Bosnia, la montaña de la desesperación

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Hossein asciende la montaña junto con Rahim y el resto de migrantes afganos durante su travesía por el bosque en dirección a la frontera con Croacia. | JM LÓPEZ

El fotoperiodista leonés JM López detalla la complicada lucha de los migrantes por llegar a su destino: Europa. Y lo hace desde Bosnia, un lugar en el que el sufrimiento está marcado en la piel de toda su población.

Por JM LÓPEZ
Bihac (Bosnia)

Las siluetas se recortan en el horizonte a medida que ascienden por la empinada pista forestal que conduce a la frontera con Croacia. Corresponden a un grupo de hombres en su mayoría procedentes de las islas Comoras, aunque también los hay de Afganistán y Pakistán. Extraños compañeros de viaje con un destino común, la Unión Europea. El día llega a su fin cuando una camioneta los alcanza, baja la ventanilla y, desde su interior, una misteriosa voz les pregunta: “¿Qué queréis?, ¿hacer el juego o que os llevemos de vuelta otra vez?”. Con el silencio por respuesta aceleran el paso y se pierden en la oscuridad.

Cada día lo intentan decenas de migrantes desde la cercana localidad bosnia de Bihac. Lo llaman el juego. Un eufemismo que define la desesperada huida a la que se han visto obligados tratando de alcanzar una vida mejor. Se les reconoce a simple vista, avanzan en grupos de 10 o 15 personas cargados con mochilas repletas de ropa, comida y agua. Han apostado todo lo que tenían a una sola carta, y ahora ha llegado el momento de saber quien gana la partida.

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Un grupo de migrantes afganos se calientan en una hoguera al lado de una factoría abandonada del polígono industrial de Bihac. | JM LÓPEZ

Asef tiene 29 años y es de Pakistán. “Dejé mi país hace un año para ir a Italia. Tengo padres y una hermana más pequeña que yo, hecho mucho de menos a mi familia. Me siento muy cansado, pero aún conservo la esperanza”, suspira con cierto aire de nostalgia. A su lado camina Abdul, de 28 años, que ha intentado cruzar 13 veces. “Siempre me atrapa la policía croata y me devuelve aquí. Cada vez que me deportan lloro. Ya he perdido mucho dinero, y a veces pierdo también mi cabeza, siento que ha dejado de funcionar. Estoy deprimido y triste”, se lamenta este joven pakistaní que todavía tiene una bala incrustada en su brazo.

Para la mayoría de migrantes el sueño se convierte en pesadilla al cruzar la frontera. Cualquiera puede identificarles rápidamente por su aspecto y el color de la piel, para entregarles a las autoridades. Palizas sistemáticas por parte de la policía croata y el robo de todas sus pertenencias, teléfonos móviles, dinero y, a veces, hasta la ropa que llevan puesta, es lo que les espera antes de la expulsión. Un procedimiento que se conoce como “push-back”, y que viola las leyes de la Unión Europea y el derecho de las personas a solicitar asilo dentro de su territorio. Desde que la frontera de Serbia y Hungría fue cerrada con vallas y alambres de espino, más de 43.000 migrantes han buscado esta alternativa a la ruta de las Balcanes.

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Migrantes procedentes de Marruecos esperan el momento para cruzar la frontera con Croacia en el interior de una casa abandonada en Velika Kladusa. | JM LÓPEZ

En Bihac la situación ha empeorado este invierno con temperaturas mínimas que pueden llegar a 15 grados bajo cero, lo que provocó el cierre del campo de Vucjak, donde cientos de personas permanecían alojadas en precarias tiendas sin las mínimas condiciones de salubridad. “Estamos desbordados. Tratamos de dar a todos lo que necesitan, servicios, comida y doctores, pero las negociaciones políticas sobre nuevas localizaciones llevan casi dos años y no sabemos lo que va a suceder”, afirma Amira Hadzimehmedovic, manager del campo Bira. Situado en el interior de una factoría de frigoríficos en desuso donada por un empresario local, este campo acoge en la actualidad a 2.184 migrantes, todos ellos hombres solteros y también menores procedentes, en su mayoría, de Pakistán, Afganistán y Egipto, aunque también hay iraníes o sirios, entre otras nacionalidades.

