“Amado pulpo”

© Fotografía: Óscar García Bárcena.

Nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, dentro de su sección “Trazos de sombra” sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. “A veces la escritura consiste en el placer de desbarrar. No tengo más razones evidentes que el disloque, la locura en la escritura, para justificar este texto. Puede que sí las haya en un plano más oculto…”, apunta la autora. / Ilustrado con una fotografía de ÓSCAR GARCÍA BÁRCENA.

AMADO PULPO

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Tras una larga lista de desengaños amorosos, Talita ha decidido darse un respiro. Por eso se ha ido al mar. Para disfrutar de la soledad ha elegido una playa tranquila del norte. Todas las tardes se dedica a dar largos paseos por la arena mientras busca una explicación a su rotundo fracaso con el sexo masculino y, cada vez lo tiene más claro, también opuesto. El caso es que cuando se pone frente al espejo y contempla su vientre liso, sus tetas erguidas, cuando acaricia su piel tersa y suave, aún se ve apetecible. Tal vez el quid de la cuestión estribe en que es demasiado absorbente o pasional o intensa, si esa es la palabra, intensa, y espera recibir el mismo afecto que da.

No sabe bien, pero al echar la vista a atrás, pierde la cuenta del ingente número de energúmenos insensibles que ha ido encontrando a lo largo de su vida. Sus tres últimos debacles amorosos que acontecieron los tres últimos años, acabaron peor, si cabe, que el rosario de la aurora.

A F., rememora Talita mientras su mirada se pierde en el azul inmenso del horizonte, le conoció por internet y después de chatear un par de meses quedaron un sábado junto a la estatua del Ángel Caído. Resultó que no era tan alto como aparecía en las fotos ni tan guapo ni biólogo como le había dicho, mentira que desmontó el día que le mostró una colección de hojas de diferentes arbustos que guardaba en su diario y que cualquier aficionado habría sabido reconocer sin dificultad. Talita tal vez habría perdonado su impostura si no es por el olor a armario cerrado que F. desprendía que nunca llegó a asimilar. Así que, aunque ambos vivían en la misma ciudad, le bloqueó de su cuenta de Facebook, dejó la suya inutilizable, y fue como si la relación entre ambos nunca hubiera existido. Madrid es muy grande y por delante de la pensión “Victoria” en Banco de España donde habían tenido sus escarceos amorosos jamás volvió a pasar.

A E. le conoció de espectador de un concurso de la tele al que ella también asistía en calidad de público. Al acabar el mismo y mientras esperaban el interurbano para dirigirse a sus respectivos destinos, E. era de Logroño y ella volvía a su casa, se saludaron amigablemente, tomaron asiento juntos cuando el bus llegó y acabaron acostándose, también juntos, en la habitación de un hostal que quedaba al lado de la estación del tren que su imprevisto amante no perdió por los pelos. Y menos mal, porque su madre, encamada, le esperaba para que le diera la cena y repetir juntos unas cancioncillas que le había enseñado de pequeño y que, a causa del insomnio de la anciana, a veces se alargaban hasta altas horas de la noche. Con la excusa de asistir a uno de esos programas de televisión se siguieron viendo cada trimestre, hasta que un día E. inopinadamente la espetó por teléfono que no le esperara más, que Madrid quedaba muy lejos y que por consejo de su madre, a la que acabó confesando su relación, iba a buscar una chica más cerca de su Logroño natal, más asequible, más provinciana. Qué boba había sido, se dice mientras coge una piedra que encuentra en la arena y lanza a la inmensidad del océano, al no haber tenido en cuenta el poder de una madre dominadora y absorbente.

A. la engañó desde el principio o, mejor dicho, ella se dejó engañar, pues aunque no lo dijo, estaba claro como la espuma de la ola que rompe ahora contra sus tobillos que estaba casado y con múltiples obligaciones familiares para más inri. Eso se veía a la legua por la premura con la que llegaba, atendía sus necesidades fisiológicas y se iba. Pero era un gran follador, como lo son tal vez los hombres que han tenido muchos hijos, once en el caso de A., y ella incurría siempre en el error de intentar retenerle en el último momento: “No me dejes, quédate un poco más, ¿Cuándo te volveré a ver de nuevo?”, y tal era la insistencia, tal la ansiedad, tal el anhelo que ponía en su voz, que el hombre acabó hartándose o encontrando a otra, que también puede ser, pero el caso es que un día tampoco volvió y ella se quedó esperante, compuesta, muertita de furor no satisfecho.

En estas reflexiones está inmersa Talita cuando le llama la atención algo que se mueve en una roca. Al acercarse se da cuenta de que se trata de un pulpo de gran tamaño. En el primer momento no sabe qué hacer, pero su instinto rápidamente le impele a cogerlo. La tarea no le resulta nada fácil, pues las ventosas de sus patas adheridas a la roca se adhieren a su antebrazo provocándole una sensación extraña, de repulsa o asco. Por un instante piensa lanzarlo lejos, pero acto seguido le agarra con energía por la cabeza y logra meterlo en el capazo de playa que lleva consigo y que cierra con cremallera.

Su intención nada más llegar al apartamento es meterlo en el congelador para comerlo dentro de unos días, pero los ojillos de ternura con los que parece que la mira el animal y la forma cruenta de acabar con su vida, hacen que posponga esta decisión para más tarde, e introduciendo despreocupadamente al molusco en la bañera se prepara para salir a cenar. En un chiringuito pide berberechos, sardinas y una botella de albariño que entra bien y que, poco a poco, va transmutando los sinsabores de su jornada de reflexión en una somnolencia apacible, tranquila. Vuelve al apartamento, se acuesta bastante ebria, y en pleno sueño es presa de grandes espasmos que acaban despertándola. Nota entonces una masa suave, gratamente melosa, adherida a su vientre. Con creciente sorpresa se da cuenta de que es el pulpo, que se ha salido de la bañera, el que le ha proporcionado intenso placer. Y consciente ahora y gratamente asombrada, se deja poseer durante cuatro horas por las ocho patas del octópodo mientras goza, ahora una pata y ahora otra y otra más, como no había gozado en su vida.

Aunque todavía le queda una semana de estancia en el apartamento, decide volverse a Madrid con Maravillo, como ha decidido llamar al animal, bien resguardado y seguro en una bolsa con agua de mar que recoge antes de partir. Nada más llegar a la ciudad lo primero que hace es comprar un acuario de grandes dimensiones donde su amado pulpo pueda retozar a sus anchas y lo va llenando poco a poco con falsos corales y piedras mientras se dedica a aprender todo lo relacionado con el hábitat del animal, su alimentación, sus costumbres.

Sabe que le llaman zoofilia a lo que le pasa y que es aberración y locura y sabe, también sabe, que la encerrarían si se enteraran, pero guardará bien su secreto, pues Maravillo vale más que todos los hombres que ha conocido en su vida y no solo por el placer que le proporciona, que es inmenso, intenso, sino porque además parece escucharla, con esos ojillos abiertos, cada vez que le cuenta un percance en el trabajo, o con los vecinos, o en la cola del metro. Por eso ella también le cuida y le recompensa con gambas, mejillones o pequeños pececitos que compra en el acuario… Todo es poco para quien ha conseguido cambiarle la vida y el carácter y hacerla feliz, sí, feliz, aunque la expresión parezca algo cursi… ¡No quiere pensar qué sería de su vida si a su amado pulpito le pasara algo!

 

Deja un comentario y fírmalo con tu nombre o no saldrá

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

A %d blogueros les gusta esto: