El intelectual leonés (tipos tópicos 10)

Por LUIS GRAU LOBO

Si hace semanas estas líneas abrían con una disculpa por el uso de un genérico, poniendo la venda antes de la herida, hagámoslo ahora (disculparse es sanísima costumbre: hinche el corazón) por el empleo del gentilicio: donde dice leonés, igual pudiera haber dicho cacereño o turolense. Se trata, lo habrá adivinado el veraniego lector, ya metido en septiembre pero no por ello menos sagaz, del sabio de nuestras paisanas sabidurías.

El intelectual leonés (o murciano) clásico yanta a dos carrillos los manjares castizos, piropea apasionadamente toda tradición (ser bracero, ese magno honor, blablá…), pertenece a alguna Sociedad recreativa de las DTV (De Toda la Vida), vocea el himno local con ardor y alterna con concejales y diputados con acreditada campechanía. El intelectual leonés (o pontevedrés) moderno, hará justo todo lo contrario. Pero ambos tienen en común algo: se toman muy en serio ser intelectual leonés (o jienense). Contra quienes, sin embargo, abogan por su desaparición (hay gente para todo), digamos desde ya que el intelectual leonés (o lucense), no es el oxímoron que aparenta: deviene imprescindible para el equilibrio y solaz sociales. Pregones y festividades, tochos de letra apretada y fotos borrosas, consultas sobre tal o cual bagatela de honda significación para el terruño, hacen de este ‘listo del pueblo’ orgánicamente llamado a preservar esencias e identidades, aunque nadie sepa muy bien qué es eso y si requiere de frigorífico.

En ese sentido cabe comentar otro aspecto no por conocido menos llamativo. La herramienta dilecta del intelectual leonés (o burgalés) es la historia de León (o de Burgos). Aunque sea fogoso amateur o no se haya documentado más que con algún suelto del ‘canal de Historia’ de Ulibarri, la Llionpedia y el ditirambo común a los juegos florales y cronísticos municipales, se siente autorizado a discutirle a cualquiera verdades acrisoladas. Esto tranquiliza: sé que la historia es material inflamable, pero ¿se imaginan ustedes que tal cosa sucediera con la energía nuclear, la investigación médica o la ingeniería de presas…?

Hace años recuerdo haber topado con la perfecta definición del intelectual leonés (aquel sí era leonés). No me resisto a retratarle merced a una frase suya, pues me costó un par de horas de cháchara trivial cosechar aquella perla. Después de las presentaciones, me hizo pasar a su biblioteca, donde por cortesía alabé lo nutrido de los estantes. Aquello le enorgulleció visiblemente y me confesó: «Reúno todo lo que cae en mis manos, soy lector voraz y comprador compulsivo». Y de pronto, como si tal afirmación por sí sola fuera insuficiente o, tal vez, sospechosa, añadió, ufano: «Eso sí, sólo temas leoneses, por supuesto».

¿A qué dedica el intelectual leonés (o legolandés) su verano? Viaja a lugares cuanto menos hollados mejor, para volver a descubrirnos con estrépito: como en León, en ninguna parte. Salvo en Legoland.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 26 de agosto de 2018,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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