Calendario (30)

© Ilustración: Avelino Fierro.

Después de 125 entregas (y tres libros consecutivos, publicados en Eolas Ediciones), el autor anunció que iba a dejar de escribir el “Querido diario” por algún tiempo, que necesitaba un cambio de rumbo… Y abrió nueva sección, “Calendario”, asimismo ilustrada. Esta es su trigésima entrega:

CALENDARIO

30

Por AVELINO FIERRO

En el tránsito de la noche a la mañana que comienza, miro la ciudad. Apagada ya la luz de las farolas y oscurecido el ventanal de mi amigo el solitario, el cielo es uniforme y de plomo. Un tinte espeso el de esta mañana de noviembre que todo lo impregna y achata, como si desde lo alto se hubiera derramado un polvillo hecho de indiferencia y un algo de tristeza. No sé… No hay motivos para ilusionarse por lo que puede suceder este lunes taciturno. Ya hay algunas palomas y urracas sobre las antenas. Trato de salir de aquí. Sobrevuelo estos tejados del barrio e imagino otros espacios, los campos en estos días al atardecer, con fuegos en los márgenes de los sembrados y el humo formando hilos de niebla baja entremetidos entre las sebes y los troncos de los robles. Y el río, que no es un dios pardo y fuerte, hosco, indómito y huraño, como el del poema de Eliot; es un río humilde, que ha recuperado su cauce entre pueblos de silencio. Y puede que algunos rayos tardíos lleguen para dorar la hojarasca que se ha ido agrupando a los lados de los caminos. Allí todo discurre igual. Ya vuelvo. He desplegado ahora algunos libros en la mesa en pos de una medicina donde los ojos hallen algo de vigor. Varias frases que arranco de ellos hablan también de ciudades, de otro tiempo que parece mejor. Bueno, es algo engañoso: son párrafos que hablan de la infancia. Attilio Bertolucci, en un poema que dedica a Roma y a Pasolini, describe las heladas sin fin de la niñez, ateridas y vivaces; y Miguel d’Ors otra ciudad, y “la belleza callada de donde viene mi sangre”; Adam Zagajewski los portentos de Lvov, aunque esté semivelada por la capa de polvo soviético que la recubre todavía y agazapada tras una barrera de vulgaridad. Pero yo, aquí, en esta mañana tan reticente a la gracia, a la esperanza, difícilmente puedo imaginar un amable porvenir. Influirá, claro, mi ánimo desdibujado y maldormido. Y porque ayer, después de las elecciones generales prosigue la soberbia. (Pasolini: “Los políticos, enganchados a la pura supervivencia, a su caótica cotidianidad, que los periodistas mitifican como si fuera ‘seria’. Maniobras, conjuras, intrigas, negocios sucios de Palacio pasan por ser acontecimientos serios”). Porque la crisis volverá a morder en invierno. Porque no vendrá una tormenta solar que acabe con los microchips que tejen las redes y seguiremos por ello instalados en la necedad. Sigue esta luz de sombras previas a la mañana. Ese instante que ni siquiera Eliot podía nombrar, ese momento –dijo– en que deberíamos apagar una linterna si la lleváramos. Y no veo arcángeles de guardia que cuiden de nosotros, ni aleteos del Amor, ni siquiera un pequeño dios de andar por casa, barrigudo y bonachón, que tararee para todos una melodía amable, que saque un poquito de brillo a este renqueante alborecer. Mañana con heridas en el aire, con párpados cansados y rayados por el gris.

Un Comentario

  1. Zana

    Sencillamente genial…como siempre

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