Oír con la garganta

Oír con la garganta

El poeta y crítico literario Miguel Casado (Valladolid, 1954) continúa con su sección en TAM TAM PRESS. Bajo el epígrafe de “Tienda de fieltro” (título de uno de sus poemarios emblemáticos) periódicamente irá desgranando sus reflexiones al hilo de distintas lecturas, en una reivindicación de la escritura como manera de estar en el mundo y de reinventarlo. En su tercer artículo merodea en torno a T. E. Lawrence (1888-1935), también conocido como Lawrence de Arabia, el legendario autor de ‘Los siete pilares de la sabiduría’:

“Su tipo de inteligencia consistía en saber mirar las cosas con un punto de vista nuevo que las cambiaba por completo: no tomaba partido en las polémicas, sino que comprendía que estaba sucediendo algo distinto de lo que se discutía. Y su acción lo demostraba. (…) Dicho de otro modo, su inteligencia se distinguía por la extrema capacidad de concretar, de hacerse cargo de la realidad”.

Miguel Casado.

Por MIGUEL CASADO

La escritura siempre inquieta, admirable, de los libros de Gilles Deleuze deja paso en sus cursos a un maravilloso poder de explicación, una capacidad máxima de ver y hacer ver, abierta a la sorpresa de asociaciones infinitas. Así, en el curso sobre Leibniz, cuando está mostrando que el filósofo alemán toma a veces como base en su concepción del mundo “estados de desorden inicial”, apunta que estos son fáciles de entender por el oyente: “Pueden hacerlos ustedes mismos. Arrojan al aire un puñado de letras de imprenta. O las balas de cañón de un campo de batalla; mil, diez mil bolas esparcidas por el campo de batalla. Quizá alguno de ustedes se acuerde de uno de los textos más bellos de Lawrence de Arabia. Es el final de una batalla contra los turcos, él está en el desierto vestido de árabe y cae la noche. Hay cadáveres sobre el campo de batalla, y él los halla desordenados, en un lugar hay cuatro cadáveres, en otro hay dos, después nada, después un lugar donde solo hay uno. Y he aquí que este extraño hombre se pone a apilar los cadáveres, hace pilas regulares. Es un texto bastante oscuro, uno siente un alma sombría en Lawrence”. Y, aun citando de memoria, haciendo más regular y aritmético el texto de lo que es en el original, deja una clave útil –la incertidumbre lógica– para seguir leyendo Los siete pilares de la sabiduría, esa obra extraordinaria, mientras él continúa preguntándose qué supone “hacer series” para Leibniz.

La leyenda de T. E. Lawrence (1888-1935) la expandieron los medios de manera fulminante, antes incluso de que hubiera publicado sus libros. Entre agosto de 1919 (apenas nueve meses tras el fin de la Primera Guerra Mundial, marco de la rebelión árabe que lideró) y enero de 1920, asistieron más de un millón de oyentes a las conferencias que dio sobre él en Londres el periodista americano Lowell Thomas; se cuenta que el propio Lawrence lo escuchó oculto entre el público. Esta difusión, que hoy se llamaría viral, estimuló una abundante bibliografía, en parte muy polémica, y también hagiográfica. Pero es más notable la larga pervivencia del interés por su figura y su obra, y la diversidad de las líneas de acercamiento. Deleuze, por ejemplo, es insistente: desde el capítulo dedicado a una teoría nómada de la guerra en Mil mesetas, al ensayo sobre Lawrence incluido en Crítica y clínica, en el que la valoración de su poder expresivo se abre a un análisis fuerte y tenso de las relaciones de un individuo con su propio cuerpo. O la extensa biografía que le dedicó André Malraux, El demonio del absoluto, que –escrita en los años 40, durante la ocupación alemana– no se publicó hasta 1996, ya póstumamente.

