Envío 37: escenas del desarraigo y del consuelo

Fotografía: Eloísa Otero.

Un nuevo envío del poeta y músico leonés Ildefonso Rodríguez, quien en esta ocasión reflexiona sobre la puesta en escena por la compañía El Mayal de la obra de teatro “Aquí en la tierra”, pero también sobre el libro de poemas “Vida en la reserva”, ambos de Víctor M. Díez, ambos publicados en el volumen “Valle durmiente” (Marciano Sonoro Ediciones)…

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

I

Desde la calle entramos en el Auditorio de la ciudad, vamos a la representación de una obra de Víctor M. Díez, Aquí en la tierra, por la compañía de teatro El Mayal. El GPS que suena en el acto II nos ha guiado: la amistosa confianza en una verdad poética. Sin una poética no es posible la ensoñación y el realismo unidos: para entrar como espectadores terrícolas en un espacio donde resuena la memoria común, la del poeta y la nuestra, la de quienes hemos entrado en el Auditorio.

Aquí, en la tierra, pero es en un valle, un valle durmiente. Allí, los durmientes del valle hacen su función teatral llevados y traídos por un fatum, un destino doble: desarraigo y supervivencia. Los dioses han enviado a su Mercurio con mensajes de adaptación al proyecto global: basta con recogerlos, aceptar las cartas de la mano de ese cartero que acaba por ser Hermes, el indescifrable: nadie abre el sobre que le está destinado, nadie está dispuesto a aceptar la orden que viene del exterior, el poder normalizante que condena a la inexistencia.

¿Dónde está el valle? No es un lugar imaginario. Cuando nos estábamos acercando a León por la autovía de Benavente, uno de nosotros dijo “esas montañas ya me suenan”. Sí, las mismas a las que se abre la calle Padre Isla, allá al fondo, como líneas paralelas que se unieran al pie de ellas (mira, me decía siempre mi padre, qué bien se ve hoy la Peña Susarón, la que refleja los colores de las tardes de verano). La montaña leonesa (qué de otro mundo, casi marciano, nos parecía el autobús verde de la empresa Valderas cuando paraba en la Plaza del Pozo, en Mansilla de las Mulas, y en su frente llevaba un nombre de gran lejanía, Sabero, el autobús de Sabero).

Ensoñación y realismo: poesía. En el valle se instalan los poemas de Víctor M. Díez con la naturalidad de lo crecido aquí, en la tierra de su memoria. Es un valle que sigue vivo, aunque parezca habitado por fantasmas de una Santa Compaña que quieren volver loco al pobre cartero, ese formidable personaje cada vez más parecido a un héroe del cine mudo a medida que avanza la función (tan atolondrado, con su silbido que es por antonomasia el silbido de los carteros, El puente sobre el río Kwai: silban, silbando voy, voy, voy…). Pues son fantasmas llenos de vida y deseos: una de ellos canta canciones con voz hermosa (Lamento borincano, Tonada de la luna llena), beben vino, se gastan bromas, cuentan chistes, tienen amores: son de aquí, los conocemos, son nosotros.

El valle no es la ambigua Interzona de William Burroughs, ni la Zona infectada del Stalker que filmó Tarkovsky. Es una Reserva que se mantiene en su ser al pie de las montañas protectoras (“Montañas, montañas: lo estáis viendo todo y aun no habéis caído sobre nosotros”, escribe Elias Canetti en La provincia del hombre). Y hay tanta vida en esa Reserva como en la memoria del poeta, y así es capaz de borrarse la diferencia entre la ciudad y la aldea; es decir, la negativa ser considerada residual, excipiente, a extinguir.

La Reserva en el valle durmiente: indios, paisanos y paisanas, aborígenes. Donde amanece, que no es poco. Y cuando salga la luna creciente habrá ceremonias (como aquellas de un lejano galpón, allá en Galicia), conjuros, queimada alucinógena para todos, también para el pobre y atolondrado cartero al que nadie quiere coger sus cartas. La inocencia criminal es la herida del valle (no revelaré el último secreto).

Con plena naturalidad se instala en la obra la poesía de Víctor, acciones, cuadros, escenas, láminas. Palabras que después, como lectores, encontraremos en su libro: “las madres eran de nieve”, “presocráticos en el mercado”, “los amigos bajaban al baile”, “no hay valor de vida en la frontera”, “al cerrar los ojos todo tiembla”, “indios de ribera contra montaña bailan en el corro”. Y tantas otras memorables. Con la confianza puesta en nosotros, los espectadores y lectores (terrícolas), como la que depositó en el poeta su padre, a cuyo recuerdo, en definitiva, le está dedicada toda esta memoria durmiente, pero no dormida, nunca del todo desaparecida, gracias a la acción conjunta y eficaz, desde los trágicos griegos, de la escritura y el teatro.

II

En la noche deambulante, en el calor de la noche de Valencia, nuestro guía gentil nos conduce a una placita, recogida, como para nosotros, que queremos seguir juntos otro rato más. Pero no acabamos de medio instalarnos, cuando aparecen dos hombres llevando unos cartones bajo el brazo, como quien lleva un maletín ministerial, cartones nuevecitos, a estrenar. Uno de ellos, el más viejo, un tipazo con barbas blancas y pañuelo en la cabeza al modo de los piratas malayos, nos saluda con voz ronca y mano alzada, buona sera, nos dice en perfecto italiano. Y de inmediato se acerca a pedir un pito, sin más italianismos. Hay reparto para ambos, que se retiran bajo los soportales y tienden los cartones. Nosotros volvemos a lo nuestro, separados por la penumbra de la placita, en cuyo centro hay una fuente con dos caños mudos.

De pronto la fuente se pone a manar agua, dos chorros potentes saltan cantarines, nos asustan casi. Y vemos que el más joven de los dos hombres está haciendo sus abluciones, un buche, un trago antes de retirarse a su cartón.

Nuestro guía, natural de la ciudad, se va hacia él y le pregunta con cara de sorpresa, ¿cómo lo has hecho? El otro le señala un botoncito en el pretil de la fuente, apretando aquí, le dice. Y lo demuestra, otra vez saltan los dos chorros.

Tantas veces he venido a esta plaza y nunca di con su secreto, nos comentaba después, encender la fuente. Pero es que ellos, estos dos ciudadanos, han hecho del lugar su casa, su refugio, su hura, como queramos decirlo, comentó uno de los nuestros. Y han aprendido para su normal supervivencia lo que nosotros no hemos necesitado aprender. Pero ahí está el botón que enciende la fuente.

Un Comentario

  1. A preguntas del autor del texto: La foto fue tomada hace muy pocos años en el valle de Valporquero, en los exteriores de la cueva, durante la inauguración de una de las mágicas exposiciones de artistas leoneses coordinada por el incansable Luis García Martínez, jefe del Departamento de Arte y Exposiciones del ILC. No recuerdo ahora mismo quién realizó la instalación que aparece en la imagen…

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