Festivales de rock: del idealismo al marketing

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La singularidad de Woodstock no admite imitaciones, repeticiones ni comparaciones.

Por CARLOS DEL RIEGO

Los festivales de rock (y géneros afines) son lo más común del verano; tanto que su proliferación, adaptación al momento y comercialización los ha convertido ya en algo así como una verbena o, como ya se les suele denominar, un parque temático. Tal cosa se puede decir de lo que proponen para el festival de Woodstock de 2019, un batiburrillo que alterna a verdaderos clásicos del rock (añosos, claro) con personajillos de dudoso mérito que viven más de las redes sociales que de sus discos y conciertos.

Sin embargo, esta especie de romería en que se ha convertido el gran festival de rock, en sus primeros pasos tenía mucho de ritual, se entendía como un gesto de protesta, como una manera de diferenciarse de lo convencional en donde lo principal, casi lo único, era el concierto. Hoy los festivales son parte del paisaje, han sido asimilados por la mercado, envueltos en márketing y vendidos en los grandes almacenes; acudir a los grandes festivales (Woodstock 2019 incluido) ya no tiene magia y sí un punto de subordinación a la industria del entretenimiento.

Sí, las cosas han cambiado radicalmente en todos los aspectos. Esta manera de ofrecer rock en vivo nació (cómo no) en Estados Unidos. Se tiene como el primero de este género el llamado Fantasy Fair & Magic Mountain Music Festival, celebrado en junio de 1967 en una colina de San Francisco, el cual había tomado la idea de una especie de feria en la que el personal se disfrazaba con trajes de época rememorando los siglos XVII y XVIII (el Reanissance Pleasure Fair). Aquel iniciático Fantasy & Magic fue seguido unos días después por el mucho más famoso Monterey Pop, con el que se abrió definitivamente una prometedora puerta, ya que fue un enorme éxito; luego llegaron el gigantesco Woodstock y algo después el no menos emblemático Altamont, con lo que la novedad se hizo costumbre y se extendió por todo el mundo.

Desde entonces las cosas han cambiado mucho, en todo, tal vez lo único que no ha variado es la sensación que han de experimentar los artistas al ver el gentío. Aquellos primeros festivales de los sesenta del siglo XX tenían como fines principales llamar la atención sobre el nuevo movimiento que ya se llamaba hippy, dar a conocer aquello de paz y amor, las flores en el pelo y la ropa estrafalaria y colorida, la conveniencia de los alucinógenos y el amor libre, el rechazo a la guerra y a las reglas de la sociedad materialista…, todo ello envuelto en las más diversas variedades de rock. No faltaba el ‘buen rollo’ entre el personal, con mucho ‘haz el amor y no la guerra’… En fin, que aquellas primeras congregaciones de hippies eran la materialización del ideal ‘sexo, drogas y rock & roll’, nada más, nada menos.

Además, los pioneros Fantasy Fair y Monterey (éste promovido por John ‘Mamas & The Papas’ Phillips) tuvieron fines solidarios y los beneficios se dedicaron íntegramente (teóricamente) a instituciones benéficas; se tiene por muy cercana a la realidad la cifra de 200.000 asistentes a cada uno de dichos eventos. De todos modos, la intención de los organizadores tenía poco que ver con el beneficio económico y mucho con sus ansias de libertad psicodélica, de armonía, de vivir en comuna sin reglas, sin ataduras, sin compromiso, sin obligación; y como quiera que en aquellos años aquel movimiento cultural (que fue de los primeros en eso de la contracultura) era la novedad absoluta, contaron con masivas asistencias. Lógicamente, con aquellas bases ideológicas, las marcas comerciales no tenían sitio.

Hoy las cosas son distintas. Los grandes espectáculos musicales con extensos carteles surgen por todas partes y, al menos en su mayoría, congregan a muchos miles de espectadores que acuden menos atraídos por los nombres de los artistas que por la promesa de gran mogollón. En realidad, echando un vistazo a los programas de algunos de estos certámenes está claro que es imposible presenciar todo: hay varios escenarios, actuaciones simultáneas o una tras otra casi inmediatamente. Sí, en los festivales del siglo XXI impera la masificación en todo, artistas, público, marcas comerciales se mire hacia donde se mire, actividades de ocio, restaurantes y, en fin, todos los servicios que se tienen en cualquier parte. Estos festivales-romería, estos parques temáticos son un poco como el bufé de los restaurantes chinos, en los que todo termina sabiendo igual. Grupos, guitarras y baterías, cantantes melódicos alternando con bandas extremas, punk y copla, heavy y rumba, hip hop y ska-reggae, marketing, refrescos y pitanza, operadores de telefonía e internet, marcas de coches, bancos…, todo se congrega, todo confluye, todo forma parte del espectáculo, todo termina teniendo el mismo sabor a marketing y mercadotecnia. Totum revolutum.

En Woodstock, e incluso en aquellos primeros ‘enrrollamientos’ de la España de los primeros setenta del siglo pasado, existía el sentimiento de asistir a un rito, de diferenciarse del resto, de formar parte de algo diferente y muy lejano a lo que pasaba y a lo que se pensaba fuera del recinto. Y con “buen rollo tío”. El rock era entonces verdadera contracultura, puesto que la mayoría de la población no es que lo rechazara, es que ni lo tenía en cuenta: la sociedad aún no lo había asimilado.

No es que lo de ahora sea mejor ni peor, es simplemente distinto, es lo que lógicamente corresponde a cada momento: lo que fue Monterey sería imposible hoy, y los de hoy serían impensables entonces. Pero, por encima de todo, la mayor diferencia entre unos y otros reside en los artistas, y por eso no es posible la comparación: en los festivales de los veranos de los últimos sesenta del siglo XX tocaron gigantes del rock como Jimi Hendrix, The Who, The Rolling Stones, Crosby Stills Nash & Young, Janis Joplin, Creedence Clearwaer Revival, The Doors, Canned Heat… El ‘Woodstock 50’ de 2019 mezcla estrellas auténticas (un tanto ajadas, claro) con raperos y otras razas de dudosa relación con el rock y con lo que se pretende recordar.

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