“Formas de seguir abrazando”. José García Alonso

Diálogos en la raya / 1

Diálogos en la raya / 1

Formas de seguir abrazando
JOSÉ GARCÍA ALONSO
Ed. Alcancía, 2016

Iniciamos una preciosa sección de lecturas y conversaciones sobre arte y literatura: “DIÁLOGOS EN LA RAYA”, de la mano del profesor y escritor leonés afincado en Valladolid JOSÉ MANUEL DE LA HUERGA, con el objetivo de “celebrar la palabra de esos grandes libros de pequeña tirada, que tan a menudo pasan desapercibidos”. 
La primera entrega está dedicada a un autor leonés con muchos vínculos afectivos con Valladolid y Extremadura, JOSÉ GARCÍA ALONSO (Pombriego, León, 1962), y a la lectura de su primer libro de poemas, “Formas de seguir abrazando” (Ed. Alcancía, 2016).
En los sucesivos apartados de esta entrada se van alternando las voces de José Manuel de la Huerga y José García Alonso, quien a su vez escribe su personal réplica a la lectura del primero y aporta dos inéditos (un texto sobre el escritor bosnio Izet Sarajlić y una imagen fotográfica).

Por JOSÉ MANUEL DE LA HUERGA,
en diálogo con JOSÉ GARCÍA ALONSO

cero
diálogos en la raya

José Manuel de la Huerga.

José Manuel de la Huerga.

Pretendemos hablar de lo que se escurre, en la región transparente. Es no es. Luz no luz. La música de la frontera. Poetas que buscan un hilo de voz. Pintores de gran formato —el mundo— que tranzan apenas una raya. Narradores que leen sus relatos en voz alta, para quién. Música que se disuelve en el paisaje, que crea paisaje, eco, y espera respuesta. Agricultores. Caminantes.

¿Qué caminos decidimos surcar? Una estela invisible viene de la montaña al noroeste (y más al norte, del mar) y baja a beber el agua de unos arribes y avanza por esa barra de equilibrios, cresterías y valles, demarcaciones administrativas inservibles, donde caerse, y disolverse.

Seremos dos o tres, en raya, para trazar el camino a las estrellas, en jugadas eternas, sin solución posible. Estos problemas no tendrán solución, luego no son problemas. Son cantos.

Pasarse de la raya, adónde.

La raya de los diálogos: el silencio del comienzo previo a masticar el habla, la expectación de la mente. La raya al futuro de todo lo innombrable.

Van y vienen mensajes. Son textos tejidos, rayados, subrayados. En diferentes lenguajes. Babel no es una condena: es un gigante con pies de barro que siempre se está cayendo pero no acaba de caer.

Hablamos diálogos sin guión, sí con raya. Sin guión previo. Sin ademanes de estricta educación. Nada de manuales de urbanidad artística. Hablan los poetas, los artistas plásticos, los músicos, los traductores y lectores. Hablamos de la habitación oscura y de las instrucciones para encender la luz, las que nunca se terminan de encontrar. Hablamos de quienes intentan hacer malabares con la materia inaprensible de lo que creemos contener. Los anhelantes. Los insatisfechos. Los SolitarioS. Los recoletos. Los ingobernables. Los desordenados. Los caóticos. Los silenciosos que nunca levantan la palabra.

uno

Portada "Formas de seguir abrazando". © Foto: José Romero.

Portada “Formas de seguir abrazando”. © Foto: José Romero.

Escribo la nota biográfica completa de “Formas de seguir abrazando”, libro que hace el número 10 de la colección Alcancía, 2016. (Una silenciosa aventura extremeña donde grandes como Tomás Sánchez Santiago, Gonzalo Hidalgo Bayal y, ni más ni menos, que Antonio Pereira, han participado.) Dice: “José García Alonso, nació en Pombriego (León) en 1962. Formas de seguir abrazando es su primer libro.”

Su autor firma la dedicatoria en Santiagomillas, un 23 de abril. Gracias.

Abro, escucho la hojarasca del libro de papel recién inaugurado. Vuelvo a la portada. Sugerente, delicada: respira suave melancolía, eso nuestro que ya nos vamos imaginando. Predispone.

Reingreso en su interior. Lleva como pórtico un texto en dos oraciones titulado El frío, que también reproduzco en su integridad:

“El hielo ha escaldado ya los árboles. Parece mentira que resuciten en marzo.”

