. Recuerdo, de entre todas aquellas historias trenzadas, a un personaje que me habría gustado que existiera, el Santo ambulante, un vendedor de libros de santos por mercadillos provinciales, en cuya furgoneta urdía su revolución silenciosa, introduciendo interlineados, textos heréticos y rebeldes entre edificantes vidas de mártires. Ojalá que Antonio Pereira, a quien se lo dediqué tiempo después, le hubiera hecho un hueco entre sus viajantes de comercio por las ciudades de Poniente. También imagino que de visitar el serano de la Calle Feria de Tomás Sánchez Santiago, el señor Cordero habría terminado por sacarle la verdadera historia de su mentira piadosa, a nuestro editor silencioso. Ahora, veinte años después de aquella primera edición en La Tertulia de los Martes de Segovia, comprendo por qué tuvo que ser Ignacio Sanz quien se empeñó en convertir esas Historias del lector en mi primera publicación en prosa.

A la distancia debida, necesaria, puede que en aquellos primeros cuentos ya se apuntara una idea borrosa de la compasión. Consciente o inconscientemente, he querido amparar a mis personajes dentro del espacio de redención de la hoja en blanco. Allí donde la justicia de los hombres no llega (muy tarde o nunca), sí lo puede hacer la poética.

Cuando en febrero del pasado 2016, mi amigo Rafa Vega me entregó la portada de la novela que hoy nos reúne aquí, con esa poderosa grieta a la que él quiso mantener el título de Los días santos, título original del manuscrito, me dijo que yo había tardado 48 años en escribir Pasos en la piedra. Sin duda, lo más hermoso que se pueda decir de la obra. Me hizo recordar enseguida dónde estaba yo aquel 9 de abril de 1977, cuando se legalizó el PCE: junto a mi madre en el salón de nuestra casa en Alamillos 12, viendo en aquel televisor en blanco y negro La Clave de José Luis Balbín. Aquella noche “echaban” el Evangelio según San Mateo de Pier Paolo Pasolini, seguramente la mejor película sobre la vida de Cristo de todos los tiempos.

Esa noche de mis diez años empecé a levantar en sueños Barrio de Piedra. Parecería como si Borges nos hubiera dejado un mensaje cifrado a cuantos hemos formado la Hermandad laica no procesional de esta ciudad invisible: si fuéramos capaces de ver desde el aire los pasos que a lo largo de su vida da una persona junto a sus amigos cómplices, en su ciudad, terminaríamos viendo todos sus rostros (Quique, Luisa, Pedro, Alberto, Yolanda, Sabo…) dibujados sobre el plano, en trazos muy precisos. Gracias, Luis Rojo, por haberle puesto a este palimpsesto de calles y plazas asomadas a un río, toda la paciencia y el cariño del mundo para terminar alumbrando ese precioso plano de Barrio de Piedra con que se abre el libro.

En Barrio, se celebró la cena de aquel Jueves memorable de aquel año 77 con idéntica hermandad a las pascuas juveniles de mi adolescencia. Con esa alegría de recibir siempre al forastero, fuimos acogidos mi familia y yo, en la primavera de 2005, en el barrio vallisoletano de la Pilarica, probablemente el único barrio de este país nuestro abierto en canal por la herida de un ferrocarril que espera y desespera a ser soterrado desde hace 30 años.

Pero muy especialmente la hospitalidad de las palabras la aprendí de Katy Montes. Con su ejemplo de casa abierta a los amigos de la cultura y la solidaridad en la Fundación dedicada a la memoria de sus hermanos, uno de ellos, Segundo, jesuita asesinado en El Salvador en noviembre de 1989.

Idéntica hospitalidad que se encuentra, y de qué manera, en las tertulias literarias del Programa Municipal de Educación de Personas Adultas al que muy justamente, en su edición anterior, esta Feria rindió homenaje; también en los Comandos Lectores, en los heroicos Clubes de Lectura y talleres de escritura de las bibliotecas públicas, y recuerdo muy especialmente, los de Tudela de Duero coordinados con incansable entusiasmo por Cheli Sanz, o los de iniciativa vecinal combativa como la Biblioteca Libre Entrelíneas.

Pero permitidme que os cuente que acaso la hospitalidad se muestra más genuina en los espacios en principio más hostiles a ella. A mí se me reveló en estado puro cuando compartí una mañana del pasado verano con los internos del Centro Penitenciario de Villanubla, por mediación de Isabel Sancho.

