Los deslumbramientos

Gottfried Benn.

Los deslumbramientos

El poeta y crítico literario Miguel Casado (Valladolid, 1954) llega al octavo artículo de su sección “Tienda de fieltro”, en la que va desgranando sus reflexiones al hilo de distintas lecturas, en una reivindicación de la escritura como manera de estar en el mundo y de reinventarlo. Esta vez se acerca a la primera poesía del médico y escritor alemán Gottfried Benn (1986-1956).

Miguel Casado.

Por MIGUEL CASADO

Morgue es un cuaderno de seis poemas publicado por Gottfried Benn en 1912, sus primeros poemas cuando tenía 26 años, escritos al hilo de sus prácticas de disección al término de la carrera de Medicina. Breves y contundentes, se convirtieron en la imagen más conocida de su poesía y quizá de todo el expresionismo alemán. Como este, “Hermosa juventud”: “La boca de una chica que llevaba ya tiempo en un juncal / parecía roída. / Cuando se le abrió el pecho, el esófago estaba agujereado. / Al final, entretejido debajo del diafragma, / un nido apareció con crías de rata. / Una de las pequeñuelas estaba muerta. / Las otras se nutrían de hígado y riñones, / bebían la sangre helada y habían / pasado allí una hermosa juventud. / Y hermosa y rápida les llegó también la muerte: / las tiraron a todas al agua. / ¡Ah, cómo chillaban los tiernos hociquillos!”.

Así dice el poema completo, y cuesta añadir palabra. Se suele invocar la influencia en los expresionistas de un pintor del siglo XV, Mathis Grünewald: el naturalismo del cuerpo (las costillas del crucificado en el altar de Isenheim, los clavos que crispan sus manos) y el dramatismo son diques opuestos en su pintura a la idealización. La potencia de esa mirada impresiona a los jóvenes escritores de la época: es memorable el relato que hace Elías Canetti de su viaje a Alsacia para ver en Colmar el retablo. Pero también resulta útil para mostrar la diferencia: en Benn no hay propiamente dramatismo, sino crudeza y, a la vez, tanto una inesperada, imposible delicadeza en los matices, como el sarcasmo que la aniquila apenas había surgido. “Hermosa juventud” era el título de una canción sentimental de moda; pero el poema tendería, con los adjetivos y los diminutivos, a que fueran las ratas las que produjeran pena; el cuerpo de la chica, despiezado, es un espacio no humano, pura naturaleza. El relieve de los detalles se contrapesa con lo imprevisible del relato. Y el tópico de lo lírico se derrumba en el impacto sublime del horror, de lo crecido en la muerte, que excede cualquier pensamiento.

Ni aquí ni en los poemas siguientes de Benn suena la cuerda emocional que parece definir al expresionismo y que surge –como la pintura y el cine muestran sobre todo– del rechazo de la representación realista. Nada confesional se hace explícito en estos poemas, ni siquiera cuando abordan con insistencia algo como el choque entre padres e hijos, o el dolor por la pérdida de la madre; tampoco hay melancolía. El sentimiento es una función del cuerpo. Tan lejos de las etiquetas de la historia literaria, en este primer Benn parece haber solo una despótica exterioridad: la precariedad de los cuerpos, lo indistinto de su carne y del accidente de su existencia. Y quizá solo una vez, literalmente en una pincelada, reconocemos el retrato de grupo que nos ha llegado: “Semana tras semana sus hijos, / al volver del colegio, / le levantaban la cabeza: / entonces le entraba un poco de aire y podía dormir. // En una ocasión, uno se agachó de improviso / y la cabeza se le escapó de las manos. / Resbaló hacia un lado, colgando azul oscura por encima / de un hombro. / Azul oscuro”. La vibración de esa pincelada de color que se suspende, extrañamiento de la mirada, emoción desplazada que no llega a nombrarse.

