Calendario (15)

Calendario (15). © Ilustración: Avelino Fierro.

Después de 125 entregas (y tres libros consecutivos, publicados en Eolas Ediciones), el autor anuncia que va a dejar de escribir el “Querido diario” por algún tiempo, que necesita un cambio de rumbo… Y abre nueva sección, “Calendario”, asimismo ilustrada. Esta es su decimoquinta entrega:

CALENDARIO

15

Por AVELINO FIERRO

Aquí abajo, en la piscina, hay algunos ruidos. Hemos ido llegando por oleadas a las tumbonas. Primero, Mar. Luego Óscar y Marta. Julio y Cecilia. Y yo, que no las tenía todas conmigo. Porque me había quedado a leer en la zona de la casa en la que tiene montado su apartamento Verónica. Una gran alfombra de esparto, muebles blancomodernos y clásicos combinados, catálogos de arte y libros de cine, un barreño etrusco comprado en una subasta en el que reposan algunas flores secas y vainas de frutos. Estaba leyendo una novela que me recomendó el librero. Nunca hago caso a las recomendaciones; y más tratándose de novelas. Pero no había llegado el de poemas de Mario Luzi –“un hermético loco y a veces bastante hortera, como buen italiano”, me había dicho hace nada R. M.–, titulado algo así como “hasta el fondo de los campos” y editado por la fundación Ortega Muñoz, aquel pintor extremeño. Este se titula Un día en el campo. No sé qué pasó: “Bien, póngamelo; y añada ese otro de Ch. Bobin”. A veces no reaccionamos y nos venden algo que lamentamos durante tiempo; al menos no era una enciclopedia. Pues resulta que me está gustando. El joven Birkin –ha aparecido su nombre en la página cuarenta y cuatro– va a restaurar en Oxgodby un Juicio Final; así lo intuye antes de empezar a rascar con mimo en la pared enjalbegada. Es el verano de 1920. Allí, en ese pueblo del norte de Inglaterra, llueve. Y la humedad canturrea esa canción triste que cala en las almas y se extiende por los brezales, las casa y las piedras de la iglesia. Encuentro un párrafo delicioso sobre una estufa de hierro fundido, una Bankdam-Crowther, para quemar coque. Leo tumbado en este sofá blanco, amoroso, arrugado como el ceño de un adolescente albino. Letras que me llevan hasta esa lluvia, a esa estufa que tose y renquea y quema mal y hace que lluevan cenizas sobre la congregación, hasta el temblor de la soga de la campana… Rumores que desprende un libro esta mañana de junio. Como el del viento que mueve ahora la acacia y las moreras. Como el del aleteo desusado allá arriba de un águila calzada. Como la música que sigue en mi cabeza desde ayer, en la noche de la fiesta de San Juan, en el Pago de San Clemente (allí nos llevaron Konrad y María). Como esa nube leve, que parece querer dar la réplica a esta ligereza semoviente de aquí abajo; y hace ahora una cabriola pequeña, enroscándose sobre sí misma, como una mancha de aceite en un cadozo del río. Un remolino blanco. Mar observa con sus prismáticos y nos va dando cuenta de los movimientos de los pequeños alcaudones al ser alimentados. Quietud. Cero grados en crispación política o apocalipsis climática. Parece que todo se disolviera y acabase ahora. Una vida estancada, tranquila como una muerte asumida. Que llega con el regalo de una absolución por todos los pecados y pensamientos impuros. Con caricias y concediéndonos los plazos necesarios para ordenar nuestras mandas, legados y papeles; para asumir tantas promesas incumplidas.

Un Comentario

  1. José Luna Borge

    Son espacios de quietud y soledad en compañía armónica que nos permiten compartir hasta el silencio y ver nuestros adentros sin máscaras ni engaños.

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