Brumario 17

El escritor leonés Ignacio Fernández Herrero cambia de tono, recupera la lírica sentimental e inicia una nueva serie creativa para TAM TAM PRESS que no tiene nada que ver con la anterior (“POSCONTEMPORÁNEOS”). Se trata de un epistolario con el título general de “CARTAS A BIRKIN”. Cada mes, más o menos, iremos publicando una carta con el título de ese mes según el calendario de la revolución francesa. Todo muy francés.
El título de esta sexta entrega, “Brumario”
(en francés ‘Brumaire’es el nombre del segundo mes del calendario republicano francés, el segundo también de la estación otoñal. El nombre del mes deriva del francés ‘brume’, que quiere decir bruma. Este mes dura desde el 22, 23 ó 24 de octubre, y acaba el 20, 21 ó 22 de noviembre. Coincide aproximadamente con el paso aparente del Sol por la constelación zodiacal de Escorpio.

Por IGNACIO FERNÁNDEZ HERRERO

Bruma no es tanto el fenómeno atmosférico como la falta de claridad con que se expresan nuestros recuerdos. Así lo pienso, Jane, a medida que se suceden estas cartas que le remito, pobladas más con ecos de un pasado borroso que con la crónica de una actualidad exterior poco estimulante. Es, salvando las distancias, lo que nos enseñó el poeta José Ángel Valente: “Hablar de la propia vida es entrar de lleno en el terreno de la ficción”. Así mismo lo que escuchamos juntos, Santos y yo, en una conferencia del escritor Torrente Ballester en nuestros años de estudiantes universitarios. También la bruma me impide ser exacto, pero más o menos venía a explicar que la novela es la vida de uno mismo atravesada por la imaginación o la fantasía. Quizá por ello, quien un día recoja este epistolario y lo lea desde la distancia, temporal y emocional, pensará que hay en él más de novelesco que de real y no se equivocará. Sin embargo, usted y yo conocemos bien cuanto contiene de cierto, a pesar de las neblinas.

Le hablo de la escritura y de nombres a ella ligados que nos alimentaron en nuestra juventud: Valente, Torrente, otros que han surgido en entregas anteriores… También, claro, Patick Modiano y Paul Verlaine. De aquel viaje bautismal a París (1981, recuerde) nos trajimos el botín de La rue des boutiques obscures y Poèmes érotiques después de pasear por librerías y buquinistas como bisoños devotos de una religión pagana. La librería Shakespeare & Company fue, por supuesto, el primer altar de nuestras oraciones, no así por comulgar con el Ulises como por santificar los mitos, que era obligación ineludible para los seminaristas de las letras. No dejábamos de ser dos aprendices del idolatrado entonces Bernard Pivot y de cuanto sabíamos (poco, muy poco en verdad) de su programa televisivo Apostrophes. Pura y simple postura la nuestra, como la de tantos otros en aquellos años.

Leo ahora, en este periodo de mi existencia, los suplementos culturales y otras publicaciones sobre la actualidad literaria y le confieso que no llego, que la mayoría de los nombres me son ajenos y que la velocidad de títulos y reseñas devora mi afán por retener la información. Acabo desistiendo y regreso a mis lecturas habituales, como regreso al cine y a la música de siempre, todo ese velo de la historia personal que se expresa sin embargo con nitidez. Bien al contrario de lo que sucedía en aquellos años en los que éramos capaces de seguir los ritmos de las publicaciones y presumíamos de estar al día, quizá porque nuestros ritmos de lectura eran otros también y nuestros ojos no se mostraban tan turbios como en el presente. Tan sobrados andábamos que incluso nos permitíamos jugar con el porvenir y Santos y yo nos dedicábamos a aventurar quiénes de entre nuestros contemporáneos merecerían un día ser considerados clásicos. No teníamos dudas: Francisco Umbral por encima de todos.

Embebidos andábamos por aquellos años en Mortal y rosa él y en Las ninfas yo, y en ambas ambos, casi nuestras lecturas de cabecera. Y en sus columnas periodísticas abrazadas por el título de Spleen. Sin embargo, me temo que aquel supuesto clasicismo no será tal, sobre todo si atiendo a quienes encabezan hoy la lista de lecturas requeridas en los programas doctorales de las universidades estadounidenses: Camilo José Cela y Carmen Martín Gaite. ¡Ah, Carmen Martín Gaite! ¡Ella sí! Como Torrente, nos visitó por entonces en aquella universidad expulsada del claustro urbano, con apenas una facultad y media y rodeada por campos aún sin domesticar. Se asomó a una de las ventanas del Departamento de Literatura y exclamó: “Esto sí que es un auténtico campus. ¡Tiene hasta vacas!”.

Sí, vacas teníamos, señora, e ilusiones juveniles que nos dejaron una huella inmarcesible. Incluso, con afán de dandis, nos atrevíamos a remedar a Luis Antonio de Villena con unos guantes amarillos. Todo esto no lo vio usted, pero yo se lo cuento con idéntica devoción a la que, seguramente, empleaba Santos cuando le hablaba. En ello insistiremos, si me lo permite. Con afecto.

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