Seguramente estos rasgos explican el extraordinario interés de Los deslumbramientos, la novela de Pierre Mertens, que construye en la ficción la biografía de Gottfried Benn, trazando el itinerario vital de quien excluyó lo autobiográfico del poema, y lo hace a partir de su obra, como es propio cuando se trata de un gran poeta. Desde la sala de autopsias aferra el hilo de la profesión de su personaje para ir descubriendo con esa guía el espesor de la escritura. Nacido en 1886, Benn participó como médico militar en las dos guerras mundiales, aunque no estuvo en la primera línea; curó y estudió enfermedades venéreas, investigó suicidios, decidió sobre las minusvalías –y en los intervalos tuvo una consulta de venereología, que nunca le permitió sentirse al margen del sufrimiento y la pobreza en sus grados más sórdidos. Mertens va componiendo un espacio interior de aguda conciencia y el pulso sostenido de una vida sin relieve, cuyo color nombraron los versos: “pronto y siempre / sentí lo gris, más con cada año”. Es la contradicción entre la figura de un “hombre sin atributos” y la fortaleza del yo que subyacía: un “yo marcado”, al decir de un poema. La síntesis de la trayectoria –según el narrador belga– difuminaría los límites: “Hay resplandores de ceguera como hay resplandores de genio. La palabra deslumbramiento tiene dos sentidos: uno nos remite a la luz, el otro a la oscuridad. Y así va, y tanto va nuestra mirada del resplandor a la oscuridad que, contra toda razón, confunde lo uno con lo otro”. El retrato existencial sería así un lugar de neutralización; pero ¿cómo asumir ese confundirse de todo cuando se trata de una conciencia tan extrema?, ¿o es que, al llegar a este punto, bajo esta perspectiva, la conciencia no puede nada?

Gottfried Benn.

Quizá la lectura de la poesía de Benn ha puesto su acento en Morgue y después en los dos principales libros publicados entre el final de la guerra y su muerte en 1956: Poemas estáticos (1948) y Postludio (1956), cuando obtiene un tardío reconocimiento. La zona intermedia son tres largas décadas que se siguen, a través de poemas y ensayos, como en penumbra: una larga meditación, puntuada siempre por la claridad y por la reticencia, que desembocará en una prolongada despedida, asentada en el equilibrio del dolor y del saber, quizá una de las más largas y conscientes de la historia de la poesía: “Me he preguntado a menudo, y no he encontrado respuesta, / de dónde viene lo suave y lo bueno, / hoy tampoco lo sé, y ahora tengo que irme”. La pérdida de los sueños, la indiferencia ante los valores sociales, van dando en implacable negatividad –“hay destrucción, quien la conozca conoce lo mío”–, vivida como un camino extremo de soledad. Y esta lucidez no se atenúa con reflejos defensivos ni búsqueda de consuelo: “En lo que concierne a ser cáustico, opino que en el mundo espiritual se ha causado más daño por ser esponjoso que por la dureza”. El aprèslude, el postludio, sería lo que la orquesta toca cuando ya se ha terminado de tocar, cruzándose así en el vocablo el no-lugar y el final: “aguantar, aguardar, no reservarse, / oscurecer, envejecer, postludio”.

Sin embargo, la lectura de Benn no parece sugerir un no-lugar, ni concede a la soledad un sentido existencial: “Solo: tú, con las palabras; / esa es la verdadera soledad”. La escritura y la conciencia crítica aparecen como las coordenadas, indistinguibles, de ese espacio de vida. Cuando Klaus Mann escribió su famosa carta a Benn, reprochándole la debilidad ideológica que en un breve lapso tuvo (y no me detengo específicamente en ello, porque acaba apoderándose siempre de su figura), le acusaba de no ser consecuente con “su nombre, que ha sido para nosotros el ejemplo del más alto nivel y de una pureza verdaderamente fanática”: “nosotros”, los escritores más jóvenes; “pureza fanática”: un valor absoluto, en tanto que irreductible, ajeno a pacto. Creo que eso es lo que Benn llama la forma (“Solo la forma es fe y acción”), y constituye la materia de su conciencia y su soledad.

