Puro teatro

© Fotografía: Óscar García Bárcena.

La enfermedad degenerativa e invalidante de Parkinson, en un personaje que se caracterizó toda su vida justo por su independencia, centra este nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, dentro de su sección “Trazos de sombra”, sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. / Ilustrado con una fotografía de ÓSCAR GARCÍA BÁRCENA.

PURO TEATRO

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

“Cada vez más tarde”, se dice con disgusto al ver que la luz entra a raudales por la ventana y comprobar que son casi las doce de mediodía. Anoche, pese al somnífero que había tomado, eran las cuatro de la madrugada y tenía los ojos como platos. Había probado sin demasiado éxito a recordar viejos textos que hace años se sabía de memoria y al final, ya casi por aburrimiento, se quedó frita. Con disgusto también mira el sobre cerrado que está dentro del cuaderno en el que desde hace un año intenta escribir su biografía.

Va a la cocina, calienta leche en un cazo y al volcarla en la taza con café que sobró del día anterior, el temblor ostensible de su mano hace que se derrame por la encimera y caiga sin piedad al suelo. “Mierda”, se dice, y aunque su primera intención es recogerla, lo deja desganada para más tarde. Con pulso inseguro lleva un trago a la boca. El líquido está caliente y ella no soporta el calor, así que mientras se enfría vuelve a la habitación a coger las pastillas que le recetó el médico. Al lado de la caja naranja de las medicinas está la fotografía de la mujer joven, pantalones de campana, boina y un cigarro en la mano que la sonríe con sorna desde el marco de plata. Es una foto de cuando actuaba como actriz principal en algunos teatros de capitales de provincia con obras de autores puntera del momento, una foto de cuando jugaba a la “progresidad”, como ella le llama a esa época ¡Qué memoria entonces para retener los textos y qué capacidad de improvisación! Se le viene a la cabeza ahora un párrafo de un monólogo del gran Dario Fo que se sabía de principio a fin, “¿Cuál es la clave para descubrir si vuestra compañera alcanza el orgasmo? Tac, las pupilas se dilatan. ¿Pero es verdad que las pupilas se dilatan? Me preguntó una señora que vino ayer a mi camerino. Sí, así es. Pues menos mal que no ha venido mi marido”. Y habría llegado muy lejos sino es porque se le mete en la cabeza la idea de ser madre que da un giro a su vida. No se arrepiente. Tener a Marisa y sacarla adelante sola ha sido lo mejor que le ha pasado en la vida. Darle también la independencia de que ella disfrutó. La verdad es que su obstinación ha sido el motor que ha hecho que a pesar de las dificultades haya podido con todo. Pero últimamente lo lleva bastante cuesta arriba. La sensación de haber perdido facultades, de no poder, es, ella que siempre se juró que no caería en la derrota, lo que ahora puede con ella.

Se mira en el espejo de cuerpo entero, suele evitar mirarse en el espejo, pero hoy se reconoce en la anciana de melena desteñida y arrugas profundas que ve frente a sí. Gesticula como una actriz de cine mudo, arruga la frente, la nariz, saca la lengua, suelta una carcajada que resulta casi un estertor y dice con voz impostada: “Nosotras… las actrices de entonces, no necesitábamos diálogos, teníamos rostros, ¿verdad, Norma?”. En ese momento suena el teléfono. Es su hija, después de un rato de conversación en la que le cuenta los detalles de su llegada a Sierra Leona para ocupar el puesto de agregada cultural, le pregunta si ha llegado la cita para la resonancia magnética. La anciana mira el sobre cerrado carta que asoma dentro del cuaderno y niega.

Mentir se le da bien, mentir formaba parte de su profesión de actriz.

“Qué raro”, dice su hija, “si era preferente”. Y con voz pesarosa añade: “vaya, yo que creía que lo había dejado todo bien atado antes de irme”.

Cuando cuelga abre el cuaderno que hace meses dejó en el capítulo en el que contaba cómo conoció a Juan, el actor guapo, pero sobre todo inteligente que decidió que sería el progenitor de su hija, y rasga el sobre en el que está la fecha de la prueba que determinará si lo que pronosticó el neurólogo hace unos días es lo que le pasa. Aunque ella cree que no necesita de esa prueba ni de ninguna para saber que padece la misma enfermedad degenerativa de su madre, pues las dificultades para escribir y hasta para firmar, la pérdida de estabilidad, esos temblores que la acompañan ya siempre, los cambios de humor, son los mismos… Diez de octubre pone la carta, y como si de una fatídica sentencia se tratará se repite mentalmente la fecha. Pero no, no será. En realidad esa carta no llegó nunca. Coge un mechero y la prende, asistiendo fascinada a su descomposición. Hace un intento de levantarse y salir de su cuarto, pero lo cierto es que en vez de eso se queda mirando el papel quemado y gris, deseando tan solo que, lo mismo que ocurrió noche tras noche durante años, caiga al fin el telón.

 

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