Está fechado un diciembre de 2007. Es aviso para navegantes. Su primer acierto: cuando llevas leídas unas cuantas historias de memoria, muerte y olvido en este álbum de familia, vuelves al pórtico, lo relees y regresas a las historias calladas, lejanas. Y se produce en tu cabeza un esperado chispazo en sordina: hielo, árboles, mentira, resurrección, marzo. Entre la desolación y la falsa esperanza: he ahí nuestras coordenadas de lectores. Lector, tienes entre tus manos un cuerpo que respira despacio mientras se está yendo. Como tú: bendito Walt Whitman. El secreto de su verdad está en su parquedad. Es el recuerdo de los ciclos agrarios, del hombre en la tierra: sobre la tierra, y luego, enseguida, bajo ella.

Le siguen cuatro secciones donde la narración, el verso y la fotografía despliegan un álbum familiar de recortes, piezas breves, teselas que marcan los límites de nuestro territorio de silencios: ausencias muy presentes, contenidas, que emocionan. La primera historia del Libro de familia es en apenas una página una novela completa. Saramago decía que cuando se disponía a escribir desconocía el bulto y el peso de la historia: cuento breve o narración de largo aliento. Los muertos se lo susurraban al oído: los personajes son muertos que vienen del fondo de la habitación en penumbra, a ver si nos dejamos abrazar.

El silencio y la contención voluntaria, disciplinada, de varias décadas probablemente, vuelve este primer libro en una caja de verdad, de nuestra verdad: una caja de huesos que rozan y producen el mismo ruido triste de los cuerpos cuando se aman. Cernuda al fondo mira. Uno sospecha que hay mucho inédito que quedó en el cajón, mucho papel también roto. Y en ese ejercicio de selección tienen más poder los textos dados a la estampa: los que no están susurran en la penumbra, ahí siguen. Lo esencial nos llega mejor, sostenido por los otros, los del limbo. Estalla así un espacio de silencios, poderosísimo, como una revelación.

El ritmo de los versos, meditativo y elegiaco, que nos acompaña en el consentimiento de nuestra pena, es alegría de haber sido, de estar con, de haber estado con, de seguir estando… abrazados en la penumbra de los recuerdos. Ese ritmo me marca el paso de las páginas: despacio, vuelvo, cierro y callo. Mañana, otro. Un tono de dolor en sordina, de pregunta continuada, no retórica, sin respuesta (recalco, sin respuesta posible) me sitúa al borde de mi condición. Memento.

¿dónde encontrar las respuestas
mientras ahorco y desnudo a mi peonza
y la condeno
y gira moribunda?

La infancia se perpetúa en la mirada del joven poeta de cincuenta años. Qué fácil hemos disuelto el tiempo. Es el primer libro de adolescente de cincuenta que leo en mi vida. Un Rimbaud a la inversa: con la rebeldía de los diecisiete vuelta plegaria insumisa. Ternura y aceptación son ingredientes de la fórmula. La poesía no es patrimonio de ningún jovencito loco, melenudo que vive a la contra y se escapa de vez en cuando al desierto de la meditación.

José García Alonso baja de la montaña el día de mercado y pone su primer manojo de fotos y palabras en exposición pública.

Con historia y memoria.

Con cuánta ilusión: he aquí, paisanos, los productos de mi huerto. Ved y leed.

Con silencio, arrastrando los pies lo justo para marcar ese ritmo de elegía consoladora.

La voz de los mineros. La de las casas abandonadas, semiderruidas. La de los escondidos en tiempos de miserias, siempre. Los trenes detenidos en las estaciones provinciales, y un niño que mira. Qué os puedo decir si todo esto ya no está, y puede que sea una deformación de la mirada. Un capricho. Un espejismo melancólico del que dobla la esquina en el camino sin retorno.

Sólo la música de las palabras queda como consuelo.

dos

José García Alonso. © Fotografía: Begoña Múñez.

José García Alonso. ©Foto: Begoña Múñez.

Estimado José Manuel, gracias por tu lectura de Formas de seguir abrazando. Leídos tus comentarios recordé un texto –por lo que de promesa encierran tus palabras para posibles lectores– de César Martín Ortiz que dice así: “Ante un buen prólogo dan ganas de no leer más, de atesorar las expectativas que ha suscitado en nosotros y quedarnos con ellas sin tratar de satisfacerlas”. Tus palabras no son un prólogo, claro está, pero tus reflexiones en torno a lo que se dice en Formas… -lo que se manifiesta- y lo que allí se calla –lo que se sugiere– quizá levanten expectativas que no acaben de colmarse tras la lectura del libro.

Reparas en la portada y dices de ella que “respira suave melancolía”. María Jesús Manzanares, su autora, abrazó el libro con esos personajes cargados de memoria y de realidad, de melancolía y de sueños, de soledad y de solidaridad, de dignidad, en definitiva. No puedo imaginar mejor portada para este libro: lo que ya no está pero aún respira.