La forma no es nunca una categoría abstracta, ni algún tipo de concepción o punto de vista; la forma es lo concreto del trabajo lingüístico, sus opciones ejercidas, su letra en el papel. Así, en el célebre pasaje de un ensayo donde imagina al ser humano cubierto de “pestañas vibrátiles” (como las que tienen algunos organismos marinos muy sencillos por órganos perceptivos), cubierto enteramente, el cerebro y todo el cuerpo, concluye: “Su función es única, específica, su percepción de estímulo claramente aislada; se refiere a la palabra, muy especialmente al sustantivo, menos al adjetivo, apenas a la figura verbal”. Así, también, en otro momento emblemático, cuando se hace eco de una frase de Goethe: “Los pocos que se percataron de algo”, apostilla él: “Pero, ¿de qué? / Opino que de la sintaxis”. Así, tercer ejemplo, cuando se refiere al objetivo de componer, en lo que se clasifica como novelas, “la prosa absoluta”, independiente de lógica narrativa y de psicología, encuentra las primeras huellas de su práctica en Pascal, “que habla de crear mediante la distancia, ritmo y entonación, ‘mediante la repetición de vocales y consonantes’, ‘el número de oscilaciones de la belleza’, dice él, y: ‘perfección mediante el orden de palabras’”. Es eso, que hoy a veces parece tan raro: que el poeta no es quien cuenta historias, propone emociones, ofrece modelos éticos, aunque también pueda hacerlo o no, sino que es quien trabaja tensando las palabras, quien construye con ellas una lengua-mundo que le es propia. La forma.

Nada queda ahí. Las contradicciones personales, el que –junto al “cerebro duro” de la conciencia– brote de pronto un interés, casi hölderliniano, por lo griego, como si fuera necesario rimar el postludio con alguna clase de mito; el que el énfasis en el espíritu acabe asomándose a una trascendencia en la que nunca se había creído, todos los altibajos que ya la historia ha documentado en unos y en otros, ahí están también. Pese a todo su saber de la muerte, que también es concreta: “Y es musical, con otra melodía”. Y el doble filo de la violencia. Y los laberintos en que se sume la crítica de la razón. Y la doble vida de los deslumbramientos. Pero sí queda la forma, ese nudo en que la lengua se hace otra, y quizá ofrece la posibilidad de que por un momento nos hagamos otros. Y es un nudo político de liberación, un lugar antisistema, aunque no sé si eso Benn lo aceptaría.

Lecturas.–

José Manuel López de Abiada, Gottfried Benn (estudio y antología). Gijón-Madrid, Júcar, 1983.

Gottfried Benn, Poemas. Traducción de Verónica Jaffé. Caracas, Angria, 1989.
—, Poemas estáticos. Traducción de Antonio Bueno Tubía. Madrid, Libertarias/Prodhufi, 1993.
—, Postludio. Traducción de Eustquio Barjau. Valencia, Pre-Textos, 2001.
—, Antología poética. Edición de Arturo Parada. Madrid, Cátedra, 2003.
—, Morgue y otros poemas expresionistas. Traducción de Jesús Munárriz. Monterrey, Universidad Autónoma de Nuevo León, 2010.
—, Doble vida y otros escritos autobiográficos. Traducción de Ramón Strack. Barcelona, Barral, 1972.
—, Ensayos escogidos. Selección de H.A.Murena. Traducción de Sara Gallardo y Eugenio Bulygin. Buenos Aires, Alfa, 1977.
—, El yo moderno (ensayos). Traducción de Enrique Ocaña. Valencia, Pre-Textos, 1999.
––—D.F., La cabra y Universidad Juárez del Estado de Durango, 2009.

Elías Canetti, La antorcha al oído. Traducción de Juan J. del Solar. Barcelona, Muchnik, 1982.

Pierre Mertens, Los deslumbramientos. Traducción de Isabel Sancho. Barcelona, Península, 1991.

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