‘Yo escribo la noche’, de la berciana Pilar Blanco recibe el Premio de la Crítica Valenciana 2021 de poesía

Pilar Blanco.

Pilar Blanco ha sido galardonada  con el premio de la Crítica Valenciana 2021, en la modalidad de Poesía, por su libro ’Yo escribo la noche’, publicado por Chamán editores. Los autores premiados  en esta  edición han sido Josi Alvarado, Pilar Blanco, Bárbara Blasco y Antonio Penadés en las respectivas modalidades de Literatura Dramática, Poesía, Narrativa y Ensayo. El fallo, el pasado sábado 22 de mayo, tuvo lugar en el Centro Cultural Rambleta de la ciudad de València.

Desde astorgaredaccion.com

El jurado de Poesía —conformado por Ricardo Bellveser, como presidente; Elia Saneleuterio Temporal, como secretaria; y Juan Luis Bedins, Helena Establier, Ángel Luis Prieto de Paula, Jaime Siles y Rosa María Vilarroig, como vocales— acordó, por mayoría, conceder el Premio de la Crítica Literaria Valenciana 2021 de Poesía a ‘Yo escribo la noche’ (Chamán Ediciones, 2020), de la poeta bembibrense Pilar Blanco, por su interesante reflexión a tres bandas sobre la propia escritura, la palabra poética y el yo femenino.

La decisión del jurado ha venido dada por la estructura del libro al reflejar el proceso íntimo que lleva desde la dilución en el nosotros propio de la plenitud amorosa a la afirmación de la identidad, y también la función de la creación poética en este camino que implica dolor, todo con un muy actual manejo del lenguaje del cuerpo, así como la reivindicación de la palabra de mujer, en diálogo con sus predecesoras.

En ediciones anteriores, uno de los poetas premiados fue Francisco Brines, fallecido esta semana, por quien el jurado guardó un minuto de silencio, al que se sumó el pleno de jurados. La comunidad literaria valenciana y nacional lamenta su pérdida, según informa la revista Información

Portada ‘Yo escribo la noche’. Pilar Blanco.

Publicamos a continuación una reseña crítica al libro premiado, realizada por Tomás Néstor Martínez para Astorga Redacción. También añadimos el vídeo ‘Un paseo por ‘Yo escribo la noche'” que resume el contenido del libro, con delicadeza artística.

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“Dame tus manos”, poesía.
Quiero alcanzar “el horizonte de los incendios”

Por TOMÁS NÉSTOR MARTÍNEZ

Se ha quedado Pilar Blanco con la noche; ha de escribir la estancia en esa noche, la suya. El día lo ha entregado a otras manos. Tal vez noche y poesía reúnan a los poetas en la escritura con los momentos más delirantes.  Acaso la palabra se esponje más, sueñe más activa entre tinieblas que amenazan noche que bajo un sol radiante. Palabras y noche han creado textos y mitologías desde cualquier oriente a occidente, desde tiempos no medidos. De Juan de la Cruz a Antonio Colinas, de Novalis a Rosalía de Castro, de Vicente Huidobro a Alejandra Pizarnik o a Guillermo Carnero. Noches habrá que serán escuchadas por los poetas hasta prolongarlas al día. Pilar Blanco o el yo poético, acompañados de ausencias, no han querido detener el tiempo, ni el suyo ni otros colindantes.“Tuve que irme a vivir a otro lenguaje, / que infiltrarme en la piel de otro alfabeto, / que perder mi apellido / y arrancarme el ayer como quien tala un árbol” (p.45). Mudanzas necesarias para continuar y no rendirse. 

Tras cruzar “la vida atrás”, con caídas, desasosiegos, tropiezos, inicia el poemario un camino con la mirada en el horizonte donde ha de hallar la fuente del manantial que ha ido regando el tiempo, su tiempo, el del yo poético.