Y es verdad que hay tiempo y tiempo, como dices, en la escritura de este libro, cuyos textos, como fácilmente deducirá quien a él se acerque, nacen en momentos y de emergencias personales variadas. Son textos que no tenían como destino un libro concreto –salvo una buena parte de los poemas–, textos que transitan buscando (y no estoy seguro de esto que digo) lo que de lenitivo tienen las palabras frente a la aspereza de los días, del dolor, de la memoria y del olvido, del silencio más íntimo. Así, su construcción como libro ha obedecido a esa intención también, la de dejar muestra del territorio por el que uno camina y ha caminado, muestra de las piedras en las que uno tropieza y tropieza sin importar en qué tiempo, muestra de la vista borrosa que tenemos los miopes. Cartografiar, en definitiva, el invierno de los valles por los que he transitado desde hace años. Escribir, al menos en mi caso, y aunque pueda parecer un tópico, no es otra cosa que esa pelea, dolorosa siempre, que se establece entre quien escribe y sus palabras, “El que enciende la lengua/y desordena.”, citando a Tomás Sánchez Santiago, la búsqueda de esa chispa que quema, que te hace sentir, entonces sí, vivo. Hace poco escuchaba decir a Jesús Carrasco que escribir una novela requiere grandes cantidades de fe y esfuerzo. Es cierto, para cerrar un texto, importa poco que sea novela, relato o poesía, hacen falta fe y esfuerzo. Pero para la poesía –y para otros textos que cuestionan intencionadamente los géneros– quizá se necesite en su arranque más incertidumbre que fe, más espasmos que esfuerzo. Y después sí, el trabajo, después la costumbre –común a muchos, por otra parte– de apagar la luz de los escritos durante bastante tiempo para saber si pasado ese trance siguen iluminando, si me pertenecen o no los reconozco. Y después ese tocar y retocar los textos, esos lugares por los que uno pasa, y pasa y pasa, y nota una cera que, engañosa en su brillo, obliga a un trabajo de deslustre para evitar el resbalón y poder pisar seguro y acabar por oír triunfar su música de fallos, como también nos dice el maestro Tomás Sánchez Santiago. Pero nunca llega el texto que uno escribe, al menos en mi caso, a reflejar, a “decir” en pureza aquello que uno quiere contar, lo que uno siente, lo que uno imagina. Por eso el refugio de la lectura es más satisfactorio. Exento del desasosiego que produce el intento de crear, leer, cuando uno se encuentra con un texto del que comulga, resulta tan creativo como escribir y libra, me libra, de la ansiedad que genera querer “decir” y no poder (o no saber). ¿Para qué escribir, me pregunto a veces, si ya hay quien pone esas palabras, las que a uno se le resisten, en el mundo? No encuentro una respuesta que vaya más allá de este ilógico postulado: se escribe para curar a la vez que se escribe para enfermar, para cerrar heridas a la vez que nos hacemos nuevos cortes, para atemperar el dolor a la vez que se apura hasta el extremo el giro de alguna otra articulación. Y eso, y no otra cosa, busco también como lector. Ese texto que reconforta y duele y en el que estarías chapoteando media vida porque sabes que aquello que allí se cuenta no se puede decir mejor. Esa música: la de esas voces que yo he amado, las que vibran en la memoria, las que susurran siempre desde el fondo de la habitación. Quizá el eco de alguna de esas lecturas esté en Formas de seguir abrazando, ¿quién sabe? Voces como las del lacianiego Luis Mateo y su Celama y sus (Las) estaciones provinciales; las del Tomás Sánchez de sus cuadernos y su En familia y su Calle Feria; las voces (y los silencios de Nemo –genial novela que he acabado de leer estos días pasados–) del Espíritu áspero de Gonzalo Hidalgo Bayal o de sus paradojas y sus interventores (siempre las estaciones, siempre provinciales); las voces silenciadas de José María Pérez Álvarez y su (La) soledad de las vocales (más estaciones y más provinciales aquí); las de La lluvia amarilla de Llamazares y las de sus bueyes lentos; las de los Cien centavos del genial y desconocido César Martín Ortiz; las voces del maestro de la ironía y del noroeste, nuestro querido Antonio Pereira; las del maestro de maestros, el otro Antonio, Gamoneda, bendito óxido en su lengua; las del Claudio gigante que vino del cielo, como la claridad; las voces de Olvido que van Del ojo al hueso; las voces idas, que no paran de buscar, como las de Viñals o Francisco Pino. Y se podría seguir con Rulfo, con Vallejo, con Valente… Estaciones a las que uno llega como lector y se queda en ellas para siempre.

