Un caso de celos

© Fotografía: Óscar García Bárcena.

Un nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, escritora nacida en Valderas (León) y afincada en Madrid, dentro de su sección “Trazos de sombra”, sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. El tema, en esta ocasión, es la celotipia o el delirio de celos. / Ilustrado con una fotografía de ÓSCAR GARCÍA BÁRCENA.

UN CASO DE CELOS

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Le escribo, señor juez, para que sepa que me tienen retenida contra mi voluntad, ha sido mi marido el que me ha encerrado en este lugar horrible para perderme de vista y poder hacerlo a sus anchas con la pilingui del quinto C.

Hace un año descubrí que me la pegaba con ella, lo noté porque las cosas de mi mesita de noche estaban cambiadas de sitio. La combinación rosa no estaba donde yo la había dejado, ni el pintalabios marrón, ni las esclavas de plata. Y la colcha estaba desordenada. Él trabaja hasta las seis pero entremedias viene y aprovechan mis ausencias para acostarse en mi cama. Ese olor a sexo que desprende la habitación cuando llego es inconfundible. Nosotros hace mucho que no tenemos relaciones, no se le empina, claro, cómo se le va a empinar si está de hacerlo hasta la saciedad con ella, es una provocadora indecente que exhibe en el tendal una ropa tan indecente que debería estar prohibida que la fabricaran. Por eso, al ver el body negro con encaje y puntillas color fucsia en la ventana como un reclamo, subí y la dije lo que no está escrito. Sí, la llamé buscona y furcia, no voy a negar lo que es verdad. Le solté un guantazo, le agarré de los pelos, me rompió la blusa. Pero mientras ella se quedaba en el rellano soltando la lagrimita fácil, a mí me trajeron aquí como si estuviera loca y no lo estoy, estoy bien cuerda.

El problema es que nadie me cree. Mi hija, que vive en Londres, dice que son paranoias mías y Ezequiel, que así se llama mi marido, lo niega todo, tonto no es y cuando viene a hablar con el psiquiatra, como ayer, pone cara de no haber roto un plato. Pero es todo un complot en el que hasta el propio médico está compinchado. Esta mañana me llamó y tuvimos la segunda entrevista. En la primera reconozco que como acababa de llegar estaba muy alterada, pero hoy intenté ser de lo más correcta, de lo más normal.

Me preguntó si sabía por qué estaba ingresada y le dije que por culpa de un malentendido que esperaba aclarar lo antes posible para poder irme.

Quiso saber cosas de mi pasado, ya sabe, si tenía padres, cuántos hermanos éramos y si a lo largo de mi vida me había sentido discriminada o inferior con alguno de ellos. Esto es algo de lo que no me gusta hablar, cada vez que lo hago me causa desazón, pero sí, siempre me he sentido menos que mi hermana Aurori, dos años mayor que yo, también más lista, más alta y más… cómo le diría yo… más completa en todos los sentidos. Nuestros padres no pudieron darnos estudios, así que ella trabajó, mientras lo hacía se sacó una carrera, aprobó oposiciones, ahora está colocada en el Ministerio de Obras Públicas. Yo, en cambio, me quedé en lo que soy, una simple ama de casa, por eso tengo tanto empeño en que mi hija prospere y sea como sus primas. Ahora está en Londres sacándose un máster que nos está costando un riñón, pero haré lo que haga falta, me empeñaré si es preciso, para que lo acabe.

Me preguntó, también me preguntó, por mi vida sexual. Ahí le dije que normalita, que ni fu ni fa, que yo al sexo no le había dado nunca demasiada importancia, si bien últimamente me encontraba como más animada o furorosa, por eso me había comprado ropa interior como la de la susodicha y hasta me había sorprendido a mí misma frente al espejo haciendo gestos obscenos y provocadores como imagino que ella los hace para llevar a mi Ezequiel al huerto —esto se lo conté al doctor ruborizada y sin mirarle—, aunque luego en la realidad la cosa no había funcionado.

Luego pasamos al tema de mis relaciones sociales. Le expliqué que salía poco, cada vez menos, pues ella —reconocería entre mil su edulcorada vocecita— para tenerme controlada llamaba todos los días a diferentes horas haciéndose pasar por una operadora de Vodafone… pero a veces no me quedaba más remedio que salir unos minutos a comprar el pan o el pescado y cuando volvía ya me la habían jugado, aunque eran hábiles, mucho, y nunca hasta ahora se habían dejado cazar. Una vez oí la puerta cerrarse de golpe, otra, voces y risas en el rellano, aunque la prueba innegable de que habían estado allí era el olor inconfundible del sexo, también el semen. Sí, lo he tocado con mis propias manos, lo he probado… Fue al hablar de esto cuando le confesé, lo dije en bajo porque no quería que lo oyera el enfermero jovencito que tomaba notas sin parar, que lo que más me preocupaba ahora eran los sabores raros que notaba en las comidas. Quieren quitarme de en medio, quedarse ellos solos, sin nadie que les moleste, ¿comprende, doctor?

El psiquiatra entonces se replegó en el asiento, quedó un rato callado, mientras yo, al verle tan reflexivo o tal vez por haber largado tanto, me sentí, no sé, como desnuda. Cuando al fin habló dijo que la cabeza a veces nos jugaba malas pasadas, nos hacía ver cosas que no eran, habló de espejismos, de que la medicina podía ayudar. Al oír esto sentí como una puñalada trapera, pues después de mi sinceridad, de mi franqueza, me di cuenta de que no entendía nada de nada. ¿Es que usted tampoco me cree, doctor? Fue entonces cuando me soltó a bocajarro que mi caso era un caso de celos. Me levanté, gritando le dije que no iba a tomarme nada, que quería irme cuanto antes de allí, que lo que se estaba haciendo conmigo, privarme de mi libertad, de mis cosas, era un secuestro, y que en el fondo eran todos unos fariseos, él el primero. No le debieron gustar nada mis palabras pues me dijo que no me iba hasta que no lo indicara un juez y me mandó sacar.

Por eso recurro a usted. Yo siempre creí en la justicia y urge su intervención para poner orden a este desaguisado, hasta que la niña venga que será en un par de días… pero mientras llega, mientras llega… no quiero ni pensar lo que estarán haciendo.

Un Comentario

  1. Cristina Flantains

    Fantástico, Sol. De la sonrisa al dolor como si fuera el borde de una playa en pleno mes de agosto y yo lo estuviera paseando.
    Gracias

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