Las recolectoras

Diálogos en la raya / 2. “Las recolectoras”. Fotografía: DOMI CARBAJO (cortesía del autor).

Continuamos con la sección de lecturas y conversaciones sobre arte y literatura “DIÁLOGOS EN LA RAYA”, de la mano del profesor y escritor leonés afincado en Valladolid JOSÉ MANUEL DE LA HUERGA, con el objetivo de “celebrar la palabra de esos grandes libros de pequeña tirada, que tan a menudo pasan desapercibidos”. 

La segunda entrega está dedicada a cuatro libros en el límite del brocal del pozo de los géneros… literarios y femeninos: “Notas robadas para paisajes”, de Pilar Rubio Montaner“O que fiz eu a 25 de Abril de 74”, de Concha López Jambrina“Surfing ecstasy”, de Susana Barragués Sainz“La acústica de los iglús” de Almudena Sánchez.

Por JOSÉ MANUEL DE LA HUERGA

Diálogos en la Raya
Preparativos, excusas, propósitos de enmienda

José Manuel de la Huerga.

José Manuel de la Huerga.

Me he saltado dos entregas de estos Diálogos en la Raya, al menos que yo recuerde (y de las que tengo algo más que unos cuantos apuntes fugaces). Del agosto pasado, y con motivo de la exposición “Pliegues de silencio” del artista plástico Jesús Capa en Rioseco, al que acompañó con un recital al piano Diego Fernández Magdaleno. A la vuelta del verano daré cuenta de ese contraste mínimo (máximo?) entre lo blanco y lo negro, expresión de la austeridad en el límite de estos dos artistas.

Y la pasada primavera presenté al poeta hispano-luso Pablo Javier Pérez López en Valladolid. Su quinta entrega poética se titula “Los países de piedra”, con poemas en castellano, portugués y un viaje por la Rumanía de Ciorán. Tengo pendiente un diálogo con él, sobre este libro también, pero sobre todo sobre su impecable trabajo de traducción del poeta luso Antonio Osório.

Esos dos barcos siguen navegando por la Raya de estos diálogos, los límites vacuos de las artes, de las lenguas, de los territorios colindantes del alma. No tengo más que volver a hojear sus bitácoras y entro de nuevo, de lleno, en sus periplos. Prometo dar cuenta pronto de ellos.

Pero como no quería dejar pasar tantos meses, demasiados, desde la primera y única entrega, la de Formas…” de José García Alonso, de esta que iba a ser una colaboración habitual (mensual?) con TAM TAM PRESS, dejo en el limbo las entregas 2 y 3, con el compromiso escrito en digital de su pronta entrega, y desatasco la sección con cuatro libros en la raya, en el límite del brocal del pozo de los géneros… literarios y femeninos. Poesía, ciencia ornitológica y marinera, geografía y apuntes de viajes, relatos de diarios adolescentes, recopilaciones de textos sociológicos muy necesarios para revisitar nuestra historia cercana. Todos ellos, escritos con la conciencia subversiva de saltarles las costuras a los géneros… literarios, masculinos, pero también con la precisión de una inteligencia que le da a la escritora el nombre exacto de las cosas.

Las recolectoras

La belleza, como una fruta rara, una baya escondida, está ahí, en el mundo. Hay que salir a buscarla, aunque al final es ese hallazgo alucinado quien elige al buscador, por el más puro azar.

Así pensaba el mostruo de Picasso, y yo hoy lo aplico a cuatro libros: de fuera a dentro. Como sorpresas que la vida le regala al caminante despistado (aunque secretamente atento, prevenido siempre por su oído interior). La vida me los ha ido poniendo delante en tres bosques distintos, frutillas recogidas de tres matas diversas, pero no distantes: en la Fundación Montes, por medio de mi amiga Yolanda Izard, Pilar Rubio Montaner me regaló la hermosura de “Notas robadas para paisajes” (El árbol espiral, Béjar, 2004). Yo la había oído presentarlo una tarde de viernes invernizo, y no me atreví a acercarme a la autora cuando se levantó la sesión. Esas inseguridades del recolector: ¿esa bolita roja será de imposible consecución?,¿ y si me alucina su ingesta? Pero aparece, oh maravilla, semanas después la propia autora con el libro dedicado, en ese mismo bosque, otra tarde de otro viernes de primavera. Y Yolanda, escondida como un hada buena tras un árbol, reía feliz de su conjura. El 25 de abril de este 2017, en la Escuela de Idiomas de un bosque ibérico Concha López Jambrina presentó “O que fiz eu a 25 de Abril de 74″ (Didot, 2017, edición bilingüe). Aquella tarde andaba yo por otros pagos, pero Concha me tuvo guardado este ramo de flores silvestres en un vaso de agua del Douro, perfectamente bien conservado un mes después. Los bosques de ferias del libro son agrestes y enmarañados, son imbancables, cuántas veces despistan al lector paseante. Pero en la última feria de mi ciudad dos libros salieron a mi encuentro por rutas secundarias: “Surfing ecstasy” (Ediciones Leteo, 2016) de Susana Barragués Sainz, entre las columnas precipitadas de la plaza Mayor, y “La acústica de los iglús” (Caballo de Troya, 2016) de Almudena Sánchez, que se coló, sin premeditación, con alevosía, en la presentación de otros dos libros de cuentos.

