Marisa González, con máquina interpuesta

Marisa González. ‘Registros domesticados’ CGAC, 2016.

Marisa Gonzalez, pionera española en el uso de la tecnología en el arte, protagoniza la tercera entrega de “Mujeres con arte”, la sección desde la que el periodista con raíces asturianas Gerardo López López –uno de los promotores del proyecto #Néxodos– comparte su mirada sobre mujeres creadoras que le interesan…

MARISA GONZÁLEZ, con máquina interpuesta

Por GERARDO LÓPEZ LÓPEZ
→ @gerloplop

Varios son los aspectos del trabajo de Marisa Gonzalez que la convierten, en mi opinión, en una de las artistas más interesantes de la escena nacional y en la protagonista de esta tercera entrega de la serie. El uso de la tecnología, la presencia del feminismo y de la conciencia social en su práctica artística, el reciclado como uno de los aspectos presentes en toda su obra y su atracción por los espacios industriales y su arqueología, son constantes conceptuales y formales en su trabajo desde los años 70 y se han mantenido siempre como denominadores comunes en sus instalaciones, obras seriadas, fotografías, piezas escultóricas, videos o cualquier de los soportes que ha ido utilizando a lo lago de los años.

Marisa González es una pionera en el uso de la tecnología en el arte, camino que descubrió en los años de formación que pasó en el Art Institute de Chicago a donde llegó tras cursar su carrera de Bellas Artes en Madrid. Ella asegura que cuando terminó la carrera “sabía muy bien lo que no quería hacer, nada de lo que me habían enseñado”. De la mano de Eusebio Sempere había conocido el Centro de Cálculo, donde se dio cuenta de que había otras vías posibles en el mundo de la creación artística, pero fue en su estancia en Chicago y después en Whasington donde descubrió el uso de las tecnologías, especialmente de reproducción y comunicación, para desarrollar su trabajo.

“Descubrir la aplicación en el arte de las nuevas tecnologías fue fundamental para identificarme con el lenguaje del presente, con posición al futuro. La aportación de dichos lenguajes y técnicas ofrece nuevas vías de experimentación que favorecen el desarrollo y fomentan la pluralidad de recursos, modificando las medidas temporales y espaciales. En mi trabajo han sido fundamentales para permitirme recrear series secuenciales que derivan en obras multidisciplinares”, asegura.

Muy interesantes son sus trabajos realizados con fotocopiadoras de color, con prensas de calor o con fax y termofax. En sus exposiciones suelen estar presentes las máquinas que utiliza, como testimonios de la evolución de la tecnología y para mostrar los procesos, siempre “con máquina interpuesta como herramienta, como transmisor”. Ella lo tiene muy claro: “A las máquinas nunca les pido lo que no me pueden dar, asumo sus limitaciones”.

Entre los contenidos conceptuales de su trabajo la marginalidad, las desigualdades sociales y el feminismo, están presentes de un modo u otro. Ella se define como feminista porque no concibe otra posición en la sociedad contemporánea. “La toma de conciencia de la necesidad de potenciar el feminismo parte desde mi juventud, cuando viví la discriminación por el hecho de ser mujer. El papel que nos tocó vivir a las mujeres de mi generación, el destino que la sociedad nos deparaba era doméstico. Tuve que luchar para cambiar esta predestinación y cambiar el rumbo de mi vida”. También destaca la importancia del pensamiento feminista: “El papel del feminismo ha sido fundamental porque gracias a las pensadoras feministas en la historia, se ha construido un discurso sólido en el pensamiento contemporáneo, por lo tanto, mi obra, en diferentes etapas ha formado parte de esta corriente, y pertenecer a este universo feminista nos potencia a las mujeres”.

