JM López desde Irak / Las heridas abiertas por el ISIS en Irak

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Sharihan, de 19 años, llora apoyada sobre el retrato de su madre, asesinada por el Estado Islámico, en una habitación de su casa en Sinune. | JM LÓPEZ

Esta es la situación que vive el país después de la llegada del Estado Islámico, y el fotógrafo JM López retrata el dolor de sus gentes para que no se olvide. Un nuevo reportaje tras varias estancias en Irak.

Por JM LÓPEZ
Sinjar (Irak)

Para Sharihan la pesadilla comenzó la noche del 3 de agosto de 2014. Ese día, la joven de 19 años estaba en casa cuando su padre entró con el rostro desencajado, gritando que los yihadistas del ISIS habían atacado el sur de Sinjar, provocando una masacre entre sus habitantes. “Yo entonces no entendía que estaba pasando pero enseguida me di cuenta de la gravedad de la situación”, recuerda amargamente mientras intenta contener las lágrimas.

El genocidio había comenzado. Miles de personas fueron asesinadas sistemáticamente, mientras el resto trataban de huir hacia las montañas, al norte de la ciudad. “Como nosotros vivimos en Sinune, todavía teníamos tiempo de alcanzar la frontera con Siria y ponernos a salvo antes de que los combatientes islamistas llegaran”, y continúa con su relato, “pero éramos tantos que no entrábamos todos en el coche, así que mi madre, mi hermano y yo nos quedamos esperando en casa hasta que volvieran a buscarnos”.

Más tarde, las vías de comunicación se cortaron y Xelef, su padre, nunca pudo ir a recogerlos. Fue entonces cuando decidieron esconderse en las montañas donde ya había miles y miles de personas. “Allí resistimos 3 días sin agua ni comida, hasta que tuvimos que regresar a buscar algo. Cuando salimos de casa nos estaba esperando un pick-up rojo con dos yihadistas dentro. Mi madre les suplicó que se la llevaran sólo a ella y que me dejaran a mi con mi hermano, porque era discapacitado, pero ellos no escucharon y nos obligaron a subir a todos”, afirma.

Las montañas se convirtieron en la única vía de escape. La diferencia entre la vida y la muerte. Hasta aquí también llegó buscando refugio Dilbrin con sus 5 hijos. Esta mujer de 29 años vivía con su familia en Tel Qeseb, un pueblo al sur de Sinjar. Cuando llegaron las hordas del Estado Islámico su marido, junto con otros vecinos, decidieron luchar para que las mujeres y los niños tuvieran, al menos, una oportunidad de huir. “Caminamos durante nueve días, sin comida y apenas agua. Fue muy duro. Tenía un bebe de apenas unos meses que no logró sobrevivir”, se lamenta entre suspiros, con la tristeza reflejada en sus ojos.

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Dilbrin, de 29 años, esta sentada junto a sus 5 hijos en un sofá en el campo de refugiados Serdasht, situado en lo alto de la montaña de Sinjar. | JM LÓPEZ

Para ella, y también para varios miles de desplazados más, la montaña ha sido su único hogar. Juntos forman el campo de refugiados Serdadht, un sin fin de tiendas improvisadas y chamizos en medio de un lodazal que, cada vez que llueve, se inundan. En invierno el frío es insoportable. “Yo me considero afortunada porque mi cuñado es peshmerga y, gracias a su pequeño salario, al menos tenemos todos para comer, pero he perdido la esperanza de tener una vida mejor”, dice apesadumbrada.

Sharihan y su familia forman parte de la comunidad yazidí que vive en la región de Sinjar desde tiempos inmemoriales. Son alrededor de medio millón de personas, más otras 200.000 que están repartidas entre Siria, Turquía o Irán. Esta minoría religiosa reza a Melek Taus, un ángel representado por un pavo real, que es el ejecutor de la voluntad divina, ya que ésta se sitúa en un nivel tan elevado que no se le puede venerar directamente. Son el pueblo más odiado por los radicales del Estado Islámico al considerarlos adoradores del diablo, y para ellos tenían reservado el castigo más cruel.

A su lado, su padre escucha con la mirada perdida en el infinito mientras fuma sin parar. “Nos llevaron en el pick-up hasta las afueras de una ciudad que podía ser Tal Afar o Mosul. De repente, mi madre sacó una pistola que había cogido en casa y disparó al hombre que iba al lado del conductor matándolo al instante. Entonces, el otro paró el coche y la disparó a ella, la sacó bruscamente y la remató al lado de la carretera, dejándola allí tendida”, balbucea la joven, mientras se lleva las manos a la cara y comienza a llorar. No hay consuelo posible para Sharihan.