Los cuatro libros son obras de mujeres: recolectoras, no cazadoras. Lejos del método Hemingway, en las antípodas de Cela. Nada de escritoras de raza.

“Notas robadas para paisajes” colecta nombres y sonidos de la naturaleza y, debidamente engastados, los vuelve belleza. La misma autora lo califica como “pequeño y arbitrario recorrido por la Naturaleza”. Pues es un Alfabeto caprichoso de plantas, Dos paseos por tierra y por aire de la mano de escritores de todas las latitudes, Nueve cantos libres de pájaros ―con sus sonogramas correspondientes, como si se tratara de representaciones gráficas de un sismógrafo― y otra recolección de lugares ―Del libro de los mapas humanos―, bautizados amorosamente por los hombres, pero engarzados sabiamente por la autora. Así:

DEBILIDAD

Cabezo lloroso
Barranco de Triste
Collado Herido
Cañada del Miedo
Mar Menor
Piedra Sola
Mujer Muerta
Embalse de Pena
Isla Desolación

Todos lugares existentes, señalados así por la costumbre y la memoria, en este caso compungida, de las comunidades. Toponimias del alma peregrina, pero en esta atentísima recolección epifanías del corazón. Los accidentes de las palabras están ahí, son perlas que hay que descubrir. El hallazgo de la poeta ha sido engancharlas en un collar nada aleatorio, sí meditado, muy meditado. Como una delicada construcción, un puzle ajustadísimo, definitivo. Cada verso respecto de su anterior y posterior brilla solo, por oposición al que le precede y al que le sigue. Es el secreto de esta sintaxis sencilla y muy eficaz. En la primera parte, con esta misma técnica, encontramos el más difícil aún: el alfabeto de las plantas. Por la A: Alba Plena/Amor del hombre/ Árbol del Fuego /Árbol Gandul… La segunda parte, Pequeñas geografías, parte de un interés científico, sí, geográfico por colocar las citas de poetas y escritores como las coordenadas de un mundo primordial, vuelto a su principio intacto, despojado de cualquier connotación de dolor y muerte. Se convierte para mí en un diario de una exploración del planeta, vuelto hacia el interior, hacia la resonancia de la memoria ancestral del hombre. El primer día de la creación. Uno de mis autores predilectos, Italo Calvino, es citado en el paseo aéreo. En La inquietud de los astros escribe Calvino: “La luna es el más mudable de los cuerpos del universo visible, y el más regular en sus complicadas costumbres: no falta nunca a las citas y puedes acechar su paso, pero si la dejas en su lugar la sorprendes siempre en otro…”

Esta cita celeste me lleva a uno de mis cuentos predilectos de “La acústica de los iglús”, Apuntes desde la bóveda celeste, el tercero de diez, todos memorables. La técnica de esta recolectora de historias mínimas y sorprendentes comparte estrategias comunes con Pilar Rubio: listas de palabras, de objetos en secuencia alucinada, lo que vendría a coincidir con la llamada “enumeración caótica” de los poetas vanguardistas. La protagonista de este cuento se enrola en una nave espacial para poner distancia y olvidar una historia de amor. En su bitácora celeste escribe: “En cuatro meses he capturado: una sanguijuela, una pata de jamón, varias plumas de pájaro –intuyo que son de avestruz-, una ventosa, una tuerca hexagonal, una peluca albina (¿pertenecerá a Luis XVI?), las púas de un cactus, una bombilla fundida, una máscara de gas y un chicle de mora, aplastado.” Los cuentos de Almudena Sánchez tienen la voz de adolescentes, niños y jóvenes, a veces desdichados, siempre en proceso de cambio, sufriendo y aceptando mutaciones íntimas que se proyectan sorprendentemente en el exterior. Pero con humor, frescura, sorpresa, provocación. El viaje como descubrimiento interior: dolor y cambio. Hay páginas inolvidables de diario íntimo de niños que viajan en una furgoneta con su madre, en un colegio tras el esqueleto de la clase de ciencias, en un barco de recreo con una amiga…; de artistas, músicos que rozan el secreto de la belleza como una línea intangible de horizonte, inalcanzable en su ombligo, o de artistas intérpretes de piano directamente golpeadas y heridas por ese amor a la música. En el último cuento, Introducción al relámpago (¡cómo titula esta autora, y es su primer libro…, insultante!) extraemos del diario de una modelo fotografiada un fragmento del “Quinto flash:

Hoy Ros ha fotografiado todas mis lágrimas. Al unísono. De golpe. Al aumentar el zoom, dice, ha visto un desierto estelar. / Ahora quiere exponer las fotografías en un museo. Mis lágrimas brillan en la oscuridad como cometas lejanos”. De la misma manera que el Calvino mencionado por Pilar Rubio.

