Desde mi celda (5)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor de “Querido diario” y “Calendario” sigue adelante con su nueva sección, de carácter epistolar, que ha titulado “Desde mi celda”, y que se extenderá durante los días que duren las medidas de contención del coronavirus —que recomiendan y obligan a los ciudadanos a permanecer en sus casas, con el objetivo de reducir al mínimo las posibilidades de contagio, y que han desembocado en la declaración del “estado de alarma, con el fin de afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el coronavirus COVID-19, en todo el territorio español”—. Quinto día:

Por AVELINO FIERRO

Martes, 17.- Antonio, aquí me tienes, pensando en ti. Eso es lo que tiene el escribir cartas: uno piensa en las personas a quien las dirige; como dicen los teóricos, es la interpersonalidad imaginada, la imaginación del tú por parte del yo que escribe. Uno se las representa, bien de forma muy concreta –en estos casos aparece sobremanera su rostro– o vaporosa y genérica. Ahora no voy muy allá: Te imagino durmiendo, no sé si con un pie fuera de la cama. Eso hago yo a veces: siento demasiado calor –¿la andropausia?– y saco un pie para regular la temperatura corporal.

Hoy me he despertado pronto, a las seis de la mañana. Sentí un zumbido y vi cómo varias legiones de virus venían en mi busca para llevarme al Walhalla o a algún otro limbo ignorado. Esto del Valhalla puede deberse a que Mar vio ayer que la serie Vikingos estaba disponible en la tele y yo le insinué que quizá podríamos echarle un vistazo a alguna temporada (se me ocurre ahora que esto de ver producciones cinematográficas “por temporadas” no habría sido entendido por los lectores de hace bien pocos años; una más de las expresiones que, casi sin darnos cuenta, ha pasado a formar parte de nuestro vocabulario). Ya ves los daños colaterales del encierro: ponerse a perder el tiempo viendo la televisión, cuando resulta que uno estaba orgulloso de haber visto únicamente cosas como Yo Claudio, algunos capítulos de Los Soprano –que nos pasaba grabados Toñín Fortes–, otros de The Wire, en sus cedés originales traídos desde el cineclub por Eduardo, y los cinco o seis capítulos de Treme.

No quiero perder el hilo: el sueño no llegó a ser una pesadilla. El batallón de bichos parecía disciplinado y con órdenes de no hacer sangre; mi persona era algo importante y tenían que transportarme sano y salvo. El Gran Virus me reclamaba a su lado para narrarle cuentos o historias, estando como estaba ya aburrido en su trono, harto de ver tanta calamidad, muerte y destrucción. Ahora, ya despierto, pienso que igual el muy hijoputa se entretendría con estas cartas, pero no tengo su dirección de correo electrónico.

Al levantar la persiana de esta habitación alta desde la que escribo, también otro suceso me sobresaltó. No vi la luz de mi amigo el solitario, que luce siempre en uno de los edificios altos del barrio de Nocedo. Pero al rato, acostumbrada mi vista a la oscuridad, observé una luz más tenue, un pequeño recuadro de esperanza entre la masa negruzca: había madrugado tanto como siempre, pero tenía casi baja la persiana. Me alegré sobremanera y recordé un chiste que ayer le habían mandado a Mar al teléfono: “La aplicación que me cuenta los pasos me acaba de preguntar si me he muerto”. Ahora ya veo su recuadro de luz, vigilante él de aquella zona de casas como yo de la mía.

Lo cierto es que no pensaba relatarte estas historias más bien tontas, pero al quinto día de encierro –relativo en mi caso, ya que estoy de guardia y ayer pude disfrutar de un paseo hasta la oficina–, empiezan ya a producirse cambios en el metabolismo y micro infartos cerebrales. Todo esto azuza la melancolía, las aprensiones y flaquezas del espíritu.

Cuenta Daniel Defoe cómo algo así sucedía en el Londres de los años de la peste, cuando los recelos de la gente fueron estimulados por el error de una época durante la cual el pueblo se mostró más adicto a las profecías, conjuros astrológicos, sueños y cuentos de comadres de lo que se había mostrado nunca antes o después.

Contribuían a ello los brujos y bellacos, dice, y las viejas y los hipocondríacos flemáticos del sexo opuesto. Los frentes de las casas y las esquinas de las calles estaban pegoteados con afiches de doctores y anuncios de charlatanes ignorantes que se metían a médicos e invitaban a acudir a ellos. “Píldoras antipeste”, “Cordial Soberano contra la corrupción del aire”, “La única verdadera agua de peste”. Y títulos más espaciosos. Reseña varios, dice que podría ofrecer dos o tres docenas de parecido tenor. “Eminente médico holandés…”, “Dama italiana recién llegada de Nápoles…”.

Te copio uno que me hace gracia: “Anciana dama que ejerció con gran éxito en la última plaga de esta ciudad, año 1636, da su consejo exclusivamente al sexo femenino. Dirigirse a…”.

Acabo. Ayer, de vuelta de la oficina, cerca de las tres de la tarde, acudí a ver a mi Dama. Mar me había encargado la compra de un colirio –tanto serial en la tele no puede ser bueno– y entré en la farmacia. A esas horas suele atender una hija de la farmacéutica. La puerta estaba abierta de par en par. Unas cintas de “Peligro, Obras” rodeaban a distancia el mostrador. La joven apareció desde detrás de unas estanterías laterales. “¿Es urgente?”. “No, no, necesito un colirio”. “Dame diez minutos. Acaba de entrar un paciente con coronavirus y estoy desinfectando”.

Creo que salí dando un salto hacia atrás, como teletransportado. Sin poner los pies en el suelo. Sin embargo, lavé la suela de los zapatos al entrar en casa, a la que llegué sin haber respirado. Y no sé si eso de fregar las suelas es una medida preventiva acertada: si los pisamos, digo yo, que los despachurramos (a los virus). Y eso del ibuprofeno… que no sé si lo dice Boris Johnson. Por cierto, ¿te has fijado en que todos los tontos tienen el pelo un poco de aquella manera: el americano, ese otro catalán huido…? De eso del ibuprofeno, al menos, estoy a salvo por mi delicado estómago que no tolera antiinflamatorios.

Te dejo, sin contarte nada de lo que pensaba. A ver si mañana…

Besos a Puri y al niño. Y tú, sigue con salud.

A.

2 Comments

  1. Ja, ja, ja. Me encanta el tono de estas reflexiones. Gracias por la doble ventaja: entretenerte tú y facilitar una sonrisa al lector por un ratito. A seguir, Ave.

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  2. Debo confesar que al empezar a leer “Antonio, aquí me tienes, pensando en tí”, me llevé un sobresalto. Me dije: Avelino ha sucumbido a mis encantos. Enseguida me di cuenta que no era yo el destinatario. Y ahora me invade una duda: no se si estoy aliviado o decepcionado. Gracias al coronavirus que me permite leerte mas, y gracias a ti por hacernos esto mas ameno.

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