A partir de ese momento, su vida fue un calvario. Hoy lo recuerda sentada en el suelo de su casa donde ha vuelto a vivir con su padre y otros familiares. Pocos son los que se atreven a regresar, y menos los que están dispuestos a contar su historia. “No puedo olvidar el rostro de mi hermano cuando nos separaron. Es una imagen que permanece imborrable en mi memoria. Lo último que le oí decir fue que por favor le perdonara por lo que pudiera pasar si no nos volvíamos a ver nunca más. Sólo perdóname. Probablemente le mataron ese mismo día, o pudo ser cualquier otro”.

El destino para los hombres era la muerte; el de muchas mujeres, sobre todo adolescentes como Sharihan, fue convertirse en esclavas sexuales de los yihadistas. Se calcula que entre 6.000 y 7.000 yazidíes fueron secuestradas por el Daesh en la ofensiva. Durante su cautiverio fueron violadas, maltratadas y subastadas como hacían con el ganado. Las más afortunadas han podido recuperar su libertad después de pagar un rescate el gobierno kurdo o los propios familiares.

 “Me llevaron, junto con otras chicas, a una escuela. Allí nos obligaron a quitarnos el pañuelo y nos hicieron desfilar delante de unos hombres. Tenía 15 años; hasta ese momento yo creía que los seres humanos no se podían vender y desde entonces no recuerdo a cuantos he pertenecido, al menos 15 durante estos 3 años y medio”, detalla.

Fue llevada a Siria, estuvo en Raqqa y en Alepo entre otras ciudades. Se quedó embarazada y perdió el bebe como consecuencia de la paliza que le dio su captor cuando se enteró. “Intenté suicidarme pero no tuve valor. Pasaba los días pensando en mi familia, en mi hermano; en qué fue del cuerpo de mi madre tirado al lado de la carretera, si los animales se lo habrían comido o alguien lo pudo recoger. Sólo esperaba a ser salvada, o asesinada de alguna manera”.

En este momento, Sharihan interrumpe su relato, se levanta y va hacia la habitación contigua. En el interior, un enorme retrato de su madre preside la estancia vacía. Se apoya sobre el, como queriéndolo abrazar, y rompe de nuevo a llorar. Un Kalashnikov, apoyado en la pared, le recuerda que nunca más podrán vivir en paz.

Cuatro años después de su liberación, Sinjar es una ciudad fantasma. El miedo recorre sus calles, y el olor a destrucción se respira en el ambiente. Más del 70% de sus edificios están arrasados, quemados y saqueados. Aquí no vive nadie; de sus 50.000 habitantes no queda ni rastro. Sólo un ejercito de gatos y algunos soldados reciben al visitante en los check-point de entrada a la ciudad, a la cual sólo se puede acceder con un permiso especial.

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Jiyanda, de 18 años, posa con un retrato de Abdula Ocalan, líder del PKK,
en el cuartel general de las Unidades Femeninas de Protección de Sinjar. | JM LÓPEZ

Jiyanda, de 18 años, pertenece al YJS (Unidades Femeninas de Protección de Sinjar), un grupo militar creado para mantener la seguridad en la zona e integrado sólo por mujeres. “Cuando el ISIS nos atacó yo estaba estudiando en la escuela, tuvimos que huir a las montañas con lo puesto. Permanecí escondida sin comida 10 días. Después, el PKK abrió un corredor y conseguimos pasar a Siria. Allí nos quedamos en un campo de refugiados. Las condiciones allí eran terribles, y mi hermana pequeña, de un año de edad, murió”, cuenta mientras bebe a sorbos una taza de te en el cuartel general de su unidad, una de las pocas casas que todavía siguen en pie. “Pasaron los años y pensé que tenía que hacer algo, por eso me alisté, para ayudar a mi pueblo y a las mujeres que, como yo, han sufrido tanto”, asegura esta miliciana, que ha decidido renunciar a la juventud por sus ideales.

El tiempo pasaba sin piedad para Sharihan, hasta que un día consiguió un teléfono móvil y pudo llamar a uno de sus hermanos. La comunicación se estableció y el miembro de Jabat al-Nusra que la retenía en Idlib accedió a venderla por 13.000 dólares. Cuando regresó pesaba sólo 30 kilos, estaba destruida física y mentalmente. Tiene la sensación de que su infancia se perdió para siempre y ésta es la única experiencia en su vida. Por eso, a veces todavía piensa en suicidarse. Necesita ayuda psicológica, pero los programas de rehabilitación no llegan a todo el mundo.

Fuera comienza a llover. Sharihan cruza decidida el umbral de su casa y atraviesa unos campos de cultivo. Por primera vez regresa al lugar donde empezó todo. “Nunca tendré valor de volver a cruzar esa carretera”, es todo lo que es capaz de decir. Acto seguido se desploma y, estrujando entre sus manos la tierra sagrada de los yazidíes, comienza a rezar por su madre entre llantos de dolor.

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