‘Noche garza’, bella entrada o umbral, que guía al lector hasta I. Ello. Los poemas en este primer estado discurren entre dos orillas, noche-oscuridad y luz de intensidad variante; ambas encauzan sentimiento-emoción, “yo escojo solamente una palabra: / amor” (p.35), acaso desde la mirada, e infelicidad-devastación, “La patria de los hombres es su desolación” (p.37). Quien ama y se entrega, el que se abre en el olvido de sí mismo, quien permanece alerta ante la llegada de un tú, navegarán en ese cauce tantas veces desbordado; se encontrarán entonces “dos unos frente a frente” para mirarse ante el espejo. El herido, por el contrario, “bebe la luz del pozo hasta el caudal del fango” (p.37); para él, queda reservada la infelicidad.

II. -S- Avanza el poemario. En este segundo estado ya se escucha cómo “Rugen los motores de la pérdida. Van levantando / grava, van excavando las zanjas del nunca más. /…/ Ante los ojos se irá difuminando el espejismo de un paraíso que, ahora lo sé, nos pertenecía” (p.67). En muchos de los poemas de la etapa anterior soñaba tener al alcance de la mano alguna apariencia de paraíso; ese anhelo del yo poético se diluye, se va desvaneciendo como se esfuma el tiempo de espera, poblada ahora por el desencanto, por luz sombría y engañosa, por la caricia a la escucha tras la puerta que no abre. Ahora y aquí, en este segundo estado del poemario, así “Es la vida, el oro cotidiano del vivir con la muerte / engarzada” (p.55). Se queda a vivir entre noes.

Tres podrían ser los poemas troncales y definitivos: ‘Lo que se escapa’ (p.64), ‘Cerrando astillas’ (pp.65-66) y ‘Los dioses ciegos’ (p.68); en ellos desembocan, a modo de estuario, numerosos poemas precedentes. De cada uno, un verso que refleja con hálitos comedidos la intensidad del trasiego cotidiano de un yo poético cargado con equipaje ciertamente pesado. “He venido a morir en el silencio / con que muere el insecto aplastado por la vida”: destino inevitable, condena impuesta por no se sabe quién. El mundo feliz soñado en las ínsulas Baratarias, se perdió en los sueños y se llega hasta “Donde aguardaban su levántate y anda las maletas ahorcadas de la espera” inservibles para viajes inútiles y destinos improbables. “Dame la ceguera, poesía. Solo oír lo que sangra. Solo oírte. / No saber nada más, no saberse de menos”, un final anegado en niego, niego, niego. Si en algún momento la poesía fue “consuelo para pájaros” pareciera haber perdido la esperanza que traen los sueños.“Si acaso compañera de inmensidad, / de tabla en el naufragio irreversible” (p.74); también, acaso fuera cuaderno equivocado de bitácora o lamento para acompañar a los náufragos de hoy y de cualquier mañana.

III.ELLA Escrito en femenino. La Maga, Frida, Rosalía, Emily, Alfonsina, Ana, Alejandra, Anne, Virginia: reconocibles en la memoria poética. Han sido convocadas en “Mujeres como laúdes de sal” (pp.79-80); traen consigo una vida, a veces mordida por otra o sacudida sin esperar respuesta; todas convivieron o conviven -Anne- con la palabra. “Cierro mi pecho donde van sus palabras y se recogen astros como maletas llenas, / como albergues de sueños en una espera inútil.” (p.80). Quede en manos del yo poético la identidad de La Maga, aunque bien pudiera reunir una colectividad individualizada en una sola. “Soy La Maga, repito. Y dirijo tu norte. Y señalo tu rumbo. / Yo guío tu deriva / para que cada paso se encamine a encontrarme” (p.76). Y siguen otros poemas hablando femenino. “Y no estar loca”, “Contramujer”…

Más sosiego se respira en esta última etapa del libro, aunque sin pérdida de intensidad ni de esa mirada múltiple hacia “su única otra vida” que el yo poético ha ido hilvanando. Y al final, ineludible, vuelve “la muerte a cumplir sus consignas” (p.95), a prolongar las noches, a extinguir la llama de todos los incendios.

