Black is black

Kasimir Malevich. “Cuadrado negro sobre fondo blanco”. 1913.

Por LUIS GRAU LOBO

Una de las cosas que más se extingue en verano, aunque sea de manera contingente, consustancial a su carácter de ‘temporada’, es la sensación de realidad, la perentoria impresión de estar en el mundo, el interés por habitarlo. Esa rueda que no cesa de girar, aparenta detenerse por unos días. Un tiempo fangoso sin apremios y sin certezas se despliega bajo nuestros pies enchancletados. Cierto es, he de advertirlo previamente, que la sensación dista de novedad o extrañeza. En los últimos tiempos retroceden a marchas forzadas viejunos conceptos como la verosimilitud, la autenticidad o la coherencia. Pásmense con Trump, of course. Vivimos un verano perpetuo, y no es por el cambio climático. Pero no me refiero a ese quebranto patrimonial del raciocinio, que sí eleva peligrosamente una irredimible prima de riesgo, sino a otra suspensión de la realidad con carácter estacional, achacable a las insolaciones, las bebidas carbonatadas o los esforzados tránsitos intestinales y viarios. El país se puebla de expedientes X y la verdad no está ahí fuera, que hace mucho calor, sino a la sombra de una sombrilla, qué maravilla. El sentido común se va a la playa, producto de una falta de interés epidémica, risueña, amodorrada. Véase: se ojean periódicos al azar, casi sin pretenderlo, y se encuentran reportajes lánguidamente irreales, carentes de atractivo alguno. Declara un presidente del gobierno en los juzgados y, aunque todos sabemos que miente (presuntamente), bajo juramento esta vez, nos preocupa más el sabor algo avinagrado de la ensaladilla rusa. Lógico. El caso está resuelto hace años, y sin embargo the show must go on. Otrosí, entre Cataluña, Venezuela y demás destinos turísticos, se nos olvida hasta quejarnos de lo mal que va León (y de los sitios que, por desgracia para ellos, no son León). En medios más de cercanías, otro show: declaran los siete sabios del milenio que viene (el cuarto) sobre el copón bendito como si fuera el gato de Schroedinger. Un bostezo corta la risilla floja. Esperamos el definitivo testimonio de Terry Gilliam, que él sí que sabe. O de Dios, que, según afirman, está en el ajo.

La noticia de mayor enjundia y trascendencia del verano ha sido el estreno de la temporada de Juego de Tronos (GoT para los iniciados). Este serial no se rinde a la galbana veraniega porque su invierno siempre inminente, siempre presente, nos sitúa en una estación sólida, lejos de figuraciones y espejismos. Por eso triunfa la novela negra escandinava, la sangre sobre la nieve se distingue muy bien. En verano, sin embargo, matamos el rato en una canícula sin contrastes. Añorando las emociones del black is black. Y el momento en que volveremos a casa, o al otoño, que es más o menos lo mismo. Y entonces, el negro será negro como solía. O no. Bad is bad. That I feel so sad. It’s time, it’s time. That I found peace of mind. Ooh-Ooh. What can I do.It’s gray, it’s gray…

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 29 de julio de 2017)

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