Ejemplos de esta implicación se encuentran a lo largo de toda su carrera, desde, por ejemplo, la serie ‘La Violación’ (1972), que con una muñeca encontrada en la basura simula una violación a través de una serie de imágenes, hasta trabajos más actuales como ‘Ellas Filipinas’ (2009-2010) en el que se ocupa de las mujeres filipinas que trabajan en el servicio doméstico en Hong Kong y, cada domingo, invaden el centro de la ciudad donde construyen sus recintos de intimidad colectiva y desarrollan a lo largo del día actividades relacionadas con el descanso, el ocio y la socialización. Este trabajo consta de fotografías, entrevistas y vídeos que registran y recrean estos espacios insólitos y la vida de sus habitantes que sacrifican sus vidas por mejorar las de sus familias.

Otro de los que configuran el ideario de la artista es su interés por el reciclaje, por los procesos de recuperación. Así, afirma en un programa que Metróplis dedicó a su trabajo: “Mi mirada ha estado siempre más cerca de los contenedores que de los escaparates de lujo. La atracción por la imperfección y por lo abandonado, por aquello que va a desaparecer, a extinguirse, hace que se despierte un sentido de recuperación, de rehabilitación de reconversión en todos los ámbitos, no para manipular su forma, sino para ser observados desde otro punto de vista, desde otra mirada” y es precisamente esa otra mirada la que le otorga una nueva identidad a los objetos y que carga de interés, estableciendo nuevas relaciones entre los mismos y con los observadores. Marisa González afirma que “la necesidad de reciclar ha sido y es una constante permanente. El rescatar lo inservible, inyectar nueva vida a lo ya rechazado para representar una narrativa visual, estableciendo un diálogo entre lo artificial y lo real, lo manipulado o modificado”.

Relacionado con este aspecto del reciclaje está otro de los temas que más interesantes me parecen en su obra, se trata de los trabajos relacionados con la arqueología industrial y en concreto con algunas grandes infraestructuras que han sido desmontadas en los últimos años. Hay dos proyectos que, en mi opinión, son particularmente potentes, se trata de La Fábrica Harino-Panadera, un trabajo sobre la decadencia y destrucción de la arquitectura industrial del siglo XX en el que cuenta el vaciado y demolición del conjunto de edificaciones, maquinaria y documentos que corresponde a esta fábrica situada en el centro de Bilbao. Se generan una serie de materiales como fotografías digitales, vídeo instalaciones, CD-ROM y un net art interactivo que constituyen una especie de memoria industrial y también vital de las personas que habitaron este territorio industrial.

El otro gran proyecto es el que recoge el desmontaje de la central nuclear de Lemoniz. Se desarrolla a lo largo de dos años en los que documenta de forma exhaustiva las diferentes fases en las que se desmonta la central y refleja su preocupación por temas como la memoria y el olvido, la arquitectura, el urbanismo y sus consecuencias culturales, políticas, ecológicas y sociales. Este trabajo se sale de la visión documental y se convierte en un “registro testimonio” con el que contextualiza los procesos.

Los últimos trabajos de Marisa González tienen que ver con otra de sus grandes preocupaciones, el medioambiente y el futuro del planeta. “Mis ultimas series están enfocadas en la deriva que está tomando el cambio climático, la mutación producida por este a través de la manipulación genética, y el impacto del desarrollo de la sociedad contemporánea”.

En estos tiempos extraños de confinamiento y crisis global que nos toca vivir, ella sigue trabajando y considera que estamos ante una buena oportunidad para repensar modelos: “Ojalá esta crisis global, sobre la que tantos pensadores están estudiando su repercusión, sirva para modificar los hábitos en aras de un planeta más sostenible”. Sin embargo, la artista no tiene muchas esperanzas en grandes cambios: “Por naturaleza soy optimista, pero me temo que la normalidad, a pesar de los buenos propósitos de la sociedad bajo la presión social de la crisis, vuelva a caer en los mismos errores, porque no hay voluntad en las grandes corporaciones de restar sus beneficios para que las cosas cambien. Lo único que cambiará será el relanzamiento económico, para llegar al mismo punto anterior”.

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