Se fueron a la vez Andy Fletcher, de Depeche Mode, y Alan White, de Yes

Andrew Fletcher, teclista y fundador de Depeche Mode.

Por CARLOS DEL RIEGO

En apenas unas horas se ha tenido noticia de la muerte del teclista y fundador de Depeche Mode, Andy Fletcher, y del batería de Yes (y otros), Alan White. Alan es un genuino representante del rock de los setenta, mientras que Fletch encarna los nuevos modos de la música popular en los ochenta. Cercanos en el tiempo, se identifican fácilmente con dos formas totalmente distintas de pensar la música, ambas válidas, enriquecedoras, excitantes.

El mismo día (26 de mayo) han colgado sus instrumentos el batería Alan White y el teclista Andy Fletcher, perfectos representantes del rock sinfónico (o progresivo) de los años setenta, uno, y de lo que se conoce como pop electrónico que abrió la década de los ochenta, el otro. Dos variantes separadas por menos de un par de lustros pero muy alejadas en el sonido, la estética, el concepto e incluso el sentido de la música. Alan White fue el batería de Yes desde 1972, mientras que Fletcher estaba en allí en 1980, cuando se gestó la formación de Depeche Mode. Ambos grupos han sobrevivido hasta el presente (con los lógicos cambios de personal y la lógica evolución artística).

A comienzos de los setenta y durante casi toda la década, el rock estaba presidido por (además del heavy) el sonido sinfónico o progresivo, con nombres tan señalados como Yes, Emerson, Lake & Palmer, Genesis, King Crimson, Camel o incluso Pink Floyd o Jethro Tull. Su propuesta se basaba en el virtuosismo, es decir, para entrar en un grupo de rock sinfónico había que ser un músico excelente; así, los discos solían contener pocas y muy largas canciones, con extensos pasajes instrumentales en los que cada uno (guitarrista, teclista, baterista…) tenía tiempo para mostrar su talento en los ‘solos’ que nunca faltaban, algo que se hacía aun más patente en los discos en vivo. De este modo, cada tema parecía una pequeña sinfonía, con sus movimientos, con ‘andantes’, ‘pianísimos’ o ‘allegros’ e incluso con sonoros arreglos orquestales. Las temáticas tendían a lo filosófico, al amor absoluto entre toda la humanidad…, un poco como herencia hippy, que se mantuvo hasta la segunda mitad de la década. Igualmente, el aspecto, la estética, la indumentaria tendía mucho a lo de ‘haz el amor y no la guerra’.  

También era casi preceptivo del grupo de rock sinfónico un escenario grande, casi grandioso, acorde con una música que quería ser monumental. Con todo ello (y mucho más, claro) el resultado quedaba un tanto pretencioso, tal vez demasiado profundo y solemne, lo cual no le quita meritos ni atractivos (hay que entender que cada persona, sea artista o no, es hijo de su época). También merece la pena mencionar las portadas de los elepés (un arte prácticamente perdido), cuidadísimas, de hecho muchas de ellas eran ‘de autor’, y algunas impresionaban, como la del triple álbum ‘Yessongs’ de Yes. Ese fue el hábitat artístico de Alan White, encargado de poner el compás, la base en la que se apoyaban tantos músicos superlativos. Tenía que ser muy bueno, excepcional, para estar a la altura de prodigios como el guitarrista Steve Howe, el bajista Chris Squire o el teclista Rick Wakeman.    

A finales de los (para el rock) fabulosos años setenta del siglo pasado aparecen nuevas ideas artísticas. Los alemanes Kraftwerk habían ‘inventado’ la música tecno años atrás, de manera que cuando la tecnología mejoró lo suficiente, ahí estaban  Andy Fltcher y muchos otros para aprovechar las novedades tecnológicas y artísticas que se presentaban; pero si los germanos eran fríos, maquinales, cuadriculados, minimalistas y distantes, los nuevos fieles de la electrónica optaban por una propuesta mucho más ligera, alegre, despreocupada, divertida. 

A diferencia de lo sinfónico, para hacer ‘electropop’ no se necesitaba ser un virtuoso ni mucho menos, no eran precisos grandes escenarios ni gran despliegue de músicos e instrumentos, al contrario, cualquiera podía aprender y hacer su propia música sin salir de su habitación, sólo con arcaicos ordenadores, sintetizadores y similares aparatos electrónicos que, muy rápidamente, iban a tomar papel protagonista de la música en general. Las letras de las canciones tecno pop  hablaban de temáticas cercanas, cotidianas, de chicas y de chicos que se divierten, del baile, de la disco, y también de asuntos intrascendentes, como fueran la ropa o el aspecto (el ‘look’, vamos). Los ritmos tienden a ser vivarachos, saltarines y bailones, de modo que muy pronto los éxitos electro pop se impusieron en las pistas de las discotecas más ‘puestas’. ¿Quién que estuviera allí en los primeros ochenta no bailó hasta desencajarse con la Human League, New Order, Soft Cell o Depeche Mode? Muy significativo del electro pop ochentero era la estética de los grupos, que tendía a peinados exagerados, casi imposibles, y a una indumentaria que tenía como principal objetivo llamar la atención por extravagante, y también por mostrar una decadente elegancia; baste recordar que en la disco de moda en Londres en aquellos años sólo se entraba si se iba vestido lo suficientemente estrafalario y atrevido (herencia Bowie).  

Muchas otras cuestiones diferenciaron la música del grupo de White de la del grupo de Fletch, pero en realidad, tanto unos como otros hicieron lo que tenían que hacer, lo que su tiempo exigía a partir de lo heredado de épocas anteriores, ya fuera para evolucionarlo o para romper con ello. Pueden parecer estilos incompatibles, pero hay quienes vivieron ambos momentos y que se emocionan tanto con el ‘Roundabaut’ de Yes como con el ‘Just can´t get enough’ de Depeche Mode.

También fallecido estos días, Vangelis supo aprovechar muy bien corrientes tan aparentemente opuestas, pues combinó como nadie sinfónico y electrónica.  

Visita el blog de Carlos del Riego.   

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