Termidor 17

El escritor leonés Ignacio Fernández Herrero cambia de tono, recupera la lírica sentimental e inicia una nueva serie creativa para TAM TAM PRESS que no tiene nada que ver con la anterior (“POSCONTEMPORÁNEOS”). Se trata de un epistolario con el título general de “CARTAS A BIRKIN”. Cada mes, más o menos, iremos publicando una carta con el título de ese mes según el calendario de la revolución francesa. Todo muy francés.
El título de esta tercera entrega, “Termidor” (en francés Thermidor) es el nombre del undécimo mes del calendario republicano francés, el segundo de la estación veraniega, que dura desde el 19 o 20 de julio hasta el 17 o 18 de agosto, según el año. Coincide aproximadamente con el paso aparente del Sol por la constelación zodiacal de Leo.

Por IGNACIO FERNÁNDEZ HERRERO

El caso, madame, es que este verano, a causa de su fallecimiento, devolvió a la actualidad la figura de Simone Veil y nos hizo pensar y comparar cómo sentíamos Santos y yo, al igual que otros seguramente, los mundos políticos y cómo se nos manifiestan ahora. Tal vez sea la nostalgia la que me lleva a escribirle a usted sobre este asunto o tal vez no, pero comprenderá que algunos abismos se han abierto entre aquellos años ingenuos y este presente aturdido.

Del mismo modo que nos dábamos al juego nominal con los meses revolucionarios, era aquél un tiempo de intercambio de otros nombres y otros contenidos. Descubríamos figuras de la política francesa que nos animaban no tanto a disputar como a compartir, sobre todo en un país como el nuestro donde, al contrario de lo que presumían los falangistas perennes, nunca terminaba de amanecer. Lanzábamos en la conversación un nombre, un prenom como dicen ustedes, y nos obligábamos a rastrear biografías y trascendencia. El de Simone fue uno de los más sobados, pero también el de François en los últimos años de nuestra complicidad intelectual. El de Valery nos servía de comodín para las bromas. Lo cierto es que hablábamos de ellos sin mencionar sus apellidos, como si formasen parte de una familia que construíamos al alimón a medida que ensanchábamos nuestro horizonte. Dudo mucho, la verdad, que hoy figurase en ese catálogo Enmanuel, a pesar de toda esa popularidad artificial con la que ha sido bendecido. Reconozcámoslo: era otro nivel. Ni mejor ni peor, otro.

También nosotros éramos otros, evidentemente. No es fácil suponer por dónde derivaría hoy Santos ante tantos esperpentos políticos como los que se suceden en este siglo, pero no creo que se mostrase muy activo. Recuerde usted que en sus últimos meses gustaba sobre todo de frecuentar jardines privados y mesas camilla en lugar de plazas públicas. De hecho, sufrió de una forma inesperada el atentado que llevaron a cabo los servicios secretos franceses contra el Rainbow Warrior en 1985 y convino conmigo en apartar de inmediato a François de nuestro elenco. Sin más contemplaciones. En fin, eran años de adhesiones inquebrantables y de odios repentinos. No sé, madame, si usted se acordará del Atolón de Mururoa y de aquellos ensayos nucleares. Da la impresión de que sea una historia muy antigua, incluso clausurada. Sólo la histriónica Corea del Norte protagoniza hoy esos asuntos, como si el resto del planeta fuese un lugar desnuclearizado y de la agenda de la rebeldía hubiesen desaparecido para siempre las protestas contra esa amenaza. El caso es que muchos de aquellos jóvenes irritados son los que hoy gobiernan y quizá eso lo explique en parte. Otros de ellos continúan buscando con dignidad la identidad extraviada más que el paraíso perdido. Los vi poco después de caer el muro de Berlín, en el barrio de Kreuzberg, tomando cerveza y entregados aún a una melancolía sin causa. Santos hubiera escrito una tesis al respecto.

Bueno, posiblemente todos andemos ensimismados. Así como aquellos eran, según entonaba un grupo español del momento, malos tiempos para la lírica, los presentes lo son sin duda peores para la épica. Cosas del individualismo creciente. Yo mismo, si pienso en los mares inmensos que envuelven Mururoa, allá en la Polinesia Francesa, no es el atolón infectado lo que me viene a la cabeza sino una isla más al nordeste, Hiva Oa, en concreto la localidad de Autona, donde descansan Paul Gauguin y Jacques Brel. Es mi modo de evadirme y aislarme del drama. Aunque le confesaré que de vez en cuando recupero todavía Rebelión a bordo, cuya deriva curiosamente llevó también a aquellos marineros británicos a las playas cercanas de Pitcairn. Vuelvo entonces, como diría Melville, a sentir deseos de embarcarme de nuevo sin ruido ni alboroto.

En fin, así seguimos y resistimos. No creo que haya sido mala idea, pues, traer a nuestra correspondencia la memoria de Simone Veil y de los Mares del Sur. Seguro que a ambos nos complace. Con afecto.

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