“Ya no quedan junglas adonde regresar”. Carlos Augusto Casas

Ya no quedan junglas a las que regresar
CARLOS AUGUSTO CASAS
MAR Editor, 2017.

Durante la reciente Semana Negra de Gijón el escritor Luis Artigue descubrió a un nuevo autor, el madrileño Carlos Augusto Casas, y su primera novela, “Ya no quedan junglas a las que regresar”. “La acabo de leer y merece mucho la pena”, afirma el leonés. Este libro ha obtenido el VI Premio Wikie Collins de Novela Negra y está nominado al Premio “Pata Negra” como mejor novela del 2017.

Por LUIS ARTIGUE

Es la vejez presentada como si fuera un paisaje agreste en el que se mata o se muere…

Dentro de la más actual Teoría de la Literatura, la teoría psicologicista de la narrativa negra nos enseña que todo héroe noir es por definición un ser fronterizo, uno que vive entre la luz y la sombra, entre el mal y el bien: un expatriado moral. Y, para explicar eso en toda su dimensión, nos aporta para la crítica literaria el término turning point (concepto tomado del ámbito de las matemáticas que ha pasado al lenguaje del periodismo y, desde ahí, a la teoría literaria narrativa, y que podríamos traducir como punto de inflexión, aunque añadiendo al significado coloquial de tal expresión nuestra tanto matices psicológicos, como conductuales y morales).

En efecto además de por las tramas las novelas negras nos hipnotizan, atrapan y conciernen porque en ellas aparece toda la geografía emocional del ser humano partiendo de un punto de inflexión: todo para hacernos saber que cualquier cosa puede ser el detonante de una situación límite para quien, lo sepa o no, ya está al límite.

Y sí, en la última novela de Carlos Augusto Casas (Madrid, 1971) titulada Ya no quedan junglas a las que regresar (MAR Editor, VI Premio Wikie Collins de Novela Negra) el autor coloca al lector en el epicentro mismo del punto de inflexión vital del protagonista: un viejo llamado Teo el Gentleman –obturado por el hastío y por un déficit de comunicación consigo mismo el cual sólo logra aliviar los conflictos que alberga mediante los juegos de ficción conductual y de cambios de rol que realiza con Olga, la prostituta de la calle Montera con la que queda cada jueves– se nos presenta en un Madrid barrial de luz cruda, luz despojada de complacencias y, a la vez, poderosamente visual.

Cuatro abogados han organizado una fiesta. Olga jamás regresa de allí…

El viejo Teo ya se queda en la vida sin razones para el orden y sin alicientes para la constreñidora normalidad: se produce en él en ese punto un súbito e irrevocable despertar de la conciencia justiciera. No deja que sea sólo la inspectora Iborra quien lleve el caso sino que se va él mismo a por los sospechosos (los cuatro abogados, un proxeneta rumano apodado el Tigre, y otros dos tipos de ese submundo como lo son Herodes y el Chapas) como quien se adentra en la selva desnudo pero armado… Y de modo drástico y hechizante, la trama, que se viene desarrollando con lenguaje con nervio y diálogos agudos, nos va ya haciendo saber sin decirlo que en verdad en esta vida nuestra un punto de inflexión no es sólo el final de un ciclo, sino también el inopinado y turbulento y misteriosamente desconcertante comienzo de algo distinto que asusta por su impredecibilidad.

Esta novela trasmite con veracidad epatante los sentimientos de transformadora desesperación, y las inmoderadas conductas derivadas, de un viejo fuera de su tiempo al que no le queda casi nada y, de pronto, decide dejar salir a la bestia que lleva dentro para ajustar cuentas violentas con el mundo.

Tal vez a veces la violencia de este viejo resulte enfática, pero no deja de tener razón Carlos Augusto Casas, y en esencia la novela negra es siempre el intento de universalizar la tragedia perfecta de un personaje y, de fondo, de una sociedad: en este sentido nuestro autor aporta aquí algo original, pues lo que tiene de fronterizo el protagonista de esta novela negra es la vejez; ese es su territorio moral movedizo entre la luz y la sombra y entre el bien y el mal… Y hemos de decir con admirable sorpresa que la condición mortal del héroe y el derivado miedo soterrado es un asunto poco tratado en nuestra novela de género…

Rara vez al héroe de novela negra se le presenta como alguien a quien los años le han convertido en un abatido que aún sigue en pie.

En efecto pocas cosas tan efectivas y poco noveladas en el género negro como la senectud y su silenciada pero evidente proximidad a la muerte como motor para que aparezcan con virulencia los espasmos morales, el vértigo, la desesperación, el terror transformador: el punto de inflexión vital, en suma.

He aquí una novela negra estimable y prometedora (en el interesante prólogo el maestro Julián Ibáñez la califica como una mezcla de novela-enigma y de hard boiled, y nombra como influencia a ese maestro en la descripción de la oscuridad y la corrupción y las fronteras difusas entre bien y del mal que es John Connolly –autor que nos dejó en estado de shock con sus impagables novelas Perfil asesino y El camino blanco– aunque creemos que peca de modestia al no nombrarse a sí mismo, pues en esta novela sale y está Julián Ibáñez)… Una novela estrictamente negra que no evita caer en el cliché en ciertos momentos pero cuyo resultado final, además de la sensación de producto matizado de buena factura y buen acabado, nos deja en el alma una especie de catarsis de tragedia griega en versión noir que nos invita a ver sin engañarnos el doble filo que tiene la vida.

Se pasa muy mal pero muy bien leyendo a Carlos Augusto Casas. ¡Prueben!

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El escritor madrileño Carlos Augusto Casas.

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