“Giant”, cuatro impresionantes esculturas de Francisco Leiro en el Patio Herreriano (Valladolid)

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La Capilla del Museo Patio Herreriano, en Valladolid, muestra desde el 14 de marzo, y hasta el 1 de julio, cuatro gigantescas esculturas del artista gallego Francisco Leiro. Entrada gratuita.

Por ELOÍSA OTERO

Francisco Leiro (Cambados, Pontevedra, 1957) formó parte en la década de los setenta del grupo surrealista Foga, acentuándose en estos momentos en su escultura la mezcla de elementos surrealistas y de una figuración más lánguida que mostraba la parte más sarcástica de la condición humana. En estos años celebrará su primera exposición individual en la Sociedad Cultural de Cambados (1975), con tan solo dieciocho años. A comienzos de los 80 participó en la última exposición colectiva de Atlántica. Surgió no como un movimiento, sino como un grupo de personas que pretendían “discutir el país”.

Leiro pertenece, por tanto, al grupo de artistas del siglo XX que protagonizó un cambio de dirección en el arte español. El clima de euforia que rodeó al nacimiento de la joven democracia española se manifestó en el arte en la forma de una explosión plural que incluía artistas como Ferrán García Sevilla, Juan Muñoz, Manolo Quejido, Susana Solano, Juan Uslé y Miquel Barceló.

La obra de Leiro apareció en un clima dominado por las ideas de la Transvanguardia italiana y el Neoexpresionismo alemán, aunque existe un conjunto de relaciones mucho más complejo que incluiría el Surrealismo, el Manierismo gallego, la escultura románica, la tradición policromática; así como el impacto del arte popular y de escultores europeos contemporáneos.

En los años ochenta el artista se interesó por la mitología, las tradiciones culturales y los rasgos faciales o psicológicos peculiares de los gallegos para, posteriormente, centrarse en las relaciones entre cuerpo y mobiliario, siempre con su particular mirada mordaz.

A pesar de este marco conceptual, Leiro se inspira en las pautas de su vida cotidiana. Explota los gestos físicos de la gente que ve a su alrededor y se rinde a su lacónico sentido del humor, así como a su mirada irónica y a menudo exagerada hasta lo surreal. A finales de los ochenta Leiro se traslada a Nueva York donde reside desde entonces sin renunciar a largos periodos en su estudio de Cambados.

Durante la inauguración de la exposición, el artista gallego dijo estar muy emocionado con su visita a la capital vallisoletana tras haber disfrutado de la Catedral y el Ecce Homo de Gregorio Fernández que, además, “ya sabéis que es gallego”, apuntó a los presentes. En cuanto a su exposición en el Patio Herreriano, aseguró estar muy contento de la experiencia, al haber tenido la oportunidad de experimentar “lo que es la escala en la escultura monumental”: “Cuando sometes la estatura humana a competir con el espacio, te permite el lujo de jugar a ser modelador de la naturaleza. Esta Capilla me ofreció esta posibilidad”. De esta manera además, a su juicio, se permite dar a los personajes, que son obreros y trabajadores, un plus de titanes, de grandes héroes. “Definitivamente el arte es sanador, algo maravilloso y hay que acercarse a él porque nos va a ayudar a vivir y a olvidarnos de lo frustrante que puede ser a veces la vida”, advirtió el escultor.

Como escribió en su día José Marín-Medina, y como se podrá comprobar en esta muestra, la obra de Leiro se caracteriza “por tener un particular proceder asilvestrado, un singular espíritu agreste, que obedece a razones humanas profundas y a una instigación de la realidad extraordinariamente consistente. Ese recio aliento se plasma en un radical concepto objetivista de la escultura, en la aceptación de lo escultórico como objeto real que se reafirma en sí mismo, desde su independencia, es decir, su resistencia o entereza respecto al artista. Por eso, las obras de Leiro remiten al criterio que Baudelaire mantenía de que la escultura es un arte brutal y objetivo como los hechos de la Naturaleza. Pero es que, además, ese brío de adentro de Leiro penetra la masa escultórica en su obra entera, sus formas voluminosas y rotundas, la manera especialmente fuerte de su talla directa, así como la textura insuave al tacto de las superficies desiguales –como una piel sin pulimento– de sus maderas”.

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:: Las cuatro obras de la exposición

MEAT MARKET, 2009. Cedro (350 x 150 x 130 cm)

  • Homenaje a los empleados del extinto mercado de la carne en Chelsea, Nueva York. Es muy formalista en la pose y en la fuerza del personaje, muy clásica. El mandil que le cubre las piernas convierte al personaje en un poderoso volumen frontal que se prolonga en el torso. Mientras con la mano izquierda sostiene un machete lleva la mano derecha al hombro izquierdo para cargar sobre la espalda un cerdo abierto en canal. El gesto de la mano con el machete podría recordar al Perseo de Benvenuto Cellini. Todo pretexto permite profundizar en un tema para abordar los retos que impone la escultura.

BOUZAS, Vigo. 2009. Madera de chopo teñida (400 x 177 x 91 cm)

  • Homenaje a los trabajadores de los astilleros de Bouzas (Vigo). En este caso la figura representa a un soldador. Posee también algo de monumento, tal vez por las dimensiones. En todas las figuras de gremios o de oficios aparece un tratamiento formal que lo acerca a lo monumental, a una cierta escala monumental que queda rebajada a través de la temática de lo cotidiano.

MARISCADOR, 2011. Madera de cedro y hierro (350 x 140 110 cm)

  • Representa a un mariscador de la Ría de Arousa. Es muy importante la ropa en la obra de Leiro durante los últimos años. En este caso se trata de la ropa que usan los “mariscadores de a pie”. El hombre aparece blandiendo un “raño”, que se utiliza para recolectar almejas y berberechos. A nivel formal destaca la composición del sujeto y el objeto o instrumental.

AFRODITA, 1997. Pino amarillo pintado (365 x 287 x366 cm)

  • “Fue una obra que realicé a mediados de los noventa (1994) y formaba parte de una exposición sobre los géneros que inauguré en la galería Marlborough de Nueva York en 1997”, explica el artista. “Se trata de una fantasía con zapatos que tienen tres tacones y con una gran cola de plumas que podría evocar los carnavales de Brasil o a una ‘drag queen’ de las Islas Canarias”. El propio título de la obra ya denota que se trata de una ironía. El humor tiene la función de poner límites a lo que pudiera parecer grotesco a algunas sensibilidades y de este modo se desvía cualquier discurso sobre la belleza. De alguna manera Leiro también apunta a las relaciones casi siempre conflictivas, aunque no dramáticas entre hombres y mujeres. Estas afloran sustentadas en imágenes míticas o desquiciadas, llevadas a un extremo de formas disparatadas, como extraídas de los sueños.

 

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

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