“La gotera”

© Fotografía: Óscar García Bárcena.

Un nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, escritora nacida en Valderas (León) y afincada en Madrid, dentro de su sección “Trazos de sombra”, sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. Ilustrado con una fotografía de Óscar García Bárcena.

LA GOTERA

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Una gotera. Todo empezó con una gotera, pequeña y marrón, en forma de charco en el techo del cuarto de baño del piso de abajo.

Por esa gotera, el vecino tocó el timbre de la puerta de K que en esos momentos permanecía absorto en su cama mirando la luz incandescente de la bombilla. K al principio no oyó, de hecho, el timbre se oía bastante mal debido a las toneladas de papel que llegaban al techo e insonorizaban la vivienda, pero ante la insistencia de la llamada se levantó y, sorteando los cientos de libros apilados a ambos lados del pasillo, se acercó a la puerta. Preguntó quién llamaba y el vecino del piso de abajo, tras contestar que era el vecino de abajo, le pidió que abriera para que pudieran buscar la causa de la gotera. K, que no había abierto la puerta a nadie desde hacía tropecientos años tampoco lo iba a hacer ahora, y esbozando una ininteligible disculpa volvió a su cama, pero lejos de estar tranquilo se sintió presa de una extraña inquietud, como si la torre de papel que durante años se había forjado amenazase súbitamente con derrumbarse.

Y un poco así fue, porque dos días más tarde que la gotera pasó de diminuto charco a reguerillo viscoso, el vecino del piso de abajo, esta vez acompañado por el presidente de la comunidad, volvió a llamar al timbre. K, parapetado tras la puerta, no contestó. Pero mientras le dejaban una nota bajo la puerta informando que al día siguiente volverían acompañados por el fontanero, les oyó decir que sabían que estaba en casa, que estaba siempre y que si no abría era seguro que ocultaba algo.

Esa noche K, convencido de que todos los vecinos le observaban, no pegó ojo y al día siguiente cuando llamaron a la puerta insistente, conminatoriamente, tampoco abrió.

Y empezó a pensar que no solo era objeto de vigilancia de los vecinos del bloque, sino del kioskero y del tendero y de la señora del carrito de la compra y de la cartera y del distribuidor de propaganda y de la patrulla de policía que hacía la ronda diaria por el barrio. Ya solo salía de casa por la noche cada dos o tres días para comprar en el servicio de veinticuatro horas la comida preparada con la que se alimentaba. Por nada del mundo iba a permitir que vulneraran el templo de papel y libertad que se había construido a lo largo de los años. Coleccionar todo lo que tuviera relación con el papel era una afición que arrancaba de antiguo, de cuando siendo un niño empezó a juntar cromos y tebeos y puzles, y siguió con las más dispares y extravagantes colecciones de libros, primero de forma ordenada, luego sin tasa ni medida, hasta ocupar todos y cada uno de los rincones de la casa, hoy convertirla en un intrincado bosque de papel sin apenas comunicaciones: solo un diminuto sendero permitía el acceso salón, en cuyo centro estaba la cama, y continuaba unos metros más allá hacía al aseo que, a excepción del retrete y el lavabo, también estaba invadido por libros.

En este aislamiento estaba feliz y, cuando por falta de pago le cortaron la línea de teléfono, lejos de afligirse respiró aliviado, pues su hermano, único familiar y copropietario de la vivienda, solo llamaba para incordiarle.

Lo que no esperaba, lo que no podía imaginar K, es que cuando la gotera en el techo del piso del vecino de abajo se convirtió en un lago Ness por el que asomaba de forma flagrante la cabeza del monstruo, los vecinos que llevaban días buscando al hermano, lo encontrarían al fin, y todos ellos, -el vecino y el presidente y el fontanero y el propio hermano, ostensiblemente más viejo–, abrirían la puerta y descubrirían el caos en el que vivía inmerso y a él tumbado en la cama con restos de comida de hace cinco días en evidente estado de putrefacción. Por las buenas quisieron llevarle al hospital pero K, defendiendo su baluarte de libertad, se opuso activamente, y tuvieron que llamar al 112.

En el hospital donde fue trasladado a la fuerza tuvo que contar una y otra vez su historia de las colecciones y desafectos, mientras los Servicios Sociales entraban a saco en su casa y se llevaban su vida a paladas, pues aunque se descubrió que la causa de la gotera no la provocaba su propia tubería sino una bajante de la general, el ingente peso de los libros sí llevaba asociado, y en esto coincidieron todos los técnicos, un inminente riesgo de derrumbe.


K
lleva ingresado un mes y está notoriamente mejor, o eso dicen los médicos y prueba de ello es que le dan salidas. Lo que no saben es que no volverá a una casa que ya no siente como propia y que está buscando un paradero nuevo. Por eso oculta en el fondo del bolso del pantalón, el papelillo que arrancó en una farola con el número de teléfono de un piso vacío que se alquila. Además, en la misma acera del hospital hay una librería de lance donde ha encontrado una colección de libros basados en “El alma vegetativa de los árboles” y que, está seguro, le darán mucho juego.

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