“Ojos ciegos”. Virginia Aguilera

Ojos ciegos
VIRGINIA AGUILERA
Ed. Reino de Cordelia, 2017

Cuando acaban de celebrarse las primeras Jornadas de Negro en Astorga, y mientras se acerca la Semana Negra de Gijón (7 al 16 de julio de 2017), el escritor leonés Luis Artigue reseña algunas de las novedades más interesantes, a su juicio, del género negro. Su cuarta entrega se centra en “Ojos ciegos”, la novela con la que la escritora zaragozana Virginia Aguilera obtuvo el XIX Premio García Pavón de Narrativa Policíaca.

Por LUIS ARTIGUE

Gracias a la gente que no hace las cosas como hay que hacerlas lo que el asfixiante oficialismo dicta que es normal se amplia, y el mundo gira hacia adelante, y sus posibilidades se agrandan, y, frente a las fuerzas que tratan de homogeneizarlo todo, sigue existiendo y resistiendo la diversidad.

Por eso nos gustan tanto los autores y autoras creativamente irreverentes que, saliéndose de la bipolaridad que configura el panorama actual de la novela negra dominante (blacknoir o novela-enigma), tratan de fundir el género con otros géneros, con otras preceptivas teóricas y hasta otras tradiciones, para ampliar así las posibilidades de lo que se viene entendiendo por novela negra.

En este sentido nos ha sorprendido la novela de Virginia Aguilera (Zaragoza, 1980) Ojos ciegos (Ed. Reino de Cordelia), una atmosférica, inquietante y bien documentada historia criminal con grandes pinceladas de Romanticismo tenebroso (bien podría decirse al revés; una novela gótica con impregnaciones de novela negra-enigma) que hace unos meses obtuvo el Premio Francisco García Pavón de Narrativa Policíaca, y ahora es ya una bella flor rara en el panorama editorial.

Se trata de una novela desasosegante con personalidad, audacia y vocación de exotismo en la ambientación, el tema y la época, pero con convención en la fórmula agathachristeana de presentar, desarrollar y desentrañar el enigma criminal.

Y es que, como bien lo explica Paco Camarasa en su meritorio libro Sangre en los estantes, dictan los cánones de la novela-enigma popular (en esto están unidos el paradigma de Agatha Christie y el de George Simenon) que el esquema de este tipo de obras narrativas de género ha de ser: un crimen, una investigación ingeniosa, unos falsos culpables y el desenmascaramiento de un culpable.

Pero el punto fuerte de esta novela no está en su parte negra, sino en su parte oscura y en lo bien ensambladas que están ambas caras de esta moneda narrativa de valor.

Escribió al respecto de la oscuridad novelística Judyth Merryl que “la novela gótica es la literatura del terror disciplinado”, y la principal experta en novela gótica española, la investigadora y profesora Miriam López Santos, nos hizo ver ya en su libro La novela gótica en España 1788-1833, y en la introducción de una novela gótica española encontrada y reeditada por ella en la Editorial Siruela, La urna sangrante de Pascual Pérez y Rodríguez, como el santo y seña de la novela gótica es, por encima del gusto por lo oscuro el suspense y el terror, el espacio siniestro en el que acontece la peripecia: en el caso de la novela de Virginia Aguilera que nos ocupa este espacio siniestro es un falansterio (así llamaba el socialista utópico Charles Fourier a las comunidades rurales autosuficientes sin imposiciones ni propiedad común o privada, por él ideadas) del siglo XIX creado para la convivencia feliz y reformadora (este falansterio perdido en las montañas de Teruel, y en el que los moradores conviven, unos dirían que empezando desde la base a transformar política y económicamente el mundo, y otros que jugando al juego macabro de las utopías, es un marco inicialmente armónico, pero extraño).

Una mujer –la despensera de la comunidad– ha desaparecido rompiendo en mil pedazos la supuesta felicidad del entorno.

A tal efecto una pareja de investigadores, el juez agudo, muy curtido y prácticamente ciego llamado Juan Carlos (casi un oracular Borges con forma y formato de Lord Byron detectivesco) y Candela (una servicial e intrépida muchacha de recalcitrante juventud que le auxilia y le hace de secretaria y casi de báculo), se ocupan del caso…

Pero se encuentran con que los lugareños manejan un silencio impenetrable.

El primer punto de giro argumental se produce cuando descubrimos con desasosegante dramatismo que el falansterio no acoge una convivencia utópica y armónica, sino que es una sociedad corrupta… ¡De ahí al terror sólo hay un paso!

Destacan en estas meritorias páginas, además de la hibridez audaz entre lo gótico y lo negro, las deducciones del juez oracular, casi el envés de la conciencia del lugar, y el exquisito cuidado en el tratamiento de los elementos más sensoriales de las descripciones.

Esta novela tan entretenida como perturbadora (con calidad de página y talento para la investigación histórica, y con bien asumidas influencias formales de Jan Potocki en El manuscrito encontrado en Zaragoza y sutiles influencias estilísticas de Arthur Conan Doyle –sus novelas de Sherlock Holmes– y también de Emily BrontëCumbres Borrascosas–, sobre todo encierra un potente y vigente mensaje en contra del buenismo de las ideologías y los experimentos sociológicos tipo secta transidos de un utopismo delirante.

He aquí una novela negra audaz concebida con fina mano literaria y sin mitomanía de género, sin glosar la mítica y poética del perdedor mediante un personaje sórdido, sino presentando un caso y una pareja de investigadores en medio de un bien elegido contexto raro, inquietante, fantasmal y alegórico que nos recuerda, y no sin originalidad, que en lo que se refiere a al género criminal no sólo el verismo nos logra arrebatar.

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Virginia Aguilera.

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