De traiciones y rock & roll

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John Lennon con Alan Klein antes de que éste lo traicionara.

Por CARLOS DEL RIEGO

Las pequeñas o grandes traiciones son costumbre muy arraigada, de modo que no habrá quien se libre ni de haberlas sufrido ni de haberlas cometido. En el terreno sentimental, cuando hay pasta de por medio o entre amigos, aparecen deslealtades traicioneras, aunque donde más abunda el traidor con todas sus letras es en la clase política (algo evidente en todo momento y lugar). El asunto, claro está, aparece en las letras del rock.

Eso de traicionar y defraudar confianzas tiene que ser uno de los oficios, costumbres o deportes más antiguos del mundo. En los más altos centros de poder o en los entornos más humildes, en cualquier relación donde se promete fidelidad, la debilidad o el interés se convierten en traición. En la esfera del rock & roll ese tema suele tener a los managers, productores y administradores como grandes judas, aunque también abundan las infidelidades sentimentales, e incluso hay buenos palos contra los traidores con mayúsculas, los políticos.

En la historia del rock son muchos los casos en que el artista depositó su confianza y la administración de sus ganancias en un representante que resultó ser un sinvergüenza, un traidor. Cuando esto sucede los músicos se vengan de los trincones gestores con letras explícitas. En su ‘Steel & glass’ (1974) John Lennon se dirigió sin eufemismos a un manager que le salió rana. Alan Klein fue contratado para llevar las cuentas de los Beatles en 1969 (Paul, que lo conocía, se negó, cosa que fue otro factor de enfrentamiento), pero su gestión no debió ser satisfactoria. ‘Steel & glass’ tiene un tono amargo, el tono de quien se siente traicionado por alguien en quien había confiado y a quien había defendido: “tu madre te dejó cuando eras pequeño, pero desearás no haber nacido (…) tu teléfono no suena y ya nadie te contesta”; versos llenos de rencor, pues la madre de Klein había muerto, efectivamente, cuando era niño. No, Lennon no se andaba por las ramas.

En términos parecidos se expresan Queen en la potente ‘Death on two legs’ (1975). Va dirigida a Norman Sheffield, quien fue manager del grupo y quien no confió en ‘Bohemian rhapsody’. Freddy (siempre volcánico) le dedicó lindezas como “vieja mula descarriada con modales de cerdo (…) deprimente, mala persona, charlatán, aborto, eres el hijo de un cerdo castrado (…) ¿te sientes al borde del suicidio?, deberías probar”. Sheffield, que lógicamente se sintió aludido, demandó al grupo, pero hubo arreglo extrajudicial. Fueran o no justificados los insultos, es evidente que Freddy se sintió traicionado.

El desengaño amoroso es la forma de deslealtad más habitual, también en el mundillo del rock. El tema ‘Whisky  in the jar’ es una tradicional irlandesa versioneada hasta el infinito por todo tipo de bandas, siendo la versión de Thin Lizzy de 1972 la que le dio su forma más reconocible. Va de un bandido irlandés que roba para contentar a su novia Molly, pero ésta no era muy de fiar, o sea, lo traiciona, lo delata, y el enamorado malhechor da con sus huesos en la cárcel. La letra es explícita: “Robé su dinero y se lo llevé a Molly (…) ella juró que me amaría siempre. Pero esa mujer tenía el diablo dentro y me engañó”, de modo que estando borracho, lo pillaron y lo echaron al trullo: “aquí estoy con una bola y una cadena. Pero lo que importa es que haya whisky en la jarra”. Es una forma de decir que el mal de amores se cura, o al menos se olvida, con bebercio.

La amistad traicionada deja siempre profundas cicatrices. Morrisey, cantante de los Smiths, se sintió rechazado y traicionado por un amigo muy cercano que se enteró de que el cantante era gay. Entonces escribió ‘What different does it make’ (1984), uno de los primeros éxitos de la banda. El propio Morrisey declaró que la música del tema es excelente, pero que la letra es demasiado fácil, “vergonzosa”, y afirmó: “es como si la hubiese hecho Duran Duran”. Hoy no parece tan horrible: “Todos los hombres tienen sus secretos y aquí está el mío (…) Creí poder confiar en ti, y sin embargo empiezas a retroceder. ¿Cuál es la diferencia?, ninguna (…) Ya sabes la verdad sobre mi (…) haces que me sienta tan avergonzado”. Confiar algo tan íntimo a un amigo y que éste te dé de lado debe ser muy decepciónate.

Pero los más traidores, los que más defraudan la confianza en ellos depositada son, sin duda, los políticos, como se demuestra estos días (XII-18). Muchas, muchísimas veces el rock & roll se ha revuelto contra estos embaucadores, profesionales de la mentira y la traición, aunque pocas veces con tanto acierto y desencanto como The Alarm en su ya clásico ‘The deceiver’, ‘el impostor’ (1984). La voz desglosa, de modo muy vehemente, un texto crudo y acusatorio que encaja perfectamente en la descripción de cualquier político, e incluye términos tan descriptivos como impostor o manipulador, y versos como: “tu presunción me pone enfermo (…) eres la codicia y el engaño” (…) tus promesas se van a la basura (…) muerdes las manos que te alimentan”. Sin decirlo explícitamente, se entiende que ese ‘deceiver’, ese impostor mentiroso y codicioso es el dirigente político.

En todas partes cuecen habas y en todas partes hay traición, aunque sólo en las esferas del poder es seguro y general.

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