Si, en palabras tuyas, en Formas de seguir abrazando están los productos de mi huerto, aquí dejo ahora una pequeña descripción del mismo, de cómo lo riego, de lo que allí trasplanto, del vapor de ese caldo hecho con las berzas que aún resisten al hielo y los inviernos en ese huerto llamado memoria.

Y gracias, de nuevo, por tu lectura. Salud y suerte.

José García Alonso

Ponferrada, 29 de agosto de 2016.

tres

José Manuel de la Huerga.

José Manuel de la Huerga.

Releo “Formas…” junto al agua de Sanabria. Tras-estos-montes. Descubro en la pared de la presa una grieta común con los “Cuentos de la montaña” del médico Torga, que también leo, un ejemplar en cada mano. Se engastan ambos textos. Álbumes familiares para desaparecidos, disueltos bajo el agua de los diques de contención de la historia que terminan reventando. Gente de la frontera que desaparece en los cruces, contrabandistas enamorados.

Un vagabundo celebra la cena de Navidad con la única compañía de las esculturas de la madre y el hijo que saca de la iglesia, al calor de un pequeño fuego en el atrio.

Formas de seguir abrazándonos a qué vacío.

cuatro

(dos inéditos de José García Alonso)

José García Alonso. © Fotografía: Begoña Múñez.

José García Alonso.

A principios de este año leí Sarajevo, un libro de poemas de Izet Sarajlić. Publicado por Valparaíso, con traducción de Fernando Valverde, se trata de un libro impactante por la humanidad y dignidad que en él respira, que respira en la poesía y en la vida del ya desaparecido Sarajlić. Algún tiempo después de su lectura, pero aún marcado por ella, escribí este texto como homenaje al poeta bosnio, a su ejemplo. Bebí para ello de sus extraordinarios poemas “Una calle para mi nombre” y “Teoría de la distancia”.

Homenaje a Izet Sarajlić

Portada de Sarajevo, de Izet Sarajlić.

Portada de Sarajevo, de Izet Sarajlić.

Es terrible la verdad de la poesía de Izet Sarajlić. Avanzo leyendo Sarajevo y a la altura de “Adiós a Željko Marjanović” tengo que pararme a llorar y tengo que dejar Sarajevo, algo que nunca hizo Izet.

Fuera de Sarajevo, en mi casa, tras la ventana que da a la plaza, también está lloviendo. En esta pequeña ciudad, este invierno, no para de llover. Estamos a finales de abril y el agua está barriendo la flor de los cerezos. Parece que no será buena la cosecha. Pero la gente que gira y gira en la plaza no piensa en la cosecha. Bastante tienen con girar y girar, escondidos, bajo los paraguas abiertos. Desde esta ventana del quinto piso, bajo sus paraguas abiertos, todos ellos parecen una idéntica persona repetida que da vueltas y vueltas y no quisiera salir nunca de la plaza. Pero yo sé que eso no es cierto, que no hay dos paraguas iguales, que es esta vista cenital de francotirador la que me engaña. En la Sarajevo de Izet la lluvia, cuando cae, no es solo lluvia, y cada paraguas cobija a un santo.

Izet también es un santo, él no lo dice, pero yo sé que lo es. Por eso he buscado en mi ciudad una calle para su nombre. Al principio buscaba un puente para su nombre, uno en el que yo pudiese darle la mano y en el que él pudiese abrazar a Mikika, y cruzarlo los tres juntos para poder ver en sus ojos cómo es el amor que cruza tranquilo un puente, sentir en mi mano la fiebre humana de sus versos mientras aprieto la suya. Pero no he sido capaz de encontrar ese puente. Pregunté por todos los que conozco, busqué en todos los mapas, y todos tienen un muerto, un ahogado, alguna leyenda en la que triunfa la desgracia, y como hoy es lunes, y no hay puente que sirva para su nombre, y quizá el martes sea demasiado tarde, he buscado en mi ciudad una calle para su nombre. Una calle estrecha, corta como su nombre, sin tranvías –¡me hubiera gustado tanto que tuviese tranvías!–. Puedo ir hasta ella andando, allí puedo verle y abrazar su nombre íntegro: Izet Sarajlić, santo de Sarajevo.

Ponferrada, 2016

"Diario de la memoria". © Fotografía: José García Alonso.

“Diario de la memoria”. © Fotografía: José García Alonso.

 

  1. El libro de José García Alonso se presentará el próximo día 3 de noviembre de 2016, jueves, a las 19:00, en el Museo de la Radio de Ponferrada, y el autor estará acompañado por Ester Folgueral y Juan Ramón Santos. Seguiremos informando…

  2. Por cierto, los autores de esta entrada insisten en que el diálogo sigue abierto, y que podéis dejar vuestros comentarios aquí para seguir hablando…

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