Por su extensión y su voluntad de abarcar, el libro de Malraux vendría de algún modo a ser un doble del libro de Lawrence, y el cotejo de ambos muestra casi en negativo la singular potencia de Los siete pilares. Malraux llena algunos huecos biográficos, contextualiza con justeza la situación bélica y la política, teje pequeñas anécdotas y frases sentenciosas, añade cartas trascendentes. Y, sin embargo, cuando concluye: “Toda psicología, toda experiencia vienen de sentir al hombre como un misterio. Toda mitología es una victoria sobre este misterio”, parece que se le escapara que el mayor misterio en Lawrence es la certeza previa de que cualquier victoria estará ausente. Había intentado acercarse a él con un elogio del aventurero como mito moderno de la energía, mito de un choque con la realidad que partiera de la realidad misma y no de la imaginación; y su tono se había ido elevando hasta volverse hímnico: “El aventurero es el hombre a quien no ilumina el sol, sino la antorcha que empuña en la mano”. Pero, pese a sus agudas intuiciones, el texto se le disgregaba sin remedio: o era una veloz e intensa crónica de hechos, o se demoraba en capítulos especulativos, a veces farragosos y contradictorios. Era lo opuesto a Lawrence, cuyo texto lo unifica una voz que parece atravesada no por la realidad ni por un sujeto, sino por la vida que los vuelve indiscernibles; paisajes, personajes, afectos, análisis inclementes de sí mismo y de los demás, reflexiones variadas e inolvidables, confluyen en su curso sin deslindarse. E. M. Forster observó que nunca se había tratado tanto movimiento con tan poca movilidad, mediante una sucesión de posiciones inmóviles, y su descripción era muy expresiva de un flujo y una aspereza simultáneos, de un espacio que regían juntas la acción y el desdoblamiento como dos fuerzas divergentes.

Decía Malraux que “el aventurero no puede conseguir ‘que ocurra algo’, pero puede destruir cuanto impide que ocurra algo”; no coincido en que Lawrence fuera propiamente un aventurero, pero logró que ocurrieran muchas cosas, impensables antes de que tuvieran lugar. Quizá nada le define mejor que la disposición a transformar sus pensamientos en actos; de ese modo, fue un singular teórico de la guerrilla sin hacer nunca teoría: sus densos conocimientos habrían podido remitir a las tácticas militares de Saladino, pero se limitaba a buscar opciones prácticas en cada encrucijada. Su tipo de inteligencia consistía en saber mirar las cosas con un punto de vista nuevo que las cambiaba por completo: no tomaba partido en las polémicas, sino que comprendía que estaba sucediendo algo distinto de lo que se discutía. Y su acción lo demostraba. Habría que leer con este enfoque el artículo que escribió sobre la guerrilla para la Enciclopedia Británica y el ensayo que le dedicó Federico Guglielmi: no tanto sobre las formas de la guerra, como sobre las formas de pensar y percibir. Dicho de otro modo, su inteligencia se distinguía por la extrema capacidad de concretar, de hacerse cargo de la realidad.

A esto, que determinaba la acción y era una forma de ser, se le superponía el desdoblamiento personal. Aunque la escritura fue posterior, vino a dar salida a un continuo verse desde fuera, verse actuar, que servía a la más tradicional de las escisiones: “siempre es el espíritu –observa Deleuze– el que se avergüenza, cede, u obtiene placer, o gloria, mientras el ‘cuerpo’ continúa obstinadamente ‘atareado’”. El juicio unánime que lo daba por impenetrable, opaco, o que entendía incurable la extrañeza de su discurso, arraigaba quizá en ese nudo de la vergüenza y el cuerpo, como lo que impide toda identidad, a la vez que una especie de fuerza bruta empuja hacia adelante. El modo en que él se sabía separado. El modo en que su escritura supo hacerse conciencia de separación: “Oímos –escribe Malraux en otro lugar– nuestra voz con la garganta y la voz de los demás con los oídos”. Pero aquí se muestra que una vida escrita, por muy extraña que resulte, le llega en ocasiones al lector a través de su garganta, como si fuera la voz silenciosa de su propia angustia: “La soberanía de la literatura –creía Lyotard– consiste en hacer compartir lo que no se puede compartir”.