A pocos metros de aquí, en el polígono industrial, los que no han tenido tanta suerte viven en edificios abandonados. Mohamed es de Kandahar, la segunda ciudad más grande de Afganistán, y en sus 29 años de vida no ha conocido nada más que la guerra. “Dejé mi país porque los talibanes me amenazaron de muerte. Yo era pastor y ellos venían a pedirme ovejas todo el tiempo, como si fuera un impuesto, por eso los denuncié a la policía”, dice apesadumbrado mientras atiza el fuego de la hoguera donde se calienta junto a otros compatriotas. “Llevamos 43 días esperando el buen tiempo para ir al juego. Además hay que pagar entre 400 y 500 euros a un traficante para que nos ayude, que pueden ascender a 5.000 si queremos llegar a Italia. Al menos aquí la gente nos trata bien y estamos contentos porque tenemos buena salud”, concluye. No en vano la población bosnia empatiza con ellos, ya que Bihac estuvo sitiado por las fuerzas serbias tres años durante la guerra civil que desangró el país y convirtió en refugiados a 1,8 millones de sus habitantes.

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Akram, de 16 años, se ducha en el interior de un edificio abandonado donde esta viviendo junto con otros afganos en Bihac. | JM LÓPEZ

Además de Bira, la OIM (Organización Internacional para los Migrantes) también gestiona en Bihac el campo de Borici, reservado para las familias y de acceso restringido a la prensa. Desde aquí partió Numel Yonas, de 20 años, junto con sus padres, un hermano y dos sobrinas, en dirección a la montaña. “Somos de Eritrea y llevamos tres o cuatro años viajando, no estoy seguro, yo he crecido en la carretera. Primero fuimos a Etiopía, de ahí a Turquía en avión, porque no necesitamos visado, luego Grecia, Macedonia, Serbia y Bosnia”. Numel enumera los países como si del Risk se tratara, y continúa diciendo: “Soñamos con una vida mejor, por eso no tenemos miedo. Ya hemos intentado cruzar a Croacia siete veces; cada vez que nos deportan perdemos todo lo que tenemos, y el juego vuelve a empezar”, sentencia.

A ellos se ha unido Yousef, un joven sirio de la provincia de Idlib, que el mes que viene cumplirá 28 años. Con paso lento pero seguro ascienden la montaña de 1.800 metros como quien realiza un gesto de lo más cotidiano, hasta llegar a unas cabañas donde pasarán la noche. En la fachada, un grafiti con restos de la bandera del Estado Islámico recuerda que algún simpatizante estuvo por aquí. Yousef se apresura a encender la estufa y, mientras fuma un cigarrillo, recuerda: “Luché junto a Jabhat Al-Nusra para defender mi pueblo, Saraqeb, pero yo no pertenezco al grupo. Estoy preparado para morir, pero no para dejar nuestra tierra al régimen sirio. Mi hermano murió en combate hace 5 meses y yo tengo tres heridas de bala, una de ellas en la pierna, que me impide caminar bien”, se queja amargamente mientras señala el lugar de los impactos. “Estoy muy cansado, la guerra afecta a nuestras vidas y nos ha expulsado del país, ya no le importamos a nadie. Quiero llegar a Alemania donde vive otro hermano mío desde hace siete años. Nosotros no queremos crear problemas, sólo queremos vivir en paz”.

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Migrantes afganos cenan en el interior de un edificio abandonado donde están viviendo en Bihac. | JM LÓPEZ

No todos los migrantes huyen del hambre y la guerra. Velika Kladusa es una localidad situada 60 kilómetros al norte de Bihac y a sólo 2 de la frontera con Croacia. En el campo de Miral se encuentra Fakhraddin, un kurdo iraní que relata con tristeza su historia: “Dejé Irán junto a mi familia porque era un activista político amenazado. Fuimos a Turquía y pedí asilo a las Naciones Unidas, esperé allí durante cinco años hasta que mi caso fue aceptado por Estados Unidos, pero entonces Donald Trump llegó al poder y decidió que ningún iraní podía entrar en el país. Al mismo tiempo, Turquía comenzó a deportar a los activistas políticos a Irán. Por miedo a perder la vida tuve que separarme de mi mujer y mis tres hijos, para intentar llegar yo solo a Europa. Mi padre está retirado y, de vez en cuando, les manda dinero para ayudarles, pero no es suficiente”, y sigue diciendo, mientras hace cola para recoger la comida, “la situación en este campo para mí es muy difícil. Está saturado de gente y los pakistaníes, que son mayoría, actúan como si fueran una mafia. Hay peleas continuamente. Quiero salir de aquí, pero no tengo dinero para ir a ninguna parte”, concluye, al tiempo que lamenta su mala suerte.

