Envío 38 (en la fila, en la tele, en el pueblo…)

Fotografía: Eloísa Otero.

Nuevo envío del poeta y músico leonés Ildefonso Rodríguez, dentro de su sección “Despierto y por la calle”, con sus anotaciones instantáneas, pequeñas iluminaciones, retratos fugaces…

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

En la fila del autobús aparece un andaluz perdido. Los pantalones huecos, acampanados, de tergal pobre, le danzan en las piernas; el sombrero de pescador muy echado sobre la nuca, las gafotas enormes, negras, caídas sobre la nariz. Va preguntando con su música cerrada: “¿Ez ezte el autobuz que va a…?”, y nombra un pueblo que no conoce nadie, ni el conductor del autobús. Desaparece con la misma agitación y campaneo con que se presentó, balanceando un paraguas en la mañana de verano sin una sola nube. Es un gran payaso, un auténtico payaso que vino a levantar la risa de todos, perdido en la ciudad del Norte. 

Cualquier ruido –un frenazo, un golpe sin origen– y creo que alguien pronuncia mi nombre, ¿cómo?, ¿quién me llama? Van a por mí.

En un bar veo a un hombre que está acodado en la barra. De pronto hace el gesto de apuntar con una escopeta, nos la hace ver, es algo que ha repetido muchas veces, es un cazador. Y dice: Mira qué a tiro se ha puesto ése. Yo sigo la trayectoria del cañón invisible. Al otro extremo del bar está la tele y en la tele, un reportaje sobre lobos. Hay, en efecto, un lobo en primer plano, al que apunta el hombre. Un gesto automático, fue salir el lobo y echarse la escopeta a la cara.
Le pregunté si había matado muchos lobos. Una vez, una camada entera, todavía no habían abierto los ojos, los di contra una piedra. Y hacía el gesto con precisión y con saña.

“Un hombre que deambula por la calle con una hoja en la mano despierta extrañeza”, ha escrito Ludwig Hohl. (La cuestión es si se trata de una hoja de árbol o una hoja de papel el blanco. Cuestión poéticamente abierta). 

Me encuentro con un conocido, intercambiamos informaciones.
Él: Se extinguen las abejas.
Yo: Se reproducen los Trumps.

En la tele, en el bar: un reportaje sobre un pueblo aragonés que tiene una virgen muy milagrosa. El abad del monasterio dice con gran acento mañico: “Aquí sin Virgen no se aguantaría”. Sic.

Va caminando delante de mí el eterno peripatético, el que vigila la ciudad, aquel que mandaba a los niños a la escuela (ya ha salido en este álbum). Fumando su faria, con la gorra de béisbol, rezongando, en su estilo: “a mí no me jodéis”. No ha cambiado en los últimos cincuenta años, no puedo entenderlo, tal vez sólo yo puedo verle.
Pocos días después, nos cruzamos en una plaza, me vuelvo para mirarle, él se vuelve (debe tener ojos en la nuca) y se queda mirándome, parado. Yo también, en desafío de miradas (¿qué estará mascullando?). Seguro que le ha llamado la atención mi gorra de cuadros, como de jockey. ¡A la escuela, burro, a la escuela!

(Segunda toma)
¡A la escuela, burro, a la escuela! me ve bebiendo agua en una fuente publica con chorrito y ya se lanza a sus imprecaciones desde la otra acera: ¡Hay que joderse, ponerse a beber donde cagan y mean la palomas y los pajarracos, poner ahí el morro, no me jodas, no bebía yo ahí ni aunque…!
Y sigue así, imparable. Qué gracia tiene el tipo, me paro, él también, nos miramos, sigue, le doy la réplica, qué razón tienes, qué verdad. Como retrocediendo cincuenta años en el tiempo de la ciudad.

El jubilado que se asoma a un agujero en la valla de la obra de la nueva estación. Su postura: como el voyeur que se inclina para asomarse al ojo de la cerradura o en un peeping tom del Soho londinense. Clavadito.

En Madrid. Calle Embajadores arriba, va un tipo que lleva una caja trasparente entre las manos, de tamaño mediano, parece que tiene su peso. Dentro veo enroscada una serpiente. Y, de pronto, me viene la intuición de que esa imagen es premonitoria del resultado de las elecciones municipales madrileñas: el huevo de la serpiente.

Vino la imagen por el ojo del aguilucho Samuel Beckett. El más urbano de todos los hombres había elegido como lugar de reposo el fondo de una gran zanja abierta en medio de la calle devastada, la sima donde se hundían los últimos caserones y tapiales pardos de aquella zona de la ciudad. El primo de Molloy había encontrado allí su lugar natural, en lo hondo de la barranca, entre los bloques de cemento y las grúas; allí se sentó a descansar, con las piernas cruzadas y las manos en las rodillas y miraba tranquilo a su alrededor, desde su distancia altiva.

En el pueblo. Un paseo nocturno, septiembre, ya se levanta el frío, ni un alma, algún coche de vez en cuando.
Al atravesar una calle estrecha, poco iluminada, me alcanza repentino un olor a guiso con mucha sustancia, como de las vendimias, con oveja o carnero. Puertas y ventanas cerradas, ni un ruido. El olor del guiso arcaico y mis pasos por la calle.

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