Nivoso 18

El escritor leonés Ignacio Fernández Herrero cambia de tono, recupera la lírica sentimental y desarrolla una nueva serie creativa para TAM TAM PRESS que no tiene nada que ver con la anterior (“POSCONTEMPORÁNEOS”). Se trata de un epistolario con el título general de “CARTAS A BIRKIN”. Cada mes, más o menos, iremos publicando una carta con el título de ese mes según el calendario de la revolución francesa. Todo muy francés.
El título de esta octava entrega, “Nivoso” (en francés Nivôse) es el nombre del cuarto mes del calendario republicano francés, el primero de la estación invernal, que comienza el 21, 22 o el 23 de diciembre y termina el 19, 20 o 21 de enero, según el año. Coincide de forma aproximada con el paso aparente del Sol por la constelación zodiacal de Capricornio.

Por IGNACIO FERNÁNDEZ HERRERO

Que no eran así antes, que eran mucho peores, dicen, los inviernos. Y, sin embargo, la paradoja reside en que uno los recuerda cálidos como cálida era seguramente aquella juventud a la intemperie. No digo la infancia de sabañones y pantalón corto, también callejera, una época mucho más cruel que en el caso de Santos, recordaba a menudo, fue corta por fortuna porque corta fue la carrera futbolística a la que aspiraba un miope con afán de guardameta. No, me refiero a la juventud huidiza de la casa paterna y arrojada a las calles para sobrevivir sin importar estación o calendario.

Casarse a los 19 años, como hizo usted con John Barry, no formaba parte de nuestros planes ni era la fórmula elegida el matrimonio para emanciparse de nada en aquellos momentos. Pero no la juzgo, bien lo sabe; hasta aquellos tres años suyos con él anidan a mi juicio en sus éxitos como compositor de bandas sonoras. Y, de no ser así, me da igual, francamente. Incluso la imagino a usted tarareando los acordes de Midnight Cowboy, que ya es imaginar, la primera pieza con la que nos asomamos al catálogo de Barry. Precisamente en él, como en otros, y en las imágenes que envolvían aquellas melodías habitaba buena parte del secreto para combatir los inviernos dicen que mucho más severos que los de ahora.

Y seguramente era así porque hace años que no he vuelto a pisar una sala de cine. No necesito ya ese espacio ni para refugiarme ni para formar parte de ninguna tribu. Entonces sí. Porque había inviernos en verdad nivosos y porque existíamos en lo tribal más que en los soliloquios. Y porque había películas de comunión obligatoria, por supuesto, que reclamaban puestas en común pedantes a continuación. Entre todas ellas, las películas francesas, que nos dejaban a Santos y a mí estupefactos, La genou de Claire o cualquiera que interpretase Jean-Louis Trintignant, para acabar rindiéndonos sin embargo, como tantos otros, a la genialidad de Bogdanovich cuando pudimos ver The Last Picture Show. Bromeaba Santos con que rodillas como las de Claire eran más que posibles en Palomares, donde la hierba crecía lenta como en las películas de Rohmer, pero a quien no habría manera de encontrar allí era a Cybill Shepherd y a aquellos muchachos atribulados de Anarene. Y en cuanto a Trintignant, no sé bien, quizá lo único que hubo en nosotros fue una especie de nostalgia por anticipación, como años más tarde escuchamos en la canción de Vincent Delerm: “es un poco decepcionante / Deauville sin Trintignant”.

De tal manera que nuestra agenda invernal era saltar de cineclub en cineclub y de sesión continúa en sesión golfa con tal de estar abrigados entre butacas. Las programaciones, las salas, las formas de ver películas entonces nos lo permitían. Además, si los cines ocupaban locales destacados en el centro de las ciudades era porque se trataba también de una actividad social, más aún en una ciudad de provincias, y no un simple elemento más del ocio comercial, como me cuentan que sucede ahora. Era hermoso pasear por las calles y que, de repente, te asaltase un enorme cartel en la fachada de una de aquellas salas legendarias. Como nos ocurrió a Santos y a mí paseando por el Barrio Latino con el anuncio de Passion de Godard. Fue en nuestro segundo viaje, en el año 82, si recuerda. Aquel verano en que nos entretuvimos los dos buscando inútilmente a Angelita por las boutiques y los cafés de Saint-Germain. No dimos con ella pero, a cambio, nos encontramos con la imagen poderosas de Hanna Schygulla, a la que seguramente no habíamos prestado suficiente atención y desde entonces decidimos venerarla por los siglos de los siglos. Le confieso, madame, que ahí tuvo inicio mi infidelidad y, como usted no ignorará, empecé a dejarme querer por la lengua alemana. Ya sé, ya sé que fue usted misma la que me advirtió de que Hanna residía también en París desde el año anterior. Exactamente desde el mes nivoso de 1981, lo que celebro con esta carta que por mes semejante hoy le envío. Afectuosamente.

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