Por último, hospitalidad y redención, en el aula, con mis chicas y chicos de la Escuela Pública. A contracorriente de una legislación educativa que en los 90 cometió la más incomprensible y fatal de las equivocaciones en la enseñanza de las letras de este país: fundir/confundir el temario de la Lengua Castellana y la Literatura Española en un batiburrillo, permitidme la expresión, de consecuencias funestas y ahora, algunas generaciones después, evidentes en la ignorancia del patrimonio literario de buena parte de nuestra sociedad. Me alegra de verdad, por si sirve de bálsamo, que esta Feria del Libro de Valladolid haya decidido homenajear a los profesores de literatura en esta 50 edición.

He tenido la dicha en estos años de docencia de compartir sala de profesores y departamentos con excelentes compañeros, muy especialmente compañeras, con inolvidables alumnos y alumnas en centros de Benavente, Bembibre, Valladolid, Villalón de Campos y Tudela de Duero.

Anuncio, por tanto, públicamente que en mi aula y bajo mi responsabilidad mantengo suspensos sine die a los siguientes alumnos transfigurados: Lázaro, Ulises, Pinín, Rosa y la vaca Cordera, Ismael el arponero, Sara de Ur, Esteban el ahogado más hermoso del mundo, Pedro Páramo empeñado en encontrar a su padre, el chiquitín de Juanillo que se esconde bajo el pupitre para componer versos de amor, los Antonios, tres o cuatro, Andrea llegando en tren a la estación de Barcelona, Daniel que apodan el Mochuelo, Berta, Virucos, William, extremadamente conflictivo, pandillero a la gresca, conocedor de los bajos fondos de la condición humana como nadie, Babette que nos cocina un festín permanente, Max el ciego, el único capaz de ver la injusticia de una madre con su hijo asesinado en el regazo, Ángela Carballino que lo escribe todo y calla, Ariel Conceiro que lee mucho e investiga mejor, una Pilar que lleva un minucioso catálogo de nubes que parece que pasan pero no pasan, y otra Pilar que se queda dormida soñando ballenas, Fernando el portugués que lleva muchas voces dentro de él, y otro Fernando que dispara preguntas de amor a la palabra, Pippi la de las Calzas Largas con varios expedientes disciplinarios abiertos, José que observa a María la manca en la distancia no advertida, Truman que llegará a ser el mejor periodista de sucesos terribles, Marianela, Teresa que reconstruye el puzle de la escultura del David, Eloísa que escribe poemas en gallego al ritmo del tam-tam, Franz que empieza varios cuentos y los deja siempre a medias, Johann Sebastian cuya música nos eleva a todos, y el aire se serena y viste de hermosura y luz. No consigo que se queden dentro del aula ni Claudio ni Francisco, empeñados en medir versos paso a paso a la par de la corriente del Duero. Si por un casual sorprendieran a Ligeia, la sirena de Lampedusa, nadando junto al hombre pez, me encantaría que los intentaran devolver siquiera un rato a clase.

Gracias a mis editores, Ignacio, Rafa, César, José Ángel y Marco, por concederme ese raro capricho, cada día más extravagante, de ver tus propias palabras volanderas sujetas al papel.

Gracias a quienes en la lejanía de unos pasos que se acercan, o en la cercanía de una voz susurrada en sus oídos, habéis rastreado, siquiera fugazmente en alguna de mis páginas, el esquivo canto del pájaro solitario.

Gracias al jurado del premio de la Crítica de Castilla y León, a los responsables del Instituto castellano y leonés de la Lengua y de la Consejería de Cultura, a los organizadores de la Feria del Libro de Valladolid, muy especialmente el gremio de Librerías, que han tenido la feliz ocurrencia de reconocerme en esa busca y reunirnos a todos, aquí y ahora, para terminar escuchando estos versos de Emily Dickinson:

Tengo un pájaro en primavera
para mí sola canta-
la primavera seduce.
Y cuando el verano se acerca-
y cuando la rosa aparece,
el pájaro se va.
Pero yo no me quejo,
porque sé que ese pájaro mío
a pesar de haberse ido-
estudia más allá del mar
melodías nuevas para mí
que pronto me va a traer.

  1. Preciosas palabras, estupendo libro, merecido premio. Siento orgullo de conocerte. Me da un poco de rabia que seas leonés pero, tenemos el privilegio de tenerte entre nosotros. Gracias por volcar tu alma sobre el papel y hacerlo con emoción sincera y tan buen oficio literario y gracias por las clases de las que disfrutan tus alumnos porque los buenos profesores son viento en las velas para el futuro. Disfruta de tu éxito y a por más.

  2. Carmen

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