“Surfing ecstasy” es otro tratado joven de alta escritura. La desinhibida frescura de la voz poderosa no pretendida y sin embargo hallada. Poesía arrolladora como pocas veces. Volvemos a las listas, esta vez derramadas, incontenibles:

“Hay olas bravas, olas enfermizas, olas exhaustas que no pueden más.

Olas con forma de taza, olas con forma de trenza y olas con forma de palma.

Olas huecas que crean un cuerno musical.

Olas que se abren en cremallera hacia los laterales echando espuma.

Olas picadas y peleadas con las olas que vuelven.

Olas de roca que saltan sobre los arrecifes con estruendo.

Olas de coral que tienen cortinajes de flecos por su base.

Olas que se pasan el agua de unas a otras como manos trasladando cubos de agua.

Olas que se enroscan haca el centro de sí mismas dibujando una circunferencia completa…”

Como oraciones panteístas a un dios, o diosa poderosa y envolvente, los poemas se desbordan por sus límites. Son voz torrencial de mujeres que reclaman lo que es suyo, porque la historia escrita por los hombres se lo ha arrebatado:

“No aspiramos a entender el Dios que han creado los hombres.

Aspiramos a fundirnos con la creación del mar y el oleaje pues no podemos entender mensajes complejos de vocabulario abstracto. (…)”

No seremos mencionadas en ningún manuscrito iluminador de las verdades universales.

Pero es que si leyéramos sobre el amor antes de experimentarlo no podríamos sentirlo de manera original sino condicionada.”

La sabiduría de la voz de mujer tiene otras certezas:

“Sabemos qué olor tiene el mar cuando se mezcla la espuma salada con la espuma dulce de la lluvia y así huele nuestro pelo y suena nuestra voz.”

Son poemas sinfónicos, de voz inundada, voluntariamente sin desbastar. Salidos de una conciencia acaso escindida, sin duda extática, vertiginosa, y por tanto poemas no retenidos ni mucho menos contenidos. Cómo me gustaría hojear los manuscritos: los imagino apenas tachados, poco o nada modificados. Como galerna, un temporal de oleaje que anega. Y como buen lector surfista, subido en la tabla de salvación y condena al tiempo, me recomiendo a mí mismo esperar a la siguiente, que sin duda será la Gran Ola que te deja exhausto, felizmente aniquilado, entre tanto derroche en aluvión, por el brillo deslumbrante y fugacísimo de la Belleza.

La cuarta recolectora es Concha López Jambrina, Duero-Douro mediante. “O que fiz eu a 25 de Abril de 74″ es una propuesta colectiva y ella fue su urdidora y posterior colectora. Propuso a los alumnos de la Universidad Sénior Contemporânea y la Sénior Eugénio de Andrade, ambas de Oporto, escribir el testimonio de un día fundamental en la historia de Portugal y de las revoluciones de abril. Los alumnos de portugués de la EOI de Valladolid los tradujeron, y este es el resultado. Cosecha de vida, de memoria viva, inolvidable. Una maestra de diecinueve años embarazada. Una estudiante encarcelada y torturada. Un trabajador en las colonias de Angola y Macao. Un muchacho de instituto… Llenos todos de tanta gana de vivir que ni se enteraban de la trascendencia del momento. Un buen manojo de claveles que ensartar en la boca de todos los fusiles dormidos del mundo. Escribe Maria Júlia Caldas, la maestra: “O meu filho nasceu a 2 de maio, num país livre, a minha utopia também se realizou. ABRIL HOJE E SEMPRE!”

Propongo que estas cuatro recolectoras dialoguen en el brocal de un pozo. De recolectoras a agricultoras hay un paso. Acaso puedan perder azar y espontaneidad, quizá ganen en la precisión de acompañar la mata naciendo en el surco. No sé… Si no fuera porque la hermosura no se puede convocar y menos imitar, les pediría el secreto de tanto deslumbramiento. Seguro que es muy sencillo, pero también seguro que lo desconocen. Pero que sepan, las cuatro (por si nadie aún se lo ha soplado al oído), que esta vez, por esta vez, han sido tocadas levemente, efímeramente, por el ala del pájaro solitario. 

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