En la montaña de Bihac, durante la noche, un grupo de afganos se ha unido a los demás. Entre todos ellos destaca Ehsan. Este niño de once años refleja en el rostro la inocencia propia de su edad y, mientras juguetea con un pequeño reloj de arena, cuenta en voz baja: “Mi madre está en Alemania y quiero ir a reunirme con ella. He intentado cruzar cinco veces. Odio el juego. Ya he probado de todas las maneras, en coche y andando, pero ninguna funcionó”. Su padre, Hossein, asiente con la cabeza, y añade: “Somos hazaras, una minoría en Afganistán, por eso teníamos muchos problemas y tuvimos que huir a Irán, donde nació Ehsan, ya como refugiado. Mi mujer se fue desde Grecia el año pasado con un pasaporte falso, y ahora tratamos de ir nosotros. Me siento muy mal por poner a un niño en esta situación, ningún padre quisiera ver a su hijo así, pero no tenemos otra alternativa”.

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Migrantes afganos se despiertan en el interior de una cabaña que utilizan para dormir durante su travesía por las montañas de Bosnia para cruzar la frontera. | JM LÓPEZ

A la mañana siguiente Yousef decide no continuar, le duele mucho la pierna y todavía queda lo peor ya que, a partir de ahora, la nieve y el intenso frío dificultarán el avance. Mientras el grupo afgano desayuna y se prepara para partir, Numel y su familia han resuelto seguir una ruta distinta. “Cuando llegue a Alemania me encantaría comprar un ordenador portátil y luego ir a la escuela para aprenderlo todo. Quiero ser médico o hacker”, confiesa Ehsan mientras se come un bocadillo de mortadela, y continúa diciendo: “anoche no pude dormir, pero no me quejo para no preocupar a mi padre, que tiene mucha presión. Pienso en el pasado, cuando era feliz, y siento envidia de otros niños cuando les veo por la calle”, añade antes de ponerse en marcha.

A un lado del camino carteles rojos con una calavera pintada recuerdan que el terreno todavía esta sembrado con minas de la antigua guerra yugoslava. “Me arrepiento de haber nacido”. Quien así habla es Rahim, un afgano de 33 años risueño que siempre esta dispuesto para animar al grupo. “Toda mi vida ha sido sufrimiento y dolor, por lo tanto, ¿cuál es la razón para existir en este planeta? Me gusta gastar bromas para que la gente se ría, hago esto porque sufro mucho”, agrega con una sinceridad que estremece el corazón. “Tú tienes que contar mi historia, que nuestros líderes políticos vean lo que estamos pasando. Afganistán es un país rico en minerales y nadie se tendría que ver obligado a marchar de allí”.

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Yousef, de 27 años, fuma un cigarrillo frente a la estufa en el interior de una cabaña que utiliza para dormir durante su travesía por las montañas de Bosnia para cruzar la frontera. | JM LÓPEZ

El silencio de este bello paisaje solo es interrumpido por el sonido de los drones que la policía utiliza para detectar a los migrantes a los que, además, han incorporado dispositivos equipados con sensores térmicos. El último tramo hasta la frontera lo harán a través del bosque para evitar ser vistos.

Ehsan y su grupo fueron arrestados en Eslovenia, cerca de la frontera con Italia después de diez días caminando, y devueltos a Bihac inmediatamente. Numel, junto con su familia, regresaron ese mismo día a Borici una vez que el traficante suspendió la operación. Para todos ellos, y los más de 8.000 migrantes que permanecen atrapados en Bosnia, el juego continúa.

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