Depurada y clara,-aunque es de noche-, aquietada e insumisa por momentos mas siempre arraigada en lo profundo del ser humano, la escritura de Yo escribo la noche; envuelta en un lirismo capaz de mover emociones no rehúye colocar frente a frente sentimiento y razón. El lenguaje aparece entreverado de imágenes lúcidas -el faro “hace añicos la roca y astillas de luz” (p.54), o “Camina la ola a ciegas / y su espuma / es la venda y la luz” (p.46)-; las hay que trasladan sin miramiento el amargor de la vida, “Deja la muerte su harapo negro sobre las luces de / esta primavera, sobre el festín de un mayo ennegrecido” (p.55)-. Muerte, harapo, negro, ennegrecido frente a luces, primavera, festín, mayo: la vida y sus estancias, reflejadas ante sus dos caras. 

Un manojo de poemas breves, de belleza e imaginación concentradas, se entrecruzan con los más densos ante el lector como espacios de alivio y descanso en el trasiego de la lectura de los poemas que esperan, “Esta tarde se ha callado la lluvia / y entramos en la noche como en el cuerpo amado, / haciendo luz de la ausencia de luz”(p.32). Aunque no muy extensos, dirigen la mirada hacia ángulos no tan expuestos a la mirada.

Como parte de la escritura surge una poética que muestra algunos elementos de la arquitectura del poema. “Del laberinto del lenguaje, de su maraña de sonidos / y conceptos y el nombre de las cosas como lianas / con que saltar el vértigo de la realidad, yo escojo solamente una palabra: / amor” (p.35). La palabra, imprescindible para nombrar y ser nombrado, sirve como liana para (des)ordenar el discurrir del tiempo y de los tiempos concretos, para lanzarnos y saltar el vacío de un lado al otro de la realidad. La palabra como necesidad y soporte -“Camino sobre la espalda de las palabras” (p.38)-se aprecia en ese verso donde espalda es apoyo seguro. Así mismo, en cada texto con su contexto expande la palabra su carga significativa, sorprendente a veces por lo inesperado de su amplitud, “Dejan las palabras su sonsonete amargo, su frufrú / mentiroso que no mueve montañas ni abre en dos / el mar Rojo de la esperanza” (p.55). Noche, luz, tinieblas, amor, la herida…, palabras fundacionales en el poemario, en lo profundo del poema o aflorando en la superficie. Y así nace un lirismo no arrebatado aunque intenso y nunca desvaído, como por ejemplo el poema “Carta que nunca fue, pero podría” (p.53), paisaje de cuanto un día fue o fuimos.

Interesante destacar el rompimiento, o tmesis, de una palabra generalmente compuesta aunque no siempre, para formar dos unidades diferentes, “…depositarse así sobre la silla o colgarse desmadejada / mente en la percha” (p.41). Ese atrevimiento me recuerda a Antonio Carvajal, genial poeta y maestro en estos artificios que enriquecen cualquier texto. Es un recurso literario, además de enriquecer el texto, abre los versos, sorprendiendo, a nueva lectura.

Otro elemento que aparece en algunos poemas es el “encabalgamiento intertextual”; lo define el profesor J.Enrique Martínez como evocación de un reencuentro de autor y texto “en la memoria poética de los lectores”. “Portugal se escinde definitivamente en su balsa de piedra”(p. 65), verso que nos lleva a J. Saramago y su novela La balsa de piedra (1986); “Porque Valladolid se agotó en piedra y herejía y / brinda la Rioja su don de la ebriedad…” (p.66): ahí están El hereje (1998), novela de Miguel Delibes, y el poemario de Claudio Rodríguez Don de la ebriedad (1953). Igualmente, en el poema “Mujeres como laúdes de sal” (pp.79-80) siguen ejemplos en los que el reconocimiento autora-texto es más sencillo Esta evocación de textos de autores que forman parte de la tradición literaria amplía las posibilidades significativas de los poemas.     

No quiero pasar por alto un verso alejandrino con sus dos hemistiquios que encabeza el poema “Lo que se escapa” (p.64), “He venido a morir, es a lo que he venido”; el lirismo de ese verso condiciona la belleza de los que completan el poema. Me recuerda el alejandrino del poeta venezolano V. Gerbasi “Venimos de la noche y hacia la noche vamos” que encabeza el Canto I de Mi padre, el inmigrante(1945)verso siempre memorable.

Piden el yo poético o Pilar Blanco a la Poesía sus manos para ¿…?

Mantiene, sin duda, su fe en la Poesía. La poeta crea universos en los que habitar lejos de la mendicidad reinante.

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