Si la acción y el desdoblamiento coinciden en entregar un sujeto poliédrico, un sujeto que apenas lo es, diluido en cuanto yo, ¿cómo se explicaría la indudable ambición, el orgullo testarudo, que mueven a Lawrence y dan también ley a su texto? Ni la persona ni el personaje parecen buscar beneficio ni recompensa en la empresa de la rebelión árabe; renuncia a ascensos y nombramientos, procura el anonimato, limita la publicación de la obra a una tirada mínima y privada, dona las ganancias económicas… Y, sin embargo, nunca se abandona, si pacta es para persistir, se entiende innegociable el logro último de los objetivos –la independencia árabe como una forma concreta de nombrar quizá toda independencia–; y estos objetivos son ya particulares, suyos, nadie, ni en una parte ni en la contraria, le reconoce por entero. Se debía seguir, avanzar, había que tomar Damasco, aun sabiendo que detrás no había nada, y que el vacío de lo conseguido se contemplaría con frialdad en la misma mañana posterior al éxito. La ambición de Lawrence no es personal; es de un proyecto que funciona y exige por sí mismo, que propone una lógica que lo absorbe todo. Es una ambición ajena, objetiva, en la medida en que no le cabe modificarla ni satisfacerla, en que no depende de sus resultados. Él nunca idealizó el desierto, levantó una y otra vez acta de su crueldad; pero quizá hay algo de cierto en la apreciación de Malraux: “El futuro hacia el que se dirige el nómada no es la felicidad, sino el combate: el desierto es sagrado precisamente porque es el lugar del mundo donde ha muerto la esperanza”.

O, sencillamente, se trata de una opción existencial; el puro vivir que queda siempre al margen del sentido. Otro viajero de las arenas, Wilfred Thesiger, cuando descubre la desembocadura de un río no explorado antes, lo anota como forma de ser de la naturaleza: “El río había realizado un largo trayecto para finalizar aquí en este mundo muerto, en este lago de sal, y eso era lo que yo había venido a ver desde tan lejos: cuatrocientos kilómetros cuadrados de agua amarga, sobre la cual flotaban algas rojizas como sangre corrompida”.

Lecturas.–

T. E. Lawrence, Los siete pilares de la sabiduría (2 vol.). Traducción de Alberto Cardín. Madrid, Júcar, 1986.
Guerrilla. Prólogo de Wu Ming 4 (Federico Guglielmi). Traducción de Hugo Romero y Álvaro García-Ormaechea. Madrid, Acuarela, 2004.

Gilles Deleuze, Crítica y clínica. Traducción de Thomas Kauf. Barcelona, Anagrama, 1996.
Mil mesetas. Traducción de José Vázquez Pérez. Valencia, Pre-Textos, 2004.
Exasperación de la filosofía (Curso sobre Leibniz). Traducción Equipo Cactus. Buenos Aires, Cactus, 2006.

André Malraux, El demonio del absoluto. Traducción de Javier Albiñana. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2008.

Jean-François Lyotard, Signé Malraux. París, Grasset, 1996.

Wilfred Thesiger, Arenas de Arabia. Traducción de Gracia Rodríguez. Barcelona, Península, 2003.

Un Comentario

  1. No puedo por menos que destacar que la bib
    lectura consultada por Miguel Casado sobre T.E. Lawrence en la traducción de Alberto Cardin y editada por Júcar en dos tomos, se comprobó al poco tiempo que Cardin no sabía inglés y que había tomado la edición francesa para traducir su edición en español. Este rumor lo destacó F.S. Dragó en el año 1997 cuando en el diario el Mundo hizo un artículo de una página entera hablando de la edición y traducción de Los siete pilares de la sabiduría que hizo María Cóndor para Huerga y Fierro Editores en ese mismo año (por cierto la edición se nos sigue vendiendo hoy día). Esta información se puede comprobar cuando a los pocos años ediciones B compró la edición de Cardin y en el copy aparece el nombre de un corrector de estilo que hizo las veces de hacer la edición de Cardin lo más parecida al texto que había escrito